Mi biblioteca de iniciación, conciencia de la literatura y perplejidad

Nora Catelli
Hay muchas bibliotecas en la vida de una lectora. Algunas son sucesivas; otras, paralelas. Las sucesivas son tres: las de iniciación; la de la conciencia de la literatura; la del resto de la vida, que es la de la perplejidad. Dentro de estas bibliotecas sucesivas hay zonas que no se tocan. Porque no sólo hay muchas bibliotecas en la vida de una lectora. No somos siempre el mismo tipo de lector; somos muchos lectores a la vez. Mi biblioteca, más que un espacio, es una estrategia para mantener separadas esas zonas que aseguran la existencia de los muchos lectores, de las muchas lectoras.

G. Whitfield Cook,
Violeta (1943)
A los siete u ocho años llegué directamente a los libros, porque pertenezco a la última generación que vivió la infancia sin televisión ni reinterpretaciones de género. El primer libro sin dibujos fue Jack y Jill, de Louisa May Alcott. Previsiblemente siguieron Julio Verne, Emilio Salgari, Jack London, Héctor Malot: toda la Colección Robin Hood. Otros dos fueron enseguida contradictoriamente decisivos: leí y releí la viril e imperialista Beau Geste (1924), de P.C. Wren, y a la vez la liberal y desprejuiciada peripecia de una niña fea, de trenzas color ratón, intelecto despierto y padres divorciados en Violeta (or Poison Ivy, by Any Other Name) del extraordinario G. Whitfield Cook –guionista de Hitchkcock para Extraños en un tren– publicada en 1943 e traducida también en la Colección Robin Hood sin que en los conservadores años cincuenta alguna Asociación de Padres Católicos advirtiese que era sospechosamente divorcista.
Había también libros heredados para hojear en el suelo: los tomos gordos (veinte) de El tesoro de la juventud, que, además de proveer de una visión del planeta abiertamente racista, entregaba cuentos, leyendas e inventos y nos hacía soñar –a nosotros, chicos de la pampa gringa argentina– con paquebotes que cruzaban el Canal de la Mancha y en cuyas lujosas cubiertas niñas inglesas de tirabuzones y niños probablemente alemanes de polainas blancas jugaban con aros de mimbre.
Había otra letra impresa, pero no la incluiría en mi biblioteca: el catecismo, el devocionario, y los libros de lectura del colegio de monjas, que constituían, en realidad, los únicos soportes de la lengua propia, el castellano, aunque no fuese la variante que hablábamos. No recogían nuestra oralidad sino la peninsular, lo que, después de todo, no dejaba de ser estimulante, ya que nos obligaba a estar advertidos de una cierta artificialidad en cualquer uso verbal. En la pampa gringa, además, no había “aldeanos” que hablasen el idioma puro de la tierra, ese que se atribuye en otras naciones a los lugareños y que es un puro capricho romántico, sino inmigrantes napolitanos, polacos, asturianos, genoveses.
Era la biblioteca de iniciación, una geografía de traslados arbitrarios y, quizá por eso, el espacio acabado de la imaginación. No excluía la violencia del mundo sino que se alimentaba tácimente de ella.

William Faulkner,
Absalón, absalón (1936)
La conciencia de la literatura llegó en la adolescencia. A los trece o catorce años el primer párrafo de Absalón, Absalón de William Faulkner me mostró algo inesperado: podía existir un libro cuyo asunto no se entregase directamente a la comprensión. Una voz morosa, lenta, que avanzaba por una sintaxis enrrevesada, unos personajes quietos en una estancia polvorienta, una serie de anticipaciones y promesas acerca de una situación que ni la lectora entendía ni tampoco parecía entender la voz misma que narraba. Al seguir leyendo con parsimonia se advertía que ni las anticipaciones ni las promesas iluminaban la acción; ni siquiera había acción. Sólo una vieja en una habitación que le hablaba a un joven. El joven recordaba el cuento de la vieja y se lo contaba a un amigo.
¿Qué pasaba en Absalón, Absalón, en el presente de aquellas frases leídas? ¿Había algo más allá de ese presente? ¿Por qué era tan difícil reconstruirlo? Tal fue la primera experiencia consciente de la literatura. El momento en el que capté la resistencia de la palabra a convertirse en aquel cristal eficiente de las primeras lecturas de infancia. Un poema de César Vallejo leído en una antología, por la misma época, mostró esa misma extravagancia; era raro, excesivo, reticente.
De esas dos lecturas surgió la comprensión de la forma. Esa comprensión se amplió, se bifurcó, se multiplicó; compuso, en suma, esta segunda biblioteca.

