Daniel Berrigan:

Bárbara Arizti y Andrés García Inda
Tiene 88 años, hace ya 70 que entró en los jesuitas y lleva casi 50 comprometido en el seno del movimiento pacifista. Se ha manifestado, ha llevado a cabo actos de desobediencia civil, ha estado en la cárcel, ha escrito y publicado decenas de libros, ha enseñado en diferentes universidades, animado grupos de vida, acompañado enfermos terminales. En algún momento de su biografía llega a decir que durante muchos años ha llevado la vida de un “giróvago”, un sacerdote nómada. Pero, cuando echa la vista atrás, ¿qué es lo más importante que ha hecho?
–¿Qué puedo decir? Me parece que todo encaja y que no podría omitir nada, porque siempre intenté promover la justicia y la paz a la vez que reflexionaba y escribía sobre ello. Eso era parte de la disciplina, de forma que nunca podía hacer algo y olvidarlo. Hacía algo y reflexionaba sobre ello, y aprendía de ello y decidía qué hacer a continuación y eso siempre involucraba a la comunidad, a mi familia. He tenido mucha suerte con mis amigos, mis hermanos. Mi único hermano vivo [enseña una foto de Jerry, sonriente, esposado y escoltado por un policía]. Lo acaban de arrestar a los 90. Al policía no se le ve muy contento.
–¿Dónde fue esto?
–En Syracuse (Nueva York), donde vive.
–¿Qué queda por hacer?
–Todo queda por hacer. Mi convicción es que nada ha cambiado. Todavía estamos en guerra. Este presidente está capitulando ante las misma fuerzas que captaron a Bush: el gran dinero y el petróleo, la hegemonía y el control. No lo digo desde la desesperación. Lo digo porque estoy convencido de que es verdad. El hecho de que tan pocas cosas hayan cambiado no está en mi mano. Hice lo que me sentí llamado a hacer, pero tuve que permanecer indiferente al resultado. Estoy encantado de ser amigo de los budistas y de entender que el resultado no está en mi mano, lo que sí está en mi mano es la integridad de la acción. Así que esa es mi responsabilidad, pero el resultado no depende de mí. Es muy difícil. Especialmente cuando hemos perdido a tanta gente buena. Dos más de los Nueve de Catonsville (los que iniciaron la protesta contra la guerra de Vietnam) murieron este año: Tom Lewis y John Hogan. Tuvieron que vivir y morir sabiendo que muy poco ha cambiado. Es lo que hay, está bien. Ojalá fuera distinto, pero está bien.
–Desde la atalaya que supone esa intensa experiencia de trabajo, de compromiso, de relaciones, a lo largo de tantos años, ¿cómo se ve la vida? Imaginamos que uno se siente agradecido por muchas cosas.
–Sí. Simplemente el hecho de ser tan bien recibido aquí, cuando tuve que buscar un lugar de residencia y la comunidad dijo, por favor, venga con nosotros. Me emocionó mucho porque no siempre me han recibido tan bien. Pero las cosas cambian, la gente cambia. Las personas ven cosas que antes no veían. Tuvimos una Eucaristía aquí hace un par de días por un sacerdote franciscano que murió en Auschwitz, y el celebrante era un jesuita que habló de estar en la cárcel como algo muy importante, y algo bueno para nosotros los jesuitas, para que no seamos tan orgullosos y para que la búsqueda del éxito no nos lleve a evitar meternos en problemas.
–En sus escritos autobiográficos tiene páginas muy hermosas de gratitud y reconocimiento sobre las personas que le han acompañado en su vida y que han sido puntos de referencia y de apoyo. Uno piensa inevitablemente en Dorothy Day, Thomas Merton. Pero tenemos la impresión de que las dos personas más importantes en su vida han sido su madre y su hermano Philip. En el caso de Philip, además, parece como si se hubieran animado mutuamente a comprometerse cada vez más. ¿Podría hablarnos de la influencia de Philip en usted?
–Philip fue crucial, absolutamente crucial. Siempre fue por delante de mí. Posiblemente por su horrible experiencia de la guerra que yo nunca tuve. ¿Conocen la autobiografía de Philip, Fighting the Lambs War? Habla de su habilidad para matar. Me resultó escandaloso la primera vez que lo leí pero llegué a asumir que eso es lo que había hecho. Era muy bueno matando, por eso le honraron y le dieron medallas y le hicieron oficial. Esto le hizo ver las cosas desde una perspectiva distinta. Y pasó del ejército a vivir en los barrios marginales de la ciudad. Otra gran ventaja con respecto a mí. Nunca viví con los pobres de la forma en que él lo hizo. Y empezó a trazar conexiones entre la guerra y el racismo, algo nuevo para mí. Decía, por ejemplo, que estaba convencido de que los americanos nunca habrían lanzado la bomba sobre Europa. La lanzaron sobre Japón. Fue un acto racista: uno no hace a la gente de su mismo color lo que les hace a los de distinto color. ¡Guau! Cosas de ese estilo. Intercambiamos los roles, pienso, a mitad de nuestras vidas, porque yo había sido siempre el hermano mayor, y por tanto el que le enseñaba. Hacía de profesor y él lo aceptaba, de hecho estaba encantado. Pero entonces la cosa cambió y fue él el que empezó a enseñarme. “Un niño pequeño les guiará.” Resultaba admirable por muchos motivos. Me complementaba en muchas cosas porque mi experiencia fue muy diferente. Nunca fui físicamente fuerte como él. Cuando montaron, con Elizabeth, la Jonah House, dejaron claro que iban a vivir única y exclusivamente de su trabajo, que pagarían el alquiler y todo lo demás con lo que ganaran trabajando, y que no iban a aceptar regalos de la Iglesia. Philip era un manitas, así que se ganaba la vida pintando casas, haciendo trabajos de carpintería y cosas así. En eso era totalmente distinto a mí. Yo vivía de los libros.
–Usted era el intelectual.
–Pues no lo sé. Algo así. Pseudointelectual, un intelectual de pacotilla. Lo de Philip fue algo delicioso, auténtico. Siempre estuvo con los desfavorecidos, y eso es lo que se debe hacer. Los franceses dicen: “Toutes les choses deviennent bourgeois”, todo se aburguesa. Pero eso no es cierto de Dorothy Day ni de Philip. Ellos no se aburguesaron.
–La suya es una vida contracorriente. Uno ha de tener las cosas muy claras para mantenerse fiel durante tantos años. ¿De dónde le viene la fuerza?
–Sí, pero comparado con Philip no he sido nada. Cuando uno piensa en la cantidad de tiempo que pasó en la cárcel, interminable. Recuerdo que, hacia el final de su vida, no se encontraba bien, aún no le habían diagnosticado el cáncer, pero se había caído y se había roto el hombro. Fue en prisión y no recibía ningún cuidado médico, ninguna ayuda de ningún tipo. Estaba simplemente así [imita la posición de un brazo en cabestrillo], totalmente inmovilizado, sin poder moverse, y salió, salió, y antes de que pasara un año ya les decía a su familia y a su comunidad: “Creo que tengo que volver a hacerlo”. Como yo estaba con dos de sus hijos en Minnesota, vinieron su hija Frida y su hijo Jerry, los dos muy nerviosos, y les dije “¿Qué ocurre? ¿qué pasa?” “Nuestro padre dice que tiene que hacerlo otra vez, que tiene que volver a la cárcel y no se encuentra bien. Tenemos miedo de que muera en prisión”. Les dije: “De acuerdo, vamos a hablarlo. Tenéis miedo de que muera en prisión. ¿Qué mayor honor para nuestra familia que muriera en prisión? ¿Cabe mayor honor?”, les dije a la cara. Se quedaron pensativos y lloraban. De hecho, yo casi muero en prisión, en el 71. Y les dije, “cuando me estaba muriendo, cuando se me iba el aliento y todo lo demás, me dije a mí mismo, es un gran honor”. Eso les dije. “No pasa nada si ocurre”. Les tuve que tranquilizar de esa manera cruda. Philip no murió en la cárcel, pero fue la cárcel lo que le mató. Siempre hemos hablado de esa forma tan directa en mi familia.
–Cuando se echa la vista atrás, las decisiones que se han tomado parecen correctas, pero imaginamos que cuando uno se arriesga a pasar años en la cárcel, a perder su trabajo, sus amigos, su sacerdocio, las cosas no deben resultar tan claras. Ha debido haber muchas noches oscuras del alma.
–Sí, la verdad. Siempre supe que tenía el apoyo de Philip, y que él haría lo mismo e incluso más. Los dos estábamos muy influidos por algo que siempre se decía en casa, que uno debía de seguir su conciencia. Y eso se respetaba, se vivía así. Tanto mi padre como mi madre lo creían y lo ponían en práctica.

¿Por qué no ha dejado la Iglesia?
–Seguro que se lo han preguntado miles de veces, pero no podemos evitar preguntarle: ¿por qué no ha dejado la Compañía de Jesús ni la Iglesia?
–¡Oh, Dios mío! Siempre he sentido muy profundamente mi pertenencia: esto es lo que creo y esta es mi comunidad. Me digo a mí mismo que soy un problema para ellos, los jesuitas, pero yo estoy en paz conmigo mismo. Es muy sencillo. Sigo mi conciencia. Si el problema lo tienen ellos, que sean ellos los que lo resuelvan. Yo no tengo ningún problema. Hubo un provincial que fue muy duro. Habíamos sido amigos. Estudiamos juntos en Europa y éramos buenos amigos. Entonces le hicieron provincial y cambió radicalmente. Me lo hizo pasar muy mal. Todos los años teníamos una entrevista con el provincial. Él era muy frío. Solía decirme cosas como: “¿No te has planteado dejar la Compañía?” Y yo le decía: “No. ¿Y tú?” La cosa no iba nada bien. Pensé, ¿por qué me lo plantea él si no me lo he planteado yo? La última vez que me lo preguntó fue cuando iba a dejar el cargo: “Este año has hecho esto y lo otro y lo de más allá. ¿Por qué no piensas en dejar la orden?” Y le dije, “¿Sabes? Si no me plantearas esto todos los años pensaría que algo falla en mi vocación”. Ese fue el final de aquello. Para mí resultaba ridículo. Quizás él pensaba en sí mismo y en su trabajo. Quizás le dio qué pensar, quién sabe.
–¿Y respecto a la Iglesia? ¿Qué opina de la dirección que está tomando actualmente? ¿Puede ser portadora de esperanza para el mundo?
–Atravesamos tiempos muy oscuros. Me debato entre la perplejidad y el silencio. Creo que nos llevará unos cincuenta años recuperarnos de este último Papa, y los obispos y los escándalos, todo eso. Lo estamos pasando aquí y en todo el mundo anglosajón (Irlanda, Inglaterra, Estados Unidos). Eligen a los obispos por su lealtad a la Santa Sede. No porque sean fieles al evangelio. Es la forma de asegurarse su silencio. Y esto es casi universal, así que va a llevar mucho tiempo. Entretanto, confieso que me encuentro entre la perplejidad y el silencio. Pero no quiero acostumbrarme a esto como si fuera bueno y normal, porque no lo es.
–A la vez, hay movimientos de base que no van en la línea de la jerarquía, que son abiertos y tolerantes.
–Gracias a Dios hay todo tipo de buena gente, sí, y buenos movimientos. Tal vez los jesuitas lleguen a desaparecer, no lo sé. Pero también tenemos voluntarios jesuitas entre los laicos. Hasta que nos mudamos vivíamos con jóvenes jesuitas voluntarios, que se encargaban de la comunidad con nosotros. Eso nos daba mucha vida, era una gran ayuda, estaba muy bien. Son nuevas fórmulas que evolucionan constantemente. Pienso en la Comunidad de San Egidio de Roma. Una gente estupenda. Estuvieron con nosotros en Nueva York y pude conocerlos bien. Y el movimiento Catholic Worker. En Estados Unidos tenemos más casas de acogida del Catholic Worker que nunca. Se trata de gente joven que en otros tiempos habrían ido a parar a los jesuitas o al convento. Esto no quiere decir que pasen. Simplemente van en otra dirección. Y eso está bien. Hay que apoyarles y animarles.
–Nos interesa también el tema del ecumenismo. Su propia experiencia de la fe y de la iglesia está completamente imbuida de ecumenismo, un ecumenismo del día a día, típico de un país con tradiciones religiosas muy diversas. Conoce bien la realidad de Europa. Aquí es distinto de países como Francia y España, donde la tradición católica todavía es dominante. Sin embargo, algunos pensamos que los creyentes del siglo xxi serán ecuménicos o no serán.
–Por experiencia pienso que el ecumenismo surge de forma genuina cuando dos partes coinciden en cuestiones vitales del momento actual, como la pobreza en el mundo, el hambre y la guerra. Tenemos que ser muy críticos en el nombre de la fe. Me da la impresión de que no puede ser algo solamente teológico o teórico. Tiene que estar en contacto con la vida, y con el trabajo a favor de la vida. Así lo siento. Por ejemplo, estaba pensando, cuando vivía Thomas Merton supimos por primera vez de este grupo protestante llamado Fellowship of Reconciliation (FOR). Así que allá fuimos los tres. Fuimos los primeros católicos en la FOR. Esto ilustra lo que acabo de comentar. El tema de la guerra y la paz es crucial y despertó nuestro interés por este grupo. Y nos apuntamos, por supuesto.
–Ahora que habla de Merton, algunos autores han insistido en el papel catalizador de un retiro que hizo usted con Philip, Merton y otros en la Abadía de Getsemaní en 1964 sobre “Las raíces espirituales de la protesta”. ¿Por qué son tan importantes las raíces espirituales para la protesta?
–Fue un momento muy importante. Todos los que estuvieron en ese retiro fueron a parar a la cárcel o murieron. Algunos las dos cosas. Tengo que contar una pequeña historia sobre Philip en ese retiro. Vino con un par de curas jóvenes, desde Nueva Orleans. Condujeron toda la noche hasta Kentucky y llegaron doce horas más tarde. Merton había recibido un aviso del abad, porque íbamos a celebrar juntos la eucaristía, católicos y protestantes. El abad le dijo a Merton que los protestantes no podían participar en la comunión. Pobre Merton. Se quedó fatal. Así que hizo lo que le habían pedido. Les dijo a los protestantes: “Lo siento muchísimo pero tengo órdenes de no darles la comunión”. Pobre hombre. Philip no había llegado todavía. Llegó en mitad de la misa, a la carrera con el coche, llevaba toda la noche conduciendo con estos otros dos curas y no llegó a oír las instrucciones, y cuando llegó la comunión se la pasó a todo el mundo. Así era Philip. Le dije: “Ojalá llegues siempre tarde a misa”. El retiro fue un momento importante, sobre la guerra y la paz. Estábamos en guerra, siempre estamos en guerra. Y fue ecuménico, maravillosamente ecuménico. Estábamos rodeados de gente estupenda. Así es como debería ser. Sobre un asunto real y con buena gente.
–Fue un retiro muy fructífero. Primero, a finales de los sesenta los Cuatro de Baltimore, luego los Nueve de Catonsville, ya en los ochenta, los Plowshares y otros. Con Catonsville, crearon escuela de algún modo.
–Los católicos entraron en ebullición. Nosotros tomamos la iniciativa. La primera vez que fui a la cárcel fue en el 67. Fui con un grupo de estudiantes desde Cornell al Pentágono. Nos detuvieron y pasé un par de semanas en prisión. No fue nada. Entretanto, Philip había derramado sangre sobre expedientes de reclutamiento el mismo año 67, en Baltimore, y estaba en la cárcel. Así que coincidimos los dos en la cárcel. Cuando salí fui a una casa del Catholic Worker a tomar una sopa (habíamos estado de ayuno). Me acordé de que mi madre no sabía lo que estaba pasando. Será mejor que la llame y le diga que Philip está en la cárcel y yo he salido, pensé. Eso hice. Hubo una pausa muy larga y le dije: “Yo estoy fuera y Philip está dentro”. Ella preguntó: “¿Qué ha hecho?”, muy tranquila. “Derramar sangre sobre unos expedientes de reclutamiento”. Hubo una pausa muy larga y me dijo: “¡Vaya! Si no te he entendido mal, o sea que tú estás fuera y Philip está dentro”. Estaba muy tranquila. “Sí”, le dije, “me has entendido perfectamente”.

El camino de la desobediencia civil
–Su obra El juicio de los Nueve de Catonsville es una representación literaria del propio juicio, del conflicto entre el juez y los desobedientes civiles, entre la ley y la conciencia. Después de leer la versión en español algunos amigos comentaron que simpatizaban con su acción pero que veían claro que tenía que haber una condena ya que si no peligraría el Estado de Derecho. ¿Qué les diría?
–No me parece problemático. Lo considero la expresión de una cuestión, un dilema, que es también un dilema para todos los ciudadanos. Se plantea que hay una ley superior que puede entrar en conflicto con la ley del país. Si esto es así debemos actuar en consecuencia. Uno debe de tener en cuenta que hay una ley superior y que hay que respetarla. Lo dejo en el aire porque no sé qué harían ellos para respetar esa ley superior si no la reconocen. Pienso que es un dilema terrible para los que no creen. ¿Qué vamos a hacer con los desobedientes civiles? ¿Los matamos? ¿Los metemos en la cárcel? Las cuestiones que plantean son muy importantes. ¿A dónde nos lleva la guerra?, dicen. No nos lleva a ningún sitio, no soluciona nada, sólo conduce a más guerra. Es un servicio al Estado, pienso, el obedecer a tu conciencia, porque uno hace preguntas de gran importancia. Si la guerra es la única forma de resolver los conflictos estamos todos condenados a matar. Y esto es horrible, matar o morir.
–Los escépticos o críticos con sus actos de desobediencia civil –Catonsville, Plowshares– dicen que sus actos son meramente “testimonialistas” y que no son efectivos (no lograron parar la guerra o la carrera de armamento). ¿Qué les diría?
–¡Que tienen toda la razón! Les diría: ‘Tenéis toda la razón. Ahora, decidme algo mejor que hacer. Ayudadme, por favor. Quiero hacer cosas más eficaces’.
–Si estuviera en su mano resolver alguna de las cuestiones pendientes, ¿por dónde empezaría?
–La vida no es un saco de cuestiones o problemas donde uno mete la mano y escoge, porque creo que todo está relacionado, interconectado. Dorothy Day solía decir: “La creación es abundante. Hay suficiente para todos, pero no hay suficiente cuando se está en guerra”. Hay bastante para todos. Dios tiene amor y abundancia para todos, para todos los nacidos, pero no para todos en una guerra. Pienso que esto es muy cierto, y que el hambre va unida a la guerra. Todas estas cuestiones están unidas.
–El conflicto de los Balcanes en los 90 produjo fisuras importantes en el movimiento pacifista. Surgió el concepto de ‘intervención armada humanitaria’ que se ha utilizado también luego en África, Irak, Afganistán. En algunos casos, se ha presentado a los ejércitos como ong: encargados de defender los derechos humanos cuando se violan. Los derechos humanos se han convertido en el nuevo discurso para justificar la intervención armada.
–Es muy duro, ¿no? Estoy seguro, de que en todos los países hay gente que va a zonas en conflicto con la idea de resolver los problemas de forma pacífica. Es muy importante, un trabajo muy bueno. En Estados Unidos tenemos el movimiento Witness for Peace, lo mismo que en Canadá. Tenemos grupos en Nueva York, como la asociación antinuclear The Prince of Peace. A muchos de nuestros miembros se les requiere en zonas problemáticas de todo el mundo. Van a Gaza, a México, a sitios horribles, a Sudán, y se arriesgan a ser secuestrados y asesinados, a no volver a casa. Creo en ello con todo mi corazón. Pero no creo que se pueda acudir allí armado si queremos hacer algo diferente. Pienso que la cuestión son las armas, lo que abre un debate sobre lo que implica estar armado; sobre las ventajas de no amenazar a la gente sino escucharla, entenderla, arriesgarse con ella.
–Se trata de trabajar a favor de la paz, ¿pero qué es la paz? ¿Cómo se la reconoce?
–Bien, llamémosla una atmósfera del yo y un logro; es compleja y es muy simple, y quiere decir que hay suficiente para todos pero no cuando se está en guerra.
–Une la idea de la paz social con la paz interior. ¿Están interconectadas?
–Por supuesto. Nunca hemos podido, ni hemos querido, trabajar por la paz exterior sin tener en cuenta a la comunidad. El aspecto comunitario es crucial.
–¿Cómo se conserva la paz interior en medio de la lucha antisistema? ¿Son compatibles?
–No puedo pensar en la paz interior separada de la construcción de la paz. Resulta significativo lo que dice el Sermón de la Montaña: “Bienaventurados los que construyen la paz”. Me llamó la atención que en el original, en griego, no dice “Bienaventurados los pacifistas”, ni “los pacíficos”, dice “Bienaventurados los que construyen la paz”. Es un término muy físico: construir la paz es como fabricar una mesa, construir un colegio, preparar una comida. Es algo muy físico, que implica todo tipo de habilidades y la determinación de llegar hasta el final.
–Merton insistía en que la violencia tiene sus raíces en la mentira y el miedo. Tanto en Estados Unidos como en Europa, el 11-​S y lo que vino después han hecho crecer el miedo y el odio. Suponemos que esto hace las cosas más difíciles para el movimiento pacifista y su discurso.
–Me acuerdo de ese día de forma muy viva. Estaba en Manhattan, trabajando en mi despacho y sonó el teléfono, hacia las 11 de la mañana. Era un amigo de Carolina del Norte y gritaba por teléfono: “¿Qué está pasando allí? ¿Qué está pasando?” “¿De qué estás hablando?”, le dije. “Un avión acaba de echar abajo las dos torres”. Tragué saliva: “Así que al final nos ha tocado en casa”. Simplemente eso. Fue puramente instintivo. Algo así como que uno recoge lo que ha sembrado. Y lo que habíamos estado sembrando a nuestro alrededor durante años es horrible.
–Lo que vino a continuación fue la Guerra contra el Terror, un tiempo de mentiras y miedo.
–Pues ahora tenemos dos guerras en lugar de una. Pobre Afganistán, y pobre Irán y pobre Irak, y pobres todos, pobres americanos. No se ve el final. La atracción de las guerras sin sentido es muy profunda. Pienso que Obama ha caído en ella también. Dice cosas absurdas, como que vamos a ganar.
–Usted es un ciudadano políticamente comprometido y un escritor muy activo, un poeta. ¿Qué relación hay entre su compromiso político y su papel como artista?
–Cuando estábamos en la cárcel solíamos decir algo así como “celebremos el hecho de estar aquí”. Entre el grupo de gente que estaba en contra de la guerra, unos diez, la mayoría jóvenes, formamos una banda de poesía. Todos los domingos por la mañana, nos citábamos en el patio de la cárcel y recitábamos un poema, bien escrito por nosotros esa semana, o bien algo que habíamos leído o memorizado o algún poema que nos gustara. Lo mantuvimos durante mucho tiempo, unos dos años. Recitábamos un poema los domingos. Fue importante y bonito, y una forma, pienso, de decirles a las autoridades: “No son nuestros amos; no nos tragamos su versión de por qué estamos aquí; no estamos aquí en contra de nuestra voluntad, estamos aquí porque queremos; es parte del juego”.
–Nos interesan las representaciones del trauma en la ficción. Hay una escuela que defiende que la literatura puede ayudar a superar el trauma. ¿Está de acuerdo?
–Dejadme que cuente una historia. Un joven canadiense trabajaba en tareas de mantenimiento de la paz. Lo secuestraron en algún lugar de Oriente Medio. No sabía si lo iban a matar, a abandonar, a dejar morir de hambre, o lo que sea. Me dijo que había memorizado unas líneas de algo que escribí sobre Jonás en el vientre de la ballena. Se lo aprendió de memoria y lo recitaba día tras día. Estaba en una situación igual de desesperada, igualmente inmovilizado. Nