Más satisfacción que obligación

Imma O’Callaghan
Cuando hace cinco años nació nuestro primer nieto tuvimos una gran alegría. Nos pareció el niño más guapo, alegre, inteligente y bueno. Después vinieron sus dos hermanos y se repitió nuestro entusiasmo. ¡Son preciosos!
El problema es que tanto el abuelo como yo rondamos los setenta y aunque los ánimos son buenos, a veces las fuerzas empiezan a flaquear (cuando los cochecitos se encallan, las cuestas son demasiado empinadas, hay que subir escaleras, las puertas de los ascensores pesan). Se agradece las supresión de barreras arquitectónicas. Pero nos organizamos bien, alternándonos con los otros abuelos, muy colaboradores. Tenemos la suerte de que la casa de mis hijos está cerca de la nuestra.
Ahora los dos mayores van juntos al mismo cole y el pequeño ha empezado a ir a la guardería, lo que es un gran descanso para todos. Pero la cosa se complica cuando alguno está enfermo y hay que llevarle al médico o no puede quedarse solo porque sus padres trabajan. Ellos saben que me tienen a su disposición.
Confieso que a mí los niños me fascinan. Pero a veces los tres nietos juntos nos desbordan. Suerte que nuestros hijos no abusan de nosotros y nunca nos hemos visto obligados sino que más bien consideramos que es una obligación moral que nos hemos impuesto nosotros, porque lo necesitan. Yo también tuve la ayuda de mi madre siempre que lo necesité cuando nuestros cuatro hijos eran pequeños.
Pero todo pasa a gran velocidad. Los nietos crecen rápidamente y esta etapa, aunque pueda parecer dura, dentro de poco la echaremos de menos y la recordaremos con ternura. Es gratificante ver que aún podemos ser útiles. Por cierto, un cuarto nieto está en camino, esta vez de una hija.

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