Todo es una esperanza

Pablo d’Ors
De un libro escrito por mí espero que sea algo así como una bomba que estalle en la cara del lector. Espero que ese lector, sea quien sea, no lo pueda soltar una vez que haya empezado a leerlo. Y que mientras lo lee, se detenga para consultar la contraportada y el ladillo, y para exclamar: “¡Pero quién es este tío!, ¿de dónde sale? ¿Cómo ha adivinado lo que me pasa?” De un libro mío espero que sea capaz de arrancar lágrimas y carcajadas –sobre todo carcajadas – , que suscite emoción e interés –que son las condiciones para que un producto sea artístico – ; que ayude a interpretar lo que nos sucede en función de lo que se cuenta en él; y hasta que haya un antes y un después de su lectura. También espero enamorar a unas cuantas mujeres –puesto que todo escritor es en último término un seductor – , y abofetear a los bienpensantes –a quienes cada vez soporto menos – , y meterme en la cama de todos aquellos que leen por la noche, antes de dormirse. También espero, aunque esto sea menos importante, estar un tiempo indefinido, pero en cualquier caso muy largo, en los escaparates de todas las librerías del mundo, no sólo en las de mi ciudad; recibir críticas excelentes –más que nada para fastidiar a los colegas a quienes esto enervará– y, sobre todo, encontrarme en mi buzón con cartas entusiastas de lectores, pues las que hasta ahora he recibido en mi carrera de escritor me han hecho pensar que mi libro había llegado a su puerto. De un libro escrito por mí, en fin, espero que refleje lo mejor de mí y, todavía más, algo más grande que yo, pues estoy convencido de que las auténticas novelas son mucho más sabias que quienes las escribimos.
Claro que no soy tan tonto como para no darme cuenta que todas estas expectativas son desproporcionadas y, posiblemente, monstruosas. Pero es que sólo con una expectativa así, brutal, puede acometerse esa tarea titánica, al menos para mí, tan excitante como desesperante, que es parir una historia. Tengo derecho a que mis esperanzas sean ilimitadas no porque yo sea un grandísimo escritor (cosa que dudo, pero, en todo caso, la medida que pueda tener, sobresaliente o mediocre, sólo podrá dictarla el tiempo), sino porque mi entrega a la literatura es todo lo radical que puede ser, y porque es en esta fidelidad donde me juego mi destino.
Por supuesto que sé que pocas de estas esperanzas llegarán a cumplirse algún día, pero es que las esperanzas no se albergan para que se cumplan, sino para ponernos en movimiento. Lo importante es entregarse con toda la sinceridad de la que uno sea capaz, soñar con un libro increíble y trabajar por su consecución, contribuir a la búsqueda de la belleza y de la verdad, dar cabida a la imaginación, que es una de las potencias que más nos humanizan. Si muriera mañana, mi carrera como escritor ya tendría sentido, pues mis libros han llegado, según me consta, al corazón de muchos de los que me han leído. Eso me deja muy satisfecho y, en definitiva, es lo que espero de mis futuros libros: crear entre mis lectores una hermandad invisible pero eficaz.

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