Una democracia bloqueada

Andrea Matiz
El sistema político italiano podría considerarse, igual que los países del ex bloque comunista, como una “democracia nueva”. El parecido entre estas dos realidades tan diferentes se debe a que hasta 1989 Italia se caracterizó por la ausencia de alternancia entre las fuerzas políticas que dirigían el país.
Una vez escogido el camino de la república parlamentaria con base proporcional en 1946, el sistema político italiano se mantuvo sin cambios. Por detrás de la Democracia Cristiana, estaba el Partido Comunista, que fue eternamente el primer partido en número de votos pero sin nunca llegar a superar el 50 por ciento y al que le estaba tácitamente vetada la dirección del país. A los pies de estos dos gigantes, que representaban alrededor del 70 por ciento de los italianos, el Partido Socialista recibía entre el 10 y el 15 por ciento de los votos, y se aliaba primero con los comunistas y, después de la invasión comunista de Hungría en 1956, con los democristianos. Más abajo había aún tres pequeños partidos de escaso peso electoral, pero fundamentales para que la Democracia Cristiana pudiera gobernar. Capítulo aparte merece el 56 por ciento que recogía el Movimiento Social que, por su herencia fascista, se mantenía fuera del arco parlamentario. Así, mientras en todas las democracias occidentales las izquierdas, con el paso de los años, llegaban al poder, en Italia fue acogido como un acontecimiento histórico el primer ejecutivo, aunque siempre con mayoría democristiana, dirigido por un no democristiano, Bettino Craxi, en 1982.
Entre 1989 y 1992 todo esto terminó. Con la caída del Muro de Berlín el Partido Comunista empezó un largo recorrido político que empezó con un cambio de nombre y una profunda división interna. A la vez, el bloque de poder Democracia Cristiana-​Partido Socialista se rompió a causa de la revolución judicial de Mani Pulite por la que se supo que todo el bloque económico y político se basaba en un difuso sistema de sobornos.
Se abrió así una nueva fase política inspirada por una voluntad profunda de reformar el sistema político. Un objetivo que aún no se ha conseguido.
En casi veinte años de “segunda república” se ha asistido a la creación de dos grandes coaliciones de partidos. La aparición del fenómeno Berlusconi, la entrada en la vida pública del Movimiento Social y el refuerzo de la Liga Norte ha llevado a la derecha italiana a unirse en un bloque de partidos que tiene en el primer ministro Berlusconi su principal punto de unión. Por otro lado los herederos del Partido Comunista han iniciado un largo y laborioso proceso de transformación política hacia el centro que ha culminado en la reciente unión con los descendientes de la izquierda democristiana.
La izquierda demuestra sin embargo una atávica capacidad de fragmentación en partidos y la absoluta falta de liderazgo unitario. Son defectos que aparecen de manera diáfana cada vez que consigue alcanzar el poder y han convertido en precarias todas sus experiencias de gobierno. Esto ha acabado por instigar en el electorado la convicción de que no es capaz de garantizar una guía fuerte y estable para el país. Berlusconi ha sido listo al aprovechar estos defectos y ha focalizado sobre él, directa o indirectamente, la agenda política italiana y ha reducido el debate a una disputa entre facciones.
En este escenario la Liga Norte juega un rol relevante. Un movimiento que, aunque es expresión de una parte del país, ha aumentado constantemente su peso electoral gracias a una política sin prejuicios en materia de inmigración y seguridad. Dentro de la coalición de centroderecha ha sabido además quedarse con el rol de aliado fiel dispuesto a sostener a Berlusconi en sus momentos de mayor dificultad, a cambio sin embargo de una creciente influencia sobre la agenda del gobierno.
Podría concluirse paradójicamente que, a pesar de los intentos de reforma, el sistema político italiano no ha abandonado la condición inicial de democracia bloqueada.

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