Nunes asume su libertad

Manuel Quinto
En 1966 la distribución y exhibición cinematográficas españolas estaban a punto de hacer realidad los llamados “cines de arte y ensayo”, como consecuencia de la controlada apertura propiciada por la Ley Fraga. En el cine Publi de Barcelona se estrenaba una película independiente y personalísima de un director portugués, José María Nunes (Faro 1930), titulada Noche de vino tinto, crónica de una pareja que deambula por diversas tascas del Barrio Chino compartiendo desilusiones y soledades, interpretada por Serena Vergano y Enrique Irazoqui.
El film se inscribía en dos corrientes de la época: asimilaba el concepto de puesta en escena de Resnais y Godard y mostraba a dos personajes modélicos del “situacionismo”. En cuanto a los fermentos de la Nouvelle vague, Nunes los hacía suyos insuflándoles una carga de sentimientos personales acerca del azar y la libertad como formas de vida contra toda imposición del ambiente opresivo político y social. Y el situacionismo fue la doctrina propulsada por Guy Debord, que aspiraba a promover el cambio individual para luchar contra la mecánica absorbente de la sociedad de consumo. Su papel fue determinante en los acontecimientos del Mayo del 68 y quizá su libro fundamental fue La revolución de la vida cotidiana, del belga Raoul Vaneigem. Noche de vino tinto, con el encuentro azaroso y su conversión en travesía lúcida y, en cierto modo, sacramental, constituía una muestra de lo que tal ideología determinaba como “construcción de situaciones”.
En un momento muy concreto de las ansias revolucionarias de la juventud, Noche de vino tinto se mantuvo en cartel más de un mes.
Nunes era ya autor de una de las películas más inusuales del panorama español: Mañana, mal estrenada en 1957. Desde su llegada a Barcelona en 1947, se había formado en el oficio en los más diversos menesteres, como el doblaje en los Estudios Metro, ayudante de dirección y jefe del departamento de guiones de IFI, la productora de Ignacio F. Iquino instalada en el Paralelo.
A Mañana le siguieron una serie de films de aprendizaje y subsistencia –el más interesante de los cuales, No dispares contra mí, se inscribe en el género negro-​, hasta adquirir voz propia con la ya mencionada Noche de vino tinto. Inmediata­mente a continuación rueda Biotaxia (1967), en la que aparece por primera vez su amigo y ahora alter ego José María Blanco al lado de Nuria Espert. Nunes va tejiendo una filmografía a contracorriente, que refleja una actitud radical contra el sistema cuando realiza Sexperiencias (1968) sin permiso de rodaje ni presentación de guión a censura previa, se interesa por una juventud desarraigada en busca de refugio contra la violencia en Iconockaut (1976), las viciadas relaciones familiares en la no estrenada Autopista A-​27, la catarsis de las relaciones sentimentales en En secreto… amor (1983) y la música rock en Gritos a ritmo fuerte (1984). En todas ellas, su actriz-​musa es María Espinosa.
Junto con Jacinto Esteva, Carlos Durán, Pere Portabella, Joaquín Jordá y, esporádicamente, Gonzalo Suárez, Vicen­te Aranda y Jorge Grau, Nunes forma parte de la llamada “Escuela de Barcelona”, movimiento que abarcó toda la década de los 60 y que se caracterizó por su afán experimental, su sistema cooperativo, su rechazo al realismo empobrecedor y su veneración por la “nouvelle vague”, en especial por Resnais, Godard, Rivette y Chris Marker.
Ahora, Nunes, cumplidos los 80, nos ha dejado tres películas que constituyen su testamento. Amigogima (2001) es un recorrido por lugares y un encuentro con personas que han representado momentos especiales en la vida. A la soledad (2008) constituye una travesía por el desierto, una vez que el protagonista se ha visto obligado a replegarse sobre sí mismo. Y la que se acaba de estrenar entre nosotros Res pública es un alegato a favor del último acto supremo de libertad y expresión de rechazo a una vida cada vez más cerrada y alienante. Tour de force para José María Blanco, que dialoga con el espectador, se divide en dos, habla con presencias invisibles y de despide en un convite platónico, sin lamentaciones, con la sencillez de un compañero de camino y la firmeza de quien se ha preparado para vivir su propia muerte. No estamos ni con Nietzsche, ni con Drieu LaRochelle, ni con Hemingway. Hay en Nunes una serenidad, fruto de la conciencia de que la lucha ha terminado y toda ella se justifica por sí misma y dota de sentido a la propia vida y a la de la gente que le rodea.
Res pública es un film definitivo y definitorio de Nunes, una propuesta que hay que ver para reconsiderar toda su obra. Siempre me ha parecido que el cine de Nunes vale como actitud y no como argumento, como rito, gesto a la manera de la pintura de Hartung, de los haikus o de la literatura espontánea de carretera de los beatniks. Con Nunes, la palabra valentía se despoja de sus resonancias militares, la palabra compromiso lo hace de sus adherencias a otra doctrina que no sea la del anarquismo personal y transferible.

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