Juan José Saer,
Responso (1964)
La tercera biblioteca, la de la perplejidad, es esforzada, hecha de retazos, a la manera de los compendios escolásticos, aun cuando en mis compendios figurasen obras enteras. ¿Cómo recuperar ahora, sin vergüenza, la lectura completa de Romain Rolland, previa y rival de la primera de Proust? ¿Dónde situar a Gide? Sobre todo, cuando se tiene en cuenta que Gide o Anatole France convivían con la literatura argentina, que empezó proliferar en la biblioteca también en esos años, hacia 1968, como la irrupción de algo cercano e incómodo; quizá Responso, de Juan José Saer, haya constituido la primera huella indeleble de esa experiencia. Mucho antes que Borges; mucho antes que Girondo.
Nada más dificil pero nada más justo que situar, en la formación de esta tercera biblioteca, a Jakobson, al Marx de grupos de lectura, a Lúkacs, o a Henry James. Nada más difícil pero también nada más más justo que admitir que en esta tercera biblioteca está la novela inglesa de detectives, la novela de guerra. Todo lo que no se leía en la Facultad de Filosofía y Letras de mi época de estudiante armaba esta última serie; la costumbre de los mundos paralelos y de los circuitos fue entonces la condición misma de la lectura libre.

Roland Barthes,
El grado cero de la escritura (1953)
Después no existen más que retornos a uno u otro de los circuitos, aunque esos retornos adquieran, a lo largo de mucho tiempo, el carácter de un comentario escrito. Algunos textos fueron y son los modelos inalcanzables de la biblioteca entendida como sede de la perplejidad: El grado cero de la escritura de Roland Barthes –todo Barthes, siempre-​, un trabajo de Eric Auerbach sobre Montaigne, las notas al pie de María Rosa Lida en alguno de sus articulos tardíos, un ensayo de Edmund Wilson sobre Finnegans Wake, un artículo de Leo Spitzer sobre Cervantes, un capítulo de Paul de Man sobre Proust.
Acaso esos circuitos separados –el del arte, el del estudio, el del entretenimiento– sean la única marca que todavía reconozco de lo moderno y por eso la quiero encarnar en Barthes. En mi biblioteca, que aloja todos esos circuitos a condición de que no se mezclen, Barthes enseña que se puede pensar la literatura sin ceder a la tentación del eclecticismo. Más que la literatura, se puede pensar el mundo de la literatura dentro del de los signos, aunque sin borrar las jerarquías, sin caer en la fusión de los circuitos. La biblioteca moderna tiene fronteras y admite distintas actitudes. No pueden cruzarse. En la mía, descifrar e interpretar la poesía sucede de vez en cuando y es insustituible. Con más asiduidad ocurre la lectura de relatos –cuentos infantiles, novelas de Jane Austen o de George Eliot. Y siempre tiene lugar el encuentro con los maestros del comentario, con los dioses menores –hubiese escrito Apollinaire– de la experiencia moderna. En el centro de la constelación de los dioses menores está Barthes. No porque lo diga todo, sino, al contrario, porque calló ante tantos discursos y tantas lenguas. Esa reticencia suya, cortés o desdeñosa, pemite –me permite– seguir pensando, seguir leyendo.

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