Un territorio y un lenguaje

José Jiménez Lozano
En una de las notas que he escrito estos días en torno a la muerte de Miguel Delibes que no es ciertamente el momento más tranquilo y apropiado para escribir de nadie, he insistido en que uno de los libros preferidos por mí en toda la obra de Delibes era, y es, Viejas historias de Castilla la Vieja que amo de una manera singular –y a medias con Aún es de día por cierto– por algunas razones personales en mi relación de amistad con el autor, pero sobre todo porque a mi entender, es lo más específico y personal de su escritura y también algo así como el dechado de los diversos modos o maneras de su narrar y su concepción de éste quehacer, y en general de la escritura, al menos por lo que se refiere al lenguaje.
En el aspecto literario, lo que a mí me parece que hace Delibes es crear un mundo que es el suyo, como un “territorio propio” dentro de Castilla y un cierto modo de decir, naturalmente, que es todo un habla que luego no solamente ha fascinado a muchos lectores, sino que les ha integrado o hecho residentes de ese su mundo, y respiran su aire. Pero, además, considerarán a esta lengua, a la vez como propia, e inevitablemente como su propio Diccionario de autoridades.
Y esto es lo que ha ocurrido, por ejemplo, en el plano del periodismo Al margen del ejercicio de la profesión periodística con la que Delibes siempre estuvo vinculado activa y plenamente en su ejercicio, y luego con numerosas colaboraciones, siempre ha existido entre él y el periodismo una especial vinculación, e incluso hay un premio que lleva su nombre; pero es que, además, han sido los mismos periodistas los que han ido a buscar en el lenguaje de Delibes un ejemplo a imitar, sobre todo en su simplicidad y nombrar exacto.
Y todo esto, sin pensar en los llamados otrora “artículos literarios” en los periódicos, que parecen haber desaparecido del todo, sino como la expresión más conveniente en el periodismo mismo que siempre fue nombrar e informar exactamente. Y no hace falta añadir que esto significa la exclusión de la retórica y de todas las oscuridades y vueltas y revueltas de los hodiernos lenguajes políticamente correctos.
De manera que no solamente son los lectores de su obra literaria los que espontáneamente agradecen ese territorio que nos ha dejado, y en el que esos mismos lectores respiramos, sino que son todas las personas que quieren nombrar, y mucho más si tal es su oficio, los que ya en adelante rememorarán y volverán a este lenguaje para su necesidad de expresión.
Mas, además de todo esto, que es una evidencia para todos, me parece que en El Ciervo se ha dado, desde antiguo, una especie de profunda complicidad con las maneras de pensar y actitudes públicas de Delibes durante muchos años, y los lectores de la revista han tenido seguramente un barrunto y un sentimiento muy claro de ello. Y ahora se ha tornado muy presente en esta hora de su muerte porque Delibes se hacía querer y respetar sencillamente. Y así, si su obra está ahí como un territorio y un lenguaje fascinante, la persona del escritor ha ido conquistando a sus lectores, uno a uno.

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