Chéjov, el humanista de la austeridad

Enrique Moreno Castillo
No está mal que dediquemos un espacio a Chéjov en el 150 aniversario de su nacimiento, porque se trata de uno de esos escritores hacia los que no sólo se siente admiración, como hacia todos los grandes, sino también agradecimiento. Sus obras parecen escritas en estado de gracia y en ellas la realidad se muestra siempre de una manera intensa y poderosa pero sin énfasis ni artificios; de una manera entrañable pero sin sentimentalismo. Los aficionados a la literatura no podemos leerlo todo; pero no haber leído a Chéjov supone perderse una de las experiencias más luminosas y sigilosamente profundas que nos pueden ser deparadas.
Por otro lado, la personalidad de este autor, tal como se muestra en sus escritos y tal como la conocemos por testimonios biográficos, inspira una enorme simpatía. Su imagen es la de un hombre irónico, amable, inteligente, compasivo, poco dado a la vanidad y a los gestos ampulosos, lleno de escepticismo y al mismo tiempo, de amor a la vida y a los seres humanos. Hay autores que nos atraen en la juventud y otros que preferimos en la madurez; los hay con los que congeniamos mejor en unas circunstancias que en otras. Chéjov nos convence siempre y siempre nos hace compañía. Es como tener al lado a alguien que nunca dice nada que no sea verdad.
La obra de Chéjov consta de innumerables narraciones, algunas muy breves, otras más largas, pero sin llegar nunca a la novela verdaderamente extensa. Además, escribió al menos tres obras dramáticas que le sitúan entre los grandes nombres del teatro moderno.
Chéjov nació en Taganrog (Crimea), en 1860, en una familia de comerciantes modestos y, tras realizar los estudios secundarios, se trasladó a Moscú para cursar la carrera de medicina. La experiencia de la pobreza y el contacto con la enfermedad marcaron su personalidad y dejaron una honda huella en su obra literaria.
Chéjov empezó publicando, ya desde su temprana juventud, narraciones humorísticas en periódicos y revistas. Estos primeros escritos suelen consistir en una sencilla anécdota divertida o grotesca, pero en la que se ve ya una notable capacidad para reflejar con breves pinceladas los ambientes de la realidad cotidiana y para crear tipos reconocibles y característicos.
Al acabar la carrera, Chéjov trabajó como médico en diversos hospitales mientras continuaba con su labor literaria. Por esa época empieza a sentir los primeros síntomas de la temible tuberculosis. Poco a poco, su fama como escritor fue aumentando hasta que los ingresos que conseguía con sus publicaciones en revistas y con sus libros de relatos le permitieron abandonar el ejercicio de la medicina y dedicarse exclusivamente a la literatura. Compró una propiedad en Melinkovo, cerca de Moscú, donde residió durante varios años. Aunque permanecía soltero, vivió siempre rodeado de multitud de parientes a los que ayudaba y protegía.
En 1889 murió uno de sus hermanos. Chéjov, deprimido y lleno de premoniciones de su propio final, decidió hacer algo en favor del prójimo, algo que diera un sentido moral a su vida. Había oído hablar de las durísimas condiciones en que vivían los presos que eran deportados a la isla de Sajalín y decidió ir allí para conocer la vida de sus habitantes. Atravesó toda Siberia y permaneció en la isla durante tres meses, entrevistándose con los prisioneros, ayudándolos como médico y estudiando su situación. Fruto de este viaje fue un largo reportaje titulado La isla de Sajalín, que sirvió para que las autoridades tomaran cartas en el asunto y se suavizaran las terribles condiciones de vida de los presos.
Los relatos de la madurez de Chéjov, tanto los cuentos como las novelas cortas, se caracterizan por el aire de realidad que sopla en ellos sin necesidad de configurar un núcleo argumental coherente y estructurado. Sin duda, uno de lo modelos del Chéjov escritor de cuentos fue Guy de Maupassant. Pero hay una diferencia notable entre ellos. Maupassant logra dar a menudo una intensa impresión de vida a través de la presentación de un hecho determinado, de un hecho llamativo, curioso, dramático, en definitiva, de un suceso digno de contarse. En Chéjov la anécdota se atenúa. Con frecuencia consigue narrar la realidad misma sin necesidad de cristalizarla en un episodio, haciendo sentir el fluir silencioso de la vida de todos los días. Se podrían poner innumerables ejemplos, porque entre los relatos de Chéjov abundan las obras maestras, pero recordaré solamente el que se titula Una historia aburrida, un prodigio literario cuyo título es ilustrativo, no porque resulte tediosa, pues no lo es en absoluto, sino porque debería serlo si no fuera por el arte maravilloso del escritor que sabe dotar de interés el sucederse de las cosas, el acontecer sin drama aparente, las vidas sin destino, y que sabe mostrar toda la sustancia humana que encierra la cotidianidad, sus tragedias diarias, los desencuentros entre las personas, sus miedos y conflictos interiores.
