Un teólogo en la frontera

Juan José Tamayo
«Soy un teólogo feliz». Ésta es la definición –poco frecuente en el gremio teológico– que daba de sí mismo en un libro-​entrevista con motivo de su 80 cumpleaños Edward Schillebeeckx, que murió la víspera de Navidad de 2009 en Nimega, a los 95 años y tras tres cuartos de siglo de vida religiosa. Fue el teólogo católico más prestigioso, junto con Karl Rahner, y una de las personalidades más influyentes en el cambio de modelo del cristianismo durante toda la segunda mitad del siglo pasado, amén de protagonista en la renovación de la teología y en la reforma de la Iglesia holandesa y de la Iglesia católica en general.
Nació en 1914 en Amberes, en la Bélgica flamenca, en el seno de una familia muy religiosa de 14 hermanos. Hasta los 18 años estudió en un colegio de jesuitas, donde recibió una rigurosa formación basada en los clásicos. A los 19 años ingresó en los dominicos. ¿Qué es lo que le atrajo de la orden dominicana? Él mismo responde: la apertura al mundo, la dedicación al estudio, el trabajo de investigación y la teología centrada en la predicación. Y, a fe que hizo realidad estos cuatro descubrimientos y los enriqueció en su vida religiosa, en su actividad intelectual y en su manera de estar en el mundo.
Tras el noviciado, estudió filosofía en Gante y teología en Lovaina con una orientación tomista clásica, que él renovaría durante los primeros años de docencia. Después de la Segunda Guerra Mundial fue a Francia para hacer el doctorado en Le Salchoir y estudiar en la Sorbona. En Salchoir se encontró con dos de los más prestigiosos teólogos dominicos de la época: Marie-​Dominique Chenu (18951990), sancionado entonces por el Santo Oficio, e Yves-​Marie Congar (19041995), igualmente sancionado en la década de los 50 del siglo pasado. Con ellos entabló una relación de complicidad orientada al cambio teológico y eclesial.
De vuelta a Lovaina en 1947 inició su carrera docente en teología dogmática con el objetivo de renovar el pensamiento tomista y de abrirlo a las nuevas corrientes filosóficas. Los escritos de este periodo que alcanza hasta principios de los sesenta se caracterizan por el método histórico frente al dogmatismo de manual, entonces imperante y por el perspectivismo gnoseológico, que buscaba una síntesis entre la fenomenología y el tomismo. En 1958 pasó a enseñar teología dogmática e historia de los dogmas en la Universidad católica de Nimega hasta su jubilación. Comenzaba la etapa hermenéutica, la más creativa de su actividad intelectual.
Teólogo de confianza del episcopado holandés, entonces progresista, fue su asesor en el Concilio Vaticano II y uno de los principales inspiradores –e incluso redactores– de algunos de los documento conciliares relativos a la revelación, leída no fundamentalistamente sino desde los métodos histórico-​críticos, y a la presencia y al diálogo de la Iglesia en el mundo. Es proverbial a este respecto su afirmación “fuera del mundo no hay salvación”, que da cuenta de la ubicación histórica de su reflexión teológica y que contrasta con el aforismo excluyente “fuera de la Iglesia no hay salvación”, vigente en el catolicismo hasta las puertas del Vaticano II.
En el Concilio se encontró con el joven teólogo alemán Joseph Ratzinger y, a juzgar por el testimonio del propio Schillebeeckx, no parece que hubiera sintonía entre ellos: “Había en él –comenta Schillebeeckx– algo que no me convencía. En las reuniones no hablaba nunca. Estaban Rahner, Chenu, Congar, y él no opinaba”. Más severo será el juicio veinte años después, cuando Ratzinger estaba al frente de la Congregación antes citada: “Ahora parece que sea sólo Ratzinger el único autorizado para interpretar auténticamente el Concilio: esto va contra toda la tradición. En este sentido reafirmo que se está traicionando el espíritu del Concilio”.
Para mantener vivo el espíritu conciliar y desarrollar una teología en sintonía con los cambios profundos promovidos por el Concilio fundó en 1965, junto con Congar, Rahner, Metz, Küng y otros teólogos progresistas la Revista Internacional de Teología Concilium, editada en ocho idiomas (uno de ellos, el castellano), que, 45 años después, sigue editándose con regularidad a razón de cinco números por año en ocho idiomas. Cabe destacar que en el primer número colaboró Ratzinger con un artículo sobre la colegialidad, junto con Congar y Schillebeeckx, aunque años más tarde se desvinculó de Concilium e intervino en la creación de la revista Communio, de carácter conservador.
Aun cuando no intervino en la redacción del polémico Catecismo holandés, publicado en 1966, la obra recogía algunas de las más importantes aportaciones de Schillebeeckx en cuestiones dogmáticas conflictivas como la virginidad de María, su propuesta de explicación sobre la transignificación en la eucaristía y el pecado original. El mérito de aquella obra, que tanto influyó en la reformulación de los grandes temas del cristianismo radicaba en su estilo vibrante, en el lenguaje moderno utilizado y en la actitud de diálogo con las nuevas corrientes culturales. Con todo, Schillebeeckx hace tres críticas a la orientación teológica del Catecismo: es demasiado individualista, muy pío y carece de dimensión socio-​política.
A lo largo de su extenso magisterio teológico y de su amplia obra fue procesado en tres ocasiones por la Congregación para la Doctrina de la Fe: la primera, en 1968, a propósito de algunos ensayos teológicos que ofrecían una imagen abierta y positiva de la secularización como lugar propicio para vivir el cristianismo en el mundo moderno; la segunda en 1979, por su libro Jesús. La historia de un Viviente, la mejor cristología del siglo xx, al que se le planteaban objeciones de fondo en torno al uso de la hermenéutica, al Jesús histórico, a su relación con el Padre, a la resurrección, a la concepción virginal de María, etc.; la tercera, en 1984 por su libro El ministerio eclesial. Responsables en la comunidad cristiana, donde justificaba en determinadas situaciones eclesiales la presidencia de la eucaristía por parte de un ministro extraordinario no ordenado. De los tres salió ileso e incluso airoso. En las respectivas sesiones del juicio celebradas en el Vaticano logró desmontar las acusaciones de sus inquisidores con lucidez argumental, brillantez expositiva y finura teológica.
Schillebeeckx ha muerto y la sensación que tenemos los teólogos y las teólogas que nos movemos en su línea de hermenéutica crítica es de orfandad, sólo superada con la lectura de sus obras que seguirán iluminando el itinerario del cristianismo del siglo xxi por la senda del diálogo con las culturas de nuestro tiempo y del compromiso ético por la justicia, con el evangelio de Jesús de Nazaret como referente. Las mejores obras para mí o, al menos las que más han influido en mi pensamiento y en mi vida: Cristo, sacramento del encuentro con Dios; El matrimonio, realidad terrestre y misterio de salvación; La eucaristía, sacramento de salvación; Dios y el hombre; El mundo y la Iglesia; Interpretación de la fe; Jesús. La historia de un viviente; Cristo y los cristianos; Los hombres, relato de Dios; El ministerio eclesial; Soy un teólogo feliz; Mística, ética política. Ninguna de ellas, algunas escritas hace casi cincuenta años, ha perdido actualidad, sobre todo las de cristología, que recuperan al Jesús histórico y lo liberan de concepciones mítico-​espiritualistas deshumanizadas ajenas a la primera cristología histórica.

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