Unas circunscripciones más pequeñas

Ramón Jáuregui. Diputado socialista en el Parlamento Europeo
Empecemos aclarando algo: no hay soluciones taumatúrgicas para la malaise politique, si con tal expresión aludimos a la desafección o al creciente distanciamiento entre ciudadanía y política y entre electores y partidos en la sociedad de la información de las democracias avanzadas. Las que lo son, es decir, las que podemos llamar soluciones, no son en todo caso unívocas y singulares. Son respuestas plurales y en planos diversos, como corresponde a una problemática multiforme y de orígenes variados. Obligado a circunscribir mi diagnóstico y terapia a una sola cosa, yo diría que en España los políticos, dirigentes y representantes públicos no estamos suficientemente sometidos al veredicto ciudadano. Es decir, al control político de los electores. Éste, lo reciben los partidos políticos en las elecciones, pero en su seno se esconden los comportamientos personales y las actitudes y aptitudes políticas de sus miembros y representantes públicos. Salvo los alcaldes, mucho más sometidos al escrutinio público, la mayoría de los políticos españoles no pasamos el examen ciudadano porque el sistema político se vertebra en torno a las formaciones políticas y las leyes electorales permiten a los partidos elaborar sus listas electorales con plena autonomía.
Un sistema electoral que prime la conexión del político-​candidato con sus electores a través de circunscripciones más reducidas, produciría dos efectos inmediatos: aumentaría los estímulos de premio/​sanción a los comportamientos personales y a las actuaciones políticas de los candidatos a ocupar puestos públicos y, al mismo tiempo, añadiría al acto de participación política del ciudadano, un aliciente más directo y personalizado en su voto.
La introducción de esta posibilidad exige una seria y compleja reforma electoral, bien alterando sustancialmente las circunscripciones electorales, ligando a los candidatos a espacios físicos más reducidos (a la inglesa para entendernos), o bien introduciendo las llamadas listas abiertas, en las que el elector puede elegir libremente los nombres a los que vota de entre una lista más amplia.
Estas reformas tienen también sus inconvenientes, como toda modificación del sistema electoral. La certidumbre y la estabilidad políticas del funcionamiento mecánico de los partidos en las instituciones, podría verse seriamente alterada en un sistema de actuación más personalizado, provocador de frecuentes “indisciplinas de voto”. La cultura democrática española, heredera de una transición incierta, buscó la seguridad y la estabilidad que proporcionaban los partidos como interlocutores fiables y comprometidos con los grandes objetivos de la consolidación democrática. Esa virtud de nuestro sistema político explica la situación actual. Por otra parte, el riesgo de las campañas electorales personalizadas es que pueden aumentar las tentaciones de corrupción en los fondos económicos para su financiación.
Nada es perfecto en el sistema político democrático y por eso es necesario acomodar los modelos electorales a las peculiaridades de cada país. No obstante hay algo que no deberíamos olvidar: los partidos son tan perfectibles como imprescindibles para el ejercicio de la democracia.

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