Mi magdalena es una galleta

Lola Mayo
Cuando tenía 6 o 7 años comía unas galletas que se llamaban Napolitanas. Eran anchas y largas, venían en una caja mediana y estaban espolvoreadas con canela y azúcar. Tenían unas rayitas horizontales por las que se podían partir, por si no te querías comer la galleta entera. Yo creo que sí me las comía enteras. Hoy esas galletas todavía existen, tienen el mismo nombre, pero no son iguales, son más pequeñas y más prácticas, y sólo saben un poco como entonces. Pero de ese poco yo saco aquel recuerdo: un verano en un pueblo de Córdoba, donde pasé unos días con una de mis tías. Las niñas de aquel sitio se reían de mí porque hablaba pronunciando todas las letras, y eso les parecía el colmo de la pedantería. Creo que aquel fue uno de mis primeros viajes. Después pasé mucho tiempo en el campo, yo que no era una niña de campo. Aquel era el tiempo en el que, como a Marcel, me cuidaban, me daban de comer lo que pedía, me hacían disfraces para los cumpleaños, me dejaban saltar a la comba, tener un hamster, leer sin hora, levantarme sin tareas por cumplir. Aún era protagonista y no comparsa. Las otros me miraban vivir. La caja de las galletas estaba abierta siempre.

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