Soy un «iusi»

Carlos Eymar
En el corto espacio de tiempo transcurrido desde el nacimiento de mi nieta Vera, hace seis meses, mi vida ha sufrido una auténtica conmoción. No se trata de la lógica alteración provocada por mi desplazamiento a París para ejercer como canguro profesional durante un par de meses. Es cierto que, en algún momento, las fuerzas llegan a flaquear en ese continuo esfuerzo por iniciarse en las nuevas técnicas del calentamiento de biberones, de la elaboración de purés, de descifrar las botonaduras de los bodys o el rompecabezas de los arneses y anclajes de las sillitas multiuso. No, no me refiero a esa alteración externa que, mal que bien, acaba por controlarse.
La conmoción a la que aludo es interna y afecta al ser. Cuando trato de buscar una explicación no se me ocurre otra que la de ponerla en relación con el descubrimiento del niño que nos lleva a la contemplación de los parques. Bergman pone en los labios de la abuela de Fanny y Alexander la idea de que el viejo es capaz de recordar con precisión los detalles de la infancia mientras deja caer en el olvido los años intermedios que tan importantes parecían. Niñez y vejez, con su verdad intemporal más próxima al nacimiento y a la muerte, son el paréntesis de una edad adulta, agobiada, agitada y dominadora, con indudables problemas para contemplar. Ver al hijo de tu hijo es en la Biblia una de las mayores bendiciones y en la cultura hindú es la señal de salida para retirarse al bosque o a la montaña.
En el horizonte estético de la relación abuelo-​nieto, está siempre la montaña, está Heidi, ese encuentro en la soledad de las cumbres nevadas, de dos soledades: la del viejo ermitaño arisco y la de la niña abandonada. El viejo y el niño son los dos extremos desde los que se tensan las cuerdas de la vida cuya tierna melodía resulta insoportable y disolvente para el mundo adulto. Resonará la voz de Clint Eastwood ordenando: “¡Lárgate abuelo!” Y el abuelo abandonará el saloon donde parece tener lugar lo que realmente importa: los tiros, el póquer, los negocios, las mujeres.
Admito mis resistencias a ser tratado con esa chulesca displicencia y ser designado con una palabra con demasiadas connotaciones de inutilidad, fracaso y carencia de dientes. Felizmente el azar ha hecho que, dado el origen albanés de mi nuera, yo no sea un abuelo, sino un iusi. Esta es mi nueva e inesperada identidad, un nombre en el que se contiene una vocación contemplativa, la respuesta a la cuestión planteada por Nicodemo, el gesto de Melchor en la Adoración de los Magos de Leonardo.

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