El Delibes de Valladolid

Fernando Rey
La muerte de Miguel Delibes ha conmocionado, obviamente, el mundo de las letras, que se ha quedado sin uno de los más grandes, pero ha provocado también una profunda orfandad en la gente de su ciudad, Valladolid. Sus vecinos, agolpados a miles, hacían cola para despedirse de él en una noche gélida y al día siguiente gritaban al paso de su féretro “¡maestro, maestro!”, mientras arrancaban a aplaudir. No sé en otras latitudes, pero esto en una ciudad castellana donde priman la sobriedad de los gestos y la contención de las emociones en público (nuestra mayor celebración pública son las procesiones de semana santa y la semana de cine de autor, la Seminci), no es normal. Nunca se vio, al menos en esta generación, nada igual. Delibes era el personaje público más importante de la ciudad y, al mismo tiempo, un ciudadano más. No era difícil encontrarle paseando, a buen paso, por cierto, o animando al Valladolid, y solía, mientra su salud se lo permitió, participar en la vida cultural local. Su elección de permanecer en Valladolid y de no rendirse a la fuerza gravitatoria de la corte madrileña no era una pose. Delibes fue universal a fuer de local (se ha escrito que lo universal es lo local sin paredes) Por eso muchos vallisoletanos podrían hablar de su relación con Delibes, de “su” Delibes.
Yo también puedo hacerlo. La muerte del maestro me golpeó, como a tantos. Pensé en su familia, sobre todo en su hijo Germán, profesor de Arqueología en mi Universidad, buen amigo. Pero mis sentimientos evocaron otros lugares. En primer lugar, todas las horas de placer que la lectura de Delibes me ha provocado. A diferencia de muchos otros, Delibes ha sido un escritor que la gente percibe importante, pero es un escritor que no sólo se admira, sino que, además, se lee. Delibes ha creado personajes imperecederos y sobrevivirá en ellos. Un hondo sentido moral y de búsqueda de la justicia, envuelta en una técnica formal extremadamente austera y realista, recorren toda su obra. Delibes presta su voz a los desheredados. Recuerdo perfectamente la primera vez que leí a Delibes, con doce años. Estaba en un internado marista y por las noches, durante una temporada, nos dormíamos, en aquél dormitorio para más de cincuenta chicos, mientras el fraile nos leía algún clásico. La lectura de Las ratas me emocionó. Cuando regresé a Valladolid (una vez que constaté, como Tomás Moro, que el celibato no era para mí), a menudo le veía pasear por el Campo Grande, con su porte elegante y su estela impresionante.
Recuerdo también unas Navidades en las que, junto con los compañeros de su hijo Germán, nos disfrazamos de Reyes Magos la noche de autos para saludar a los nietos del escritor y llevarles algunos regalos como primicia de lo que les esperaría en la noche más mágica del año. Todavía le estoy viendo, recibiéndonos en su casa, vestido de gala para hacernos los honores del caso, disfrutando con cada sonrisa de sus nietos y mostrando una complicidad respetuosa y cómica con la situación. No se entiende Delibes sin su mujer, Ángeles, ni sus hijos y nietos. Por cierto, aquella noche de Reyes fue curiosa porque yo, que por ser el último rey reclutado era Baltasar, el rey negro, acabé algo perjudicado por el abundante champán que nos iban dando en las casas a las que fuimos y finalmente creo recordar que, por fortuna no en la casa de Delibes, terminé pisándome la túnica y cayendo ante la atónita mirada de algunos niños, a los que, sin duda, dejé prematuramente traumatizados por el alcoholismo de los reyes magos y en las mejores condiciones para abrazar con fervor la causa republicana.
Con Delibes compartía también El Norte de Castilla, el periódico para el que llevo escribiendo más de una década como editorialista ocasional y columnista. Escribir en El Norte es escribir en el “periódico de Delibes”. Aunque muchos otros periodistas/​escritores se formaron o escribieron para este periódico (Jiménez Lozano, Umbral, Cossío, Leguine­che…), Delibes será siempre su referencia imperecedera y primaria, la más telúrica. Hoy El Norte no es, claro, el mismo periódico de esa edad dorada, pero lleva en su ADN la impronta delibiana: cuidado por la forma, concisión, apego por el tratamiento objetivo y realista de las noticias y quizá por encima de todo sentido común, mucho sentido común.
Por último, Delibes y yo formábamos parte de la familia de El Ciervo, junto con otras personas en Valladolid. No es casual. Teníamos en común el deseo de su protagonista de El Hereje Cipriano Salcedo de una Iglesia donde hubiera que despojarse del sombrero a la entrada, pero no de la cabeza (aunque a Cipriano le fue peor que a nosotros) Todos los cervistas o cervunos compartimos, creo, esta condición. Creo que, particularmente, no se entiende a Delibes sin su existencialismo cristiano de fondo.
Éste fue, pues, “mi Delibes”. Muchas otras personas podrían escribir más autorizadamente que yo de “su” Delibes, pero no quería dejar pasar la ocasión para mostrar mi respeto y gratitud hacia el maestro.

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