¡Resucitemos a Montesquieu!

Francisco de la Torre Francia. Funcionario de la Unión Europea
¿Reformar el sistema político? ¡Resucitemos a Montesquieu! Entiendo que mi respuesta puede resultar vaga, pero es que desde que Alfonso Guerra, a la sazón vicepresidente del Gobierno, decretó la defunción de Charles de Secondat, barón de La Brède y de Montesquieu, la verdad es que se le echa de menos por estos pagos. Las fórmulas de resucitación son diversas y sólo mencionaré algunas de ellas.
Al “finado” le preocupaba particularmente el principio de la división de poderes: el Estado de Derecho consta de tres brazos –ejecutivo, legislativo y judicial– que tienen, entre otras muchas, la tarea de vigilarse entre sí para evitar sus eventuales excesos. El equilibrio del Estado (y lo que es más importante: su salud) surge de la acción moderadora de esos tres poderes, cada uno atento a que ninguno de los otros dos exceda el ámbito de sus competencias. “Para que no se pueda abusar del poder, es preciso que, por la disposición de las cosas, el poder detenga al poder”. De esa interacción proviene la tradicional tensa relación, propia de los estados de Derecho, entre los protagonistas de cada uno de los poderes y, muy especialmente, entre el ejecutivo y el judicial.
Si nuestro sistema político fuese un enfermo y hubiese que prescribirle un tratamiento, no albergaría muchas dudas: menos partitocracia y más meritocracia (no sólo para la composición de las “altas instancias de la magistratura”, convertidas de manera lamentable en reflejo, como mínimo en los medios y por ello en el imaginario colectivo, de la competencia entre partidos, sino que nadie que no haya demostrado poder ganarse la vida de manera honrada fuera de los circuitos del partido debería poder ocupar un cargo público); menos consignas y servilismo, y más libertad de conciencia y responsabilidad individual (¿para cuándo las listas abiertas y la posibilidad de elegir personas, al menos y como un primer paso, en las elecciones internas para los cargos de los partidos?, ¿para cuándo la libertad de voto de los diputados y senadores, que les conferiría la categoría de individuos racionales y no la de sumisos borreguillos?)
El artículo 6 de la Constitución de 1978 reza: “Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos”. Al otorgarles un protagonismo tan principal (no único, sin duda, pero “fundamental”) en la conducción del sistema político, la Constitución les ha proporcionado también los instrumentos para patrimonializar las instituciones y el presupuesto del Estado en su propio beneficio. La tentación ha sido a menudo irresistible, y la responsabilidad de los dirigentes no ha estado, también a menudo, a la altura de la tarea encomendada. No se trata de abominar de un instrumento de participación tan básico y fundamental, en absoluto, sino de diagnosticar y combatir sus prácticas viciadas que son las que, con Guerra o sin él, asesinaron a Montesquieu.

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