Mi biblioteca del holocausto

Carolina Moreno Tena
Una biblioteca de estas características obliga siempre a escoger, y uno de los criterios suele ser el placer que experimentamos con la lectura de un libro. En el caso de mi biblioteca del Holocausto este criterio se tambalea, ya que debería preguntarme si de verdad sentí placer al leer el testimonio de lo vivido en un campo de concentración nazi, como los de Primo Levi o Jorge Semprún, por ser el relato también de la fractura moral que resquebrajó Europa en todos los sentidos, también el de la Historia. Sé que se trata de una pregunta con trampa y que el placer de la lectura se puede concebir de muchas maneras y no tiene porqué estar relacionado con el tema o el contenido de una novela. Entonces, ¿en qué radicaba mi interés por esta literatura? ¿Qué obras incluir y por qué? ¿Con qué criterios?
W.G. Sebald en Sobre la historia natural de la destrucción denunciaba que en la Alemania de la posguerra se hubiera desviado la mirada de la Historia y se hubiera impuesto la amnesia colectiva; que los escritores hubieran abdicado del deber de narrar la destrucción y las ruinas, del deber de intentar dar un nuevo sentido al sujeto histórico a través de la literatura. Supongo que era mi resistencia a desviar la mirada lo que más me atraía del relato de estos testimonios por duros que fueran. Y fue así como empecé a leer primero los testimonios reales a medida que se fueron recuperando (Primo Levi, Jorge Semprún, Georges Hyvernaud o Gert Ledig). Des­pués vino la necesidad de ahondar en el cómo y el porqué había tenido lugar una atrocidad semejante en el corazón de Eu­ropa. Y así, busqué respuestas en Adorno y Horkheimer, Hanna Arendt, Giorgio Agamben, Reyes Mate.
Mentiría si dejara entrever que esas lecturas eran de un gran interés pero inocuas, que saciaban mis ganas de adentrarme en los desastres de la Segunda Guerra Mundial, pero que salí indemne de ellas. Nada más lejos: fue necesario parar, cambiar a otras literaturas, y aun así no fue fácil volver a ellas. Pero no se relee todo, porqué no toda la llamada literatura del Holocausto tiene el mismo poder de evocación. Y ahí surge otro criterio de selección, por qué unas me llegaban más aunque el testimonio o los hechos expuestos fueran abrumadores en todo caso. Jorge Semprún daba la respuesta en La escritura o la vida: “Únicamente el artificio de un relato dominado conseguirá transmitir parcialmente la verdad del testimonio”. La literatura podía y tenía que abrir espacios para la comprensión y el recuerdo de lo que había pasado, podía hacerse cargo de la Historia. Y para ello era necesario asumir como propio e irrenunciable el esfuer­zo de buscar nuevas formas, estrategias narrativas, metáforas, y usos del lenguaje que permitieran decir lo indecible. La lengua literaria y sus usos debían ser diferentes que antes de la fractura histórica que supuso la guerra y las atrocidades del régimen nazi. Una fractura que debía transformar la escritura y la idea de literatura irremediablemente. Ésta era la conclusión a la que llegaba Imre Kertész en su discurso al recibir el Premio Nobel de literatura: “No se tiene que elegir necesariamente el tema directo del Holocausto para percibir la voz rota que domina el arte contemporáneo europeo desde hace décadas. Es más, no conozco ninguna obra de arte buena y auténtica que no refleje esta ruptura”. Por eso mi biblioteca no se limita solamente a los testimonios reales o reconstrucciones, sino que va más allá y abarca otras obras que reflexionan sobre el hecho histórico en sí y suponen una nueva propuesta estética representativa de la ruptura que conllevó la experiencia de la Segunda Guerra Mundial. Son lecturas tangenciales que no reúnen una biblioteca canónica del Holocausto, donde deberían estar Levi, Grossman, Amat-​Piniella, Kertész, Klemperer o Doctor Faustus de Thomas Mann. Sus aportaciones completan la constelación, y sin la lectura de todos ellos no hubiera llegado a configurar esta biblioteca personal del Holocaus­to. Pero el alcance de la transformación literaria a la que contribuyeron sólo se podía leer desde un horizonte más amplio que iba más allá de la literatura de los campos y penetraba en la literatura europea de segunda mitad de siglo.

Jorge Semprún,
La escritura o la vida
Más que en El largo viaje, en La escritura o la vida encontré no ya su experiencia en el campo de Buchenbald, sino una reflexión acerca del conflicto entre verdad, escritura y memoria que han intentado resolver tantos deportados que han querido explicar su experiencia. Semprún recurrió a la búsqueda del tono, de la forma, de un yo poético que le permitiera superar el dilema entre recordar o vivir, y solo así la escritura se pudo imponer como constructora del relato de memoria. Una memoria sometida al lenguaje que a su vez somete la verdad de los hechos a un relato que pueda contar lo “invivible”. Una prosa fragmentaria, constantes elipsis y la necesidad de instalarse siempre en la zona fronteriza entre el adentro y el afuera del campo, de prescindir de la saturación de detalles o anécdotas, son la muestra de algo más que la transmisión de los hechos, también de la necesidad de repensar la escritura y la función de la literatura, lo que otorga a sus obras el carácter inaugural que la Historia les exigía.

