Una taza de café

Francis García Collado
El auge de las cafeteras con cápsulas hace tiempo que relegó a mi antigua cafetera al fondo del armario, sin concederle ni tan siquiera un lugar entre las antigüedades que uno sin pretender va acumulando. La cafetera no era antigua, sino vieja, pura quincalla.
Pero mi regreso a Barcelona tras casi ocho años dejó al descubierto su asa de plástico negro en una de las bolsas. Una fuerza indescriptible me empujó a comprar café para acto seguido encontrarme recordando el ritual de rellenar de agua el cuerpo de la cafetera, cubrir de café el filtro para finalmente ir apretándolo con una cuchara con la mente distraída. Unir los dos cuerpos de mi italiana empezaba a trasladarme a otros tiempos, tiempos en los que yo preparaba el café a mis padres, de niño, en otro lugar cuando aún era demasiado pequeño para tomarlo.
Ahora ese aroma empezaba a hacerlo todo tan grande a mi alrededor que yo empecé a hacerme minúsculo. Tomarme un vaso de café era la cosa más dulce que hacía desde que mi casa había sido invadida por la asepsia de la cafetera de cápsulas, un salto que me recordaba que hubo una época en la que aquello que hasta hace poco parecía una pérdida de tiempo era mi momento, mi ansiada calma. Mi particular (aunque pueda parecer pedante) receta es degustar “uno solo” con las Variaciones Goldberg de fondo. Pruébenlo. La sencillez de la receta se lo merece.

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