Los inocentes en el extranjero

Geoff Belligoi
Durante el siglo XIX, entre los miembros de las clases altas inglesas se extendió la moda de viajar al continente europeo para visitar los lugares de la enseñanza clásica y el arte. Este Grand Tour abriría sus mentes y perfeccionaría su educación. Esta idea, por supuesto, se extendió a las demás clases y Thomas Cook empezó a organizar viajes para las clases medias y trabajadoras. Fueron los orígenes de los viajes de negocios transnacionales de hoy.
Australia tiene una población que está casi totalmente constituida por inmigrantes o hijos de inmigrantes: los descendientes de inmigrantes europeos deseaban volver y ver “el viejo país”, que era realzado por un “encogimiento cultural” (un autodesprecio crítico que imagina que la auténtica cultura nunca puede producirse en la periferia del imperio, sino en el centro). Esto propulsó a los jóvenes talentos al exterior. Este éxodo se convirtió en un “rito de iniciación” que ampliaba la experiencia y convertía una educación provincial en un mundo de conocimiento.
De este modo, yo también fui propulsado hacia el escenario del mundo, por elección y tradición. Planeando el itine­rario para mi primer viaje, decidí visitar a unos amigos que vivían en países asiáticos. Luego, para un viaje más largo, agregué la experiencia de ir a Taiwan para trabajar y ahorrar dinero para poder seguir viajando por Asia y llegar a Europa por tierra. Con mi mejor amigo, trabajamos y fuimos de mochileros por Malasia, Tailandia y China. Luego tomamos el Transiberiano a través de la Rusia soviética para llegar a Europa. En el Moscú de Gorbachov tuve una epifanía –sentado en la terraza de la Plaza Roja mirando la puesta de sol brillar en las cúpulas del Kremlin– me di cuenta de que nunca había imaginado que llegaría hasta allí. Todas aquellas clases de historia moderna y trabajos se habían vuelto reales. Cuando crucé el telón de acero hacia el oeste con los habi­tantes de Berlín que volvían de visitar a sus familias separadas por el muro, fui consciente de mi posición privilegiada, al llevar un pasaporte que me permitía cruzar fronteras, conocer gente y culturas. Aprendí a apreciar las cosas y personas que encontraba sin juzgar. Con los estereotipos es fácil retroceder y la crítica emerge rápidamente; se puede aprender más al abrirse a lo que te rodea.
En 1869 Mark Twain publicó las crónicas de sus viajes en la versión americana de The Grand Tour navegando en el barco Quaker City hacia Europa y Tierra Santa. Tituló su texto Los inocentes en el extranjero. Escribió: “Viajar es fatal para los prejuicios. Mantener la mente abier­ta, en lugar de cinismo y preconcepciones, en el viaje de mi propia versión del Grand Tour provoca una pérdida de ingenuidad. Pero la experiencia ganada no significa una pérdida de inocencia”.

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