Más sonrisas que lágrimas

Geoff Belligoi
A los cuarenta y tantos, decidí empezar a aprender a tocar el saxo. Todo comenzó con un padre conocido cuya hija empezó a tocarlo, y encontró dos de segunda mano de oferta. Los compró y empezó a aprender con ella. Yo estaba indignado. Si él podía, yo también. Yo era un músico frustrado. Cuando tenía 14 años estudié piano en el momento equivocado. Cuando mis amigos estaban jugando a fútbol (fútbol australiano, se entiende) yo sufría delante del teclado. Pero la lección “impuesta” valió la pena. Me interesaba la teoría pero no la práctica. La idea me enganchó.
Me relacionaba continuamente con la música: el coro de la iglesia, los conciertos escolares, los concursos de coros, y viví una época fascinante cuando irrumpió la música punk –en el punk no importaba lo bien que tocaras, cualquiera podía tocar en un grupo, y algunos de mis amigos lo hacían. Mis gustos musicales se ampliaron en un profundo y ancho río durante ese periodo, y me volví bastante abierto. La oportunidad de comprarme un saxo prometía salir a viajar por el mundo –un paso entre muchos que me llevó a Barcelona. El saxo se convirtió en un camino por explorar.
Después que aquel padre comprara el saxo para aprender, me sorprendió lo fácil que era tocarlo. Así que empecé a tomar clases con un saxo alquilado. Entonces llegó la segunda epifanía: el poco tiempo que tengo. Pero la motivación sigue ahí y tocar es reconfortante. El tiempo debe y puede encontrarse. Las clases son como una especie de terapia y mi cerebro y mis dedos trabajan más en media hora que en toda la semana. Generalmente salgo sudando por el esfuerzo. Pero hago música.
Mi objetivo es unirme el año que viene a un grupo de cuarentones como yo que tocan en una banda, porque tocar juntos es la mejor manera de aprender –y te pone más presión en la práctica. Es agradable y terapéutico –espero que mi hijo mediano se dé cuenta de esto antes que yo.

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