Ovejas de todos los colores

Mireia Galofré
Este relato que a alguien le podría parecer que está lleno de tópicos, simplemente es una historia de mis vivencias durante ocho viajes hechos por el mundo. Un viaje turístico lo definiría como un rebaño, en el que el guía y el conductor del autobús son los pastores. De pastores hay muchos tipos, en general son muy buenos profesionales, pero hay elementos curiosos: El conductor que pone música de ABBA estando en Noruega y, al final, todo el rebaño termina cantando la canción mientras van hacia una catarata. La guía que va con tacones de aguja y minifalda para hacer el tour por la ciudad, “la mejor indumentaria”, era blanca como la leche y mientras ella se paraba en el sol, todo el rebaño a la sombra. Acabó como una gamba y la llamábamos Betty Boom.
Seguiré con el rebaño, yo diría que hay más ovejas negras que blancas, mejor dicho, una de cada color. Para empezar, hay la pareja de novios que hace su luna de miel y cada día les preguntan lo mismo: ¿qué tal ha ido la noche? Ellos lucen la típica sonrisa. Siempre hay un grupo de ovejas que les gusta mucho comprar y sólo comprar, hasta el punto que llegados a una ciudad donde había una catedral impresionante, ellas sólo se dedican a comprar y a enterarse de la muerte de una famosísima cantaora española. Estas son las típicas ovejas que se van de viaje y llevan el móvil enganchado a la oreja y se comunican más con los de casa que cuando están en sus casas.
La típica oveja soltera que no hace caso de nada y siempre llega tarde. La que se pierde en una ciudad muy pequeñita, todo el grupo sentado en el autobús mientras el guía y la policía de la ciudad la buscan. Después de una hora y media, la encuentran, y se había perdido mirando tiendas.
La oveja un poco gordita, que se viste de una manera un poco rara: gafas de sol, gorra, dos o tres cámaras de fotos, le llamábamos el Mafalda. La familia de padres e hijos. Los hijos hartos de los padres y los padres aprovechando hasta el último minuto leyendo la guía para no perderse nada. Y finalmente, la hija que va con su madre, ya mayor, que pierde las maletas y esto le sirve de excusa para comprarse ropa durante el viaje, aprovechando el tiempo para vestirse divina y así poder ligarse al guía, que se dedica a hacer fotos a los pasajeros cuando duermen, patético.
Ya termino. Un viaje turístico supone perder horas de sueño, ir al máximo durante los días pero aprendes mucho de los lugares donde vas. Ves muchísimas cosas y te vas a casa con muchos recuerdos y sobre todo con las fotos. Un consejo: si algún amigo os invita a ver su álbum de fotos del último viaje rebaño, no os dejéis sorprender y tomad veinte cafés antes de ir a su casa.

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