Michel del Castillo,
Tanguy
Pocos testimonios me han conmovido tanto como el de Michel del Castillo, aun cuando no estuvo en ningún campo de exterminio sino que sufrió la Guerra Civil. La razón seguramente está en el punto de vista del narrador, la del niño que cuenta su experiencia en el campo de concentración en el sur de Francia, y abandonado por su madre, vuelve a España. Un relato sin el tamiz de la reflexión sobre lo ético o no ético, sin definiciones de “barbarie”, sin pensar en las implicaciones humanas y históricas y sus consecuencias, un relato despojado de toda reflexión posterior, inmediato. Un relato que nos muestra la España de la posguerra y de unas instituciones que en su contexto deberían haber acogido la formación de la infancia y en cambio el grado de crueldad con los niños sitúa su testimonio en la órbita de las consecuencias desastrosas de las situaciones de guerra y del fascismo a mediados de siglo en Europa.

Montserrat Roig,
Els catalans als camps nazis
Publicado en 1975, tiene el mérito de haber sido de los primeros en ver la necesidad de dar la palabra a los que lucharon por la República y fueron deportados a campos de exterminio nazis. Roig organiza el testimonio directo de los catalanes e inmigrados a Cataluña que fueron deportados por distintas razones y con distintos destinos y sobrevivieron. Un trabajo ingente basado en entrevistas, cartas y demás material recogido y elaborado durante tres años que pretendía ser una primera aproximación que diese pie a un trabajo más exhaustivo que a su entender debería llevarse a cabo si se quería ser justo con los deportados y las vidas de los que murieron en los campos y los que sobrevivieron por luchar por la libertad. Las voces de Amat-​Piniella o Neus Català entre otros testimonios se entrelazan para dar su verdad de los hechos y explicarse así las razones históricas y políticas por las cuales los republicanos catalanes fueron a parar a campos de exterminio alemanes.

Stig Dagerman, Otoño alemán
Anarquista de la generación literaria llamada “de los 40”, lejos de desentenderse de lo que estaba pasando en Europa aprovechando la posición neutral de Suecia, la obra de Dagerman gravita alrededor de la guerra, la muerte y el miedo desde una perspectiva externa pero no por ello menos implicada y comprometida. Muestra de ello son los artículos políticos en los cuales expuso la función que debía tener la literatura en esa época negra de la historia europea. Otoño alemán son las crónicas que Dagerman envía a su periódico en un viaje por una Alemania bombardeada, un año después de finalizada la Guerra. Lo que me atrajo no sólo fue su perspectiva, la del periodista extranjero adentrándose en el país derrotado, sino cómo Dagerman focaliza en los detalles que le puedan revelar la magnitud de lo ocurrido y sus consecuencias, rehuyendo las grandes noticias y los grandes nombres y fijándose en los ciudadanos que retomaban en la medida de lo posible el día a día. Y con una reflexión final acerca de la literatura y el sufrimiento: “La distancia es demasiado corta entre la obra literaria y este sufrimiento extremo; sólo cuando haya sido purificado por el tiempo será la hora de hablar de él.”

Georges Hyvernaud, La piel y los huesos
Georges Hyvernaud fue un profesor de secundaria que sobrevivió a cinco años en los campos de trabajo y el autor de una obra desconocida en España y que tardó años en descubrirse en Francia, su país. La piel y los huesos es un relato existencialista escrito en pleno auge del existencialismo en Francia y lo primero que me pregunté fue por qué se le ninguneó. Seguramente una de las razones radicaba en su frontal oposición a todas las filiaciones. Su prosa se contagió de ese rechazo a todo discurso establecido, tanto el discurso de la Historia como a la literatura que abusaba de sus recursos retóricos. Así, me encontré ante una prosa desnuda que explicaba la experiencia en el campo reducida a un constante caminar en círculo, día tras día, sin hacer nada más que “comer” y cagar, llenar y vaciar el cuerpo. A la pregunta de por qué La piel y los huesos sigue siendo desconocida a pesar del gran boom actual de literatura del Holocausto, una de las posibles respuestas sea nuestra incapacidad o poca predisposición a enfrentarnos a un testimonio despojado de toda épica.

Paul Celan,
Poesía
Aun cuando fueron sus padres los deportados y muertos en un campo de exterminio, la poesía de Paul Celan es un intento constante por refundar la lengua alemana a través de la poesía, la búsqueda insaciable por encontrar un nuevo lenguaje poético con que poder expresar una experiencia vital atravesada por la Historia. Su hermetismo fue lo que me arrastró a leer una y otra vez sus poemas, en alemán y en traducción, hasta que descubrí que entendía algo más en alemán a pesar de mis limitaciones en esta lengua. Y la razón de ello fue también lo que me abrió los poemas de Celan: la minuciosidad y precisión de las palabras escogidas o inventadas de repente revelaba una poesía transparente. Sólo tenía que acercar el oído y escuchar: cada una de las palabras, porque por muy bajo que se pronunciaran, lo hacían con una claridad cristalina. Así acertó a describirlo Hans-​Georg Gadamer.

W. G. Sebald,
Austerlitz
Esta novela fue la que definitivamente me ayudó a fijar mi mirada atrás. De la mano del personaje de Austerlitz emprendí un viaje en busca de la Historia europea a través de sus ruinas que me permitiese reconstruir en ellas una identidad atravesada por la tragedia de sus guerras y que sólo tiene sentido si asume su pasado, si no desvía la mirada hacia un futuro sin memoria. Una experiencia reservada a las grandes obras, en este caso a una de las conclusiones –por así decirlo– de la literatura europea del siglo xx.

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