Chéjov se había interesado por el teatro desde su juventud. Había escrito algunos pequeños sainetes humorísticos y alguna obra suya había subido a los escenarios sin demasiado éxito. En 1898, el gran actor y director Konstantin Stanislavsky fundó en Moscú el Teatro de Arte. La estética de Stanislavsky consiste en llevar al teatro y a la puesta en escena los presupuestos del realismo y del naturalismo. Los decorados y los trajes eran de una precisión fotográfica, los ambientes estaban cuidadosamente reproducidos en el escenario y los actores debían buscar el máximo de naturalidad y verosimilitud, huyendo de todo histrionismo. Stanislavsky fundó también una escuela de actuación y creó un método propio para la formación de los actores, basado fundamentalmente en la identificación interior del intérprete con la figura que encarna. No se trataba de aprender a imitar o a reproducir gestos, inflexiones y actitudes, sino de que todo surgiera espontáneamente a partir de una apropiación profunda del carácter y de la situación del personaje que se interpretaba. Como se sabe, todavía hoy las ideas y los procedimientos de Stanislavsky tienen una presencia fundamental en las escuelas de teatro.
La compañía de Stanislavsky llevó a las tablas en 1898 una obra de Chéjov, La gaviota, que había sido un fracaso dos años antes en un teatro de San Petesburgo, pero que entonces se convirtió en su primer éxito teatral. Stanislavsky encontró en Chéjov el dramaturgo que armonizaba mejor con sus concepciones estéticas, y esto, en contrapartida, le sirvió al escritor de acicate para continuar componiendo obras teatrales.
Los mejores dramas de Chéjov son, en mi opinión, los tres últimos que escribió: Tío Vania (1899), Las tres hermanas (1901) y El jardín de los cerezos (1904), todos ellos estrenados por Stanislavsky. Chéjov evita la estructura dramática tradicional, de acuerdo con la cual todos los elementos de la obra deben poseer una función y deben contribuir al progreso de la acción y llevarla sin desviaciones hasta el desenlace. Contrariamente, por los escenarios de Chéjov deambulan personajes innecesarios, hay tiempos muertos en los que los héroes se aburren, canturrean o se limitan a no hacer nada, y algunas cosas suceden porque sí, como pasa en la vida fuera de los escenarios.
Estos dramas ocurren en el ambiente de una burguesía provinciana o de una aristocracia rural decadente. Sus protagonistas suelen ser personajes cultos y llenos de ideales pero ahogados por un ambiente estrecho de desesperanza y rutina. Sueñan con una existencia más libre y brillante, con ejercer una actividad que les satisfaga y que sea útil a la sociedad, con conocer otras personas y entablar relaciones intensas de amistad y de intercambio de ideas. Y lo que encuentran a su alrededor es apatía, vulgaridad y conformismo Así como la tragedia antigua está hecha de acontecimientos terribles y sangrientos que destruyen al héroe, la tragedia moderna de Chéjov muestra no lo que aniquila a la persona, sino lo que mata la alegría y la ilusión en las vidas de los hombres.
Pero la tristeza que impregna los dramas de Chéjov nunca resulta del todo desesperada, porque los personajes centrales poseen una profundidad que los sitúa por encima de su drama. Ellos contemplan su desdicha y su frustración. Nosotros, los espectadores, percibimos la belleza de sus almas, la hondura de su existir. Ellos ven que su vida ha quedado incumplida, porque no tiene lo que desean o lo que sueñan. Nosotros vemos cómo en ese fracaso, en esa melancolía, resplandece lo más entrañable de su personalidad.
En los últimos años, Chéjov, enfermo de tuberculosis, vendió su propiedad de Melinkovo y se trasladó a Yalta, en Crimea, en busca de un clima más dulce. En esta época se enamoró de una de las actrices del Teatro de Arte, con la que contrajo matrimonio en 1901. Pero la pareja vivió con frecuencia separada, ella en Moscú, actuando en el teatro, y él en Crimea. Chéjov murió en 1904, en un sanatorio de la Selva Negra, con 44 años.

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