«Ebayer»

Joaquim Sala-​Sanahuja
«Lo mío», como se suele decir, es comprar en ebay. Ebay es ese inmenso carrusel que rueda de día y de noche en internet y en el que millones de personas (10 millones de franceses, estipula mi portal, quizá incluyéndome a mí) compran todo tipo de objetos a millones de vendedores por el sistema de subasta contínua. El hecho es que me he convertido en un ebayer consumado y, hasta cierto punto, reputado.
Mi timidez proverbial a la hora de entrar en una librería de lance, de pedir por unos títulos y, llegado el caso, entablar el inevitable regateo, desaparecía totalmente en el gran baile de máscaras de internet. De modo que yo, con mi pseudónimo y mi background, empecé a comprar, a “adjudicarme” libros en los cuatro rincones del planeta, unos libros que llegaban al cabo de unos días, magníficamente embalados y con los atentos saludos de un vendedor de Denver, de Leipzig o de Recife. Poco a poco fui ampliando mi campo de actuación: me convertí en coleccionista de autógrafos, de estampas. Y también me “dediqué” a Japón: utensilios populares, braseros, cestos, caligrafías, de todo. Puedo afirmar que hoy la cerámica oribe, el raku, las piezas de Shigaraki o de Hagi no tienen secretos para mí.
Mi familia ya ha aprendido a hacer como si no las viera, todas esas cajitas amontonadas en los rincones. Son cosas mías. Y además, distinguidos comerciantes ebayers de Tottori, en la prefectura del mismo nombre, como el señor Watanabe o el señor Fuyoshi, me tratan con gran consideración.
Con el tiempo he desarrollado una técnica infalible, de gran precisión. Todo se juega en los últimos segundos: hacia las tres o las cuatro de la madrugada –pues los horarios son americanos, o japoneses– me levanto de la cama y me pongo manos a la obra. Ante mí, en la pantalla, en internet, empieza a generarse el vértigo de las últimas pujas. Ya están ahí otra vez, mezclados con algún novato, mis contrincantes de siempre: “a***rt” y “o***sk”; de Viena el primero, el segundo neozelandés, creo, ambos con los mismos gustos que yo. El neozelandés, por los husos horarios, debe estar más fresco que los dos europeos. Todo detalle tiene su importancia. Pero a menudo le pierden los nervios: se anticipa, muestra sus cartas enseguida. El austríaco también tiene su técnica, lo reconozco. Domina la diversión. Alguna vez, en un momento de inatención, me ha cogido desprevenido. Y se ha llevado “el ítem”. “Por una cabeza”, como decía el tango. Aunque no suelo fallar. Tengo mi secreto. Ya he dicho que esto era “lo mío”. Con todo, yo “compro” con la cabeza fría, es una de mis características, como indica mi perfil. Pero hay ebayers impulsivos. Y eso se paga caro. También los hay amantes del riesgo: los que se compran un coche en México por casi nada, o incluso un terreno baratísimo en Eslovaquia. Un vecino mío se compró una casa en Estados Unidos. Le llegó al cabo de un mes y medio en dos camiones, perfectamente embalada: con los cristales, los cerrajes, los grifos “y hasta el último tornillo”, me dijo. Y con un dvd para el montaje. Le quedó magnífica. Parece la capilla evangélica que sale al final de Con la muerte en los talones, la película de Hitchkock.

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