El olfato literario

Luis Suñén
Lo más cercano que se ha visto a un genio de la edición tal y como lo imaginaría un director financiero es aquel colega mío –y de muchos otros– de quien se decía que era capaz de encontrar la mierda en un montón de mierda. Es decir, el best seller perfecto entre tantos concebidos imperfectamente para serlo. Es un tipo de editor. No el que uno prefiere, no el que uno ha sido, es y será, pero sí el por siempre deseado por las empresas cuando olvidan esas tonterías de la literatura, la filosofía editorial, o esa máxima de que el editor es su catálogo que todavía algunos tratamos de inculcar a los jóvenes aspirantes a quienes damos clase en algún máster en edición.
Sin embargo, hay que reconocer que, partiendo de la base de que nueve de cada diez editores nos responderán que lo que define su oficio es el olfato, hay que reconocer que mi colega, el de la mierda, estaba perfectamente diseñado por la naturaleza para un trabajo que, en otros casos –el resto de los editores que conozco, incluido yo mismo – , exige mucho cuidado con la gestión, atención a los anticipos, acertar con el precio y la tirada y encomendarse a la suerte porque sin ella no hay nada que hacer.
En mi experiencia personal atesoro algunos best sellers. De ellos me gusta recordar a Arturo Pérez Reverte, que publicó en Alfaguara su novela La tabla de Flandes –luego vendrían muchas más– cuando yo dirigía una editorial que era la de Juan Benet y Günter Grass, William Faulkner y Andrei Biely. Llamaba a nuestra puerta un autor que quería estar con todos esos y que aspiraba a vender muchos libros, cosa que algunos de sus posibles compañeros de catálogo –y de generación– no acababan de conseguir, quiero decir lo segundo, porque estar con aquellas glorias ya lo estaban. ¿Cuestión de olfato su contratación? Sí, claro, pero también de buen trato y buen cálculo editorial, de sensatez por su parte para adaptarse a las condiciones de su nueva casa en la que, listo como es, veía muchas posibilidades futuras que, está claro, se cumplieron con la precisión milimétrica con la que el propio Arturo parecía contemplar su porvenir como escritor desde aquel presente suyo como aguerrido reportero.
Cada vez que uno cree que un libro va a –o debe de– venderse bien se ponen en juego muchas cosas, desde la esperanza más ingenua al terror más canalla. La calidad literaria no es, desde luego –ni mucho menos– una garantía, ni tampoco una condición necesaria –ni que decir tiene. Ya nos gustaría un poco más de eso que los americanos llaman el best seller de calidad y que implica a autores candidatos al Premio Nobel.
El otro día escuchaba por la televisión a Matilde Asensi quejándose de que sus libros fueran encuadrados en algún género menor y no dejaba de producirme cierta grima que, además de ganar una pasta, su autora quiera entrar en el canon occidental.

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