Su lucha por las víctimas

Carlos Eymar
Conocí personalmente a Antonio Beristain a principios de los noventa en una de esas memorables reuniones del Foro del Hecho Religioso promovido por José María Caffarena y Aranguren. Más incluso que el tratamiento y profundización de los temas propuestos, el Foro era el marco ideal para establecer nuevos contactos, para conocer a tipos curiosos, unidos por la común inquietud de una búsqueda religiosa, libre e intelectualmente fundamentada. Fue así, en un desayuno en torno a una mesa en la que también se encontraban Ignacio Sotelo y Raimon Panikkar, como intercambié mis primeras palabras con Antonio Beristain.
Desde el primer momento se podía apreciar que Antonio era todo lo contrario de esos intelectuales imbuidos de un cierto divismo. Su cercanía resultaba patente y acogedora e incluso sus críticas, por muy fuertes que fueran, nunca derivaban hacia la descalificación. Especialmente crítico se mostraba con respecto al nacionalismo del clero vasco y de algunos de sus colegas de la Compañía de Jesús, sobre todo en su actitud con respecto a las víctimas del terrorismo.
En su necrológica publicada en El País, Fernando Savater recordaba cómo, a raíz de un artículo muy crítico contra el obispo Setién, Antonio Beristain fue llamado a capítulo por sus superiores de la Compañía que le prohibieron en lo sucesivo acudir a la prensa para expresar sus opiniones. En este sentido, pese a algunos reconocimientos aislados que con el tiempo no han hecho más que crecer, la posición de Beristain fue minoritaria e incómoda, aunque jamás le hiciera perder su buen humor.
Él se declaraba heredero de los grandes vascos españoles y universales. Por supuesto de San Ignacio, cuyo libro del quinto centenario de su nacimiento, en 1991, había presentado en París. Pero también de Unamuno, de los Baroja o de Chillida, con quienes le unían vínculos de amistad.
Su acercamiento al mundo de las víctimas se expresó en continuos gestos y palabras de aliento. Contaba Antonio la experiencia inolvidable de cuando se dirigió al cuartel de la Guardia Civil en Intxaurrondo para hablar del perdón. Hacía falta mucho valor para acometer tal empresa en los años más oscuros de la violencia terrorista. Según sus propias palabras, el anfiteatro estaba a rebosar y la tensión de la atmósfera podía cortarse con un cuchillo. Pero, al final, muchos se sintieron reconfortados y le agradecieron su proximidad. Ese gesto y otros muchos análogos que salpican su biografía, no fueron fruto de un mero sentimiento de justicia o de compasión filantrópica o cristiana. En el origen de la sensibilidad de Antonio Beristain hacia las víctimas, a la vez que su vocación religiosa y el contexto social del terrorismo en el País Vasco, hay que señalar una importante actividad teórica que exige dar cuenta de su biografía intelectual.
Nacido en Medina de Rioseco (Valladolid), en 1924, en el seno de una familia vasca, Antonio Beristain ingresa muy joven en el noviciado de los jesuitas en Loyola y, tras una completa formación filosófica, teológica y jurídica en España y Alemania, se dedicará a la docencia universitaria como profesor de Derecho Penal en las Universidades de Deusto, Valladolid y Madrid. En 1973 se incorpora a la Universidad del País Vasco como director del Departamento de Derecho Penal, ostentando hasta su muerte el cargo de presidente honorario del Instituto Vasco de Criminología del que fue fundador en el año 1976. Por estas fechas es cuando empieza a interesarse por el tema de las víctimas y por sus implicaciones para el Derecho Penal. Fue en el tercer Simposio Internacional de Victimología, celebrado en Münster (Westfalia) en el año 1979, cuando Beristain, junto con un grupo de criminólogos, funda la Sociedad Internacional de Victimología.
Antonio Beristain es, por tanto, uno de los pioneros mundiales de la victimología y, en cuanto tal, fue invitado a impartir clases, cursos y conferencias en las más variadas universidades del mundo, fundamentalmente alemanas y sudamericanas, pues, como él mismo decía: “Me he formado en Alemania y reformado en Latinoamérica”. Entre los múltiples y prestigiosos reconocimientos de los que ha sido objeto pueden mencionarse, a título de ejemplo, los doctorados honoris causa recibidos por la Universidad de Pau en Francia o Lomas de Zamora en Buenos Aires, o el premio Herman Manheim de la Sociedad Internacional de Criminología. Muestra también de este reconocimiento es el hecho de que en 2006 la Universidad Carlos III crease la Cátedra Antonio Beristain sobre el terrorismo y sus víctimas.
Junto a otros representantes de la llamada escuela de Auschwitz, como Reyes Mate, Beristain insistía en la obligación moral de la memoria de las víctimas y en la exaltación de determinadas figuras heroicas que demostraron un especial coraje moral ante la persecución nazi como Bonhoeffer, Maximilian Kolbe, Victor Frankl o Elie Wiesel. El mismo imperativo, exigido en el contexto del País Vasco, le llevó a Beristain a no faltar a la cita de rememoración de las víctimas de ETA. Sus artículos sobre Carmen Tagle, Francisco Querol, Tomás y Valiente, Fernando Buesa, José Luis López de la Calle, Joseba Pagazaurtundúa y tantos otros así lo testimonian.
No es de extrañar que esta constante labor fuera distinguida con los premios del colectivo de Víctimas del Terrorismo en el País Vasco o el de la Fundación Gregorio Ordóñez, hace apenas un año. Con muchos sociólogos del terrorismo, Beristain compartía la idea de que hasta que las víctimas no contasen con el respaldo social mayoritario y la estima preferencial de la población, el terrorismo se mantendría vivo. Lo que él pretendía es que nuestro modo de proceder superase los deberes asistenciales contenidos en la parábola del buen samaritano, para llegar a lo que el llamaba una victimología de máximos que, como al Siervo de Yahvé, fuese capaz de ensalzar a la víctima por su sufrimiento y exaltarla por su abatimiento.
No quiero concluir esta nota sin dejar constancia de que Antonio era un asiduo lector y colaborador de El Ciervo. En múltiples ocasiones, con motivo de algún artículo o recensión de sus libros, publicados en nuestra revista, me enviaba comentarios, palabras de agradecimiento, recortes de periódicos o cariñosos elogios. Su letra, cada vez más temblorosa, bajo el membrete del Instituto Vasco de Criminología, nunca dejó de estimularme para encontrarme con él en las vastas regiones de lo transdisciplinar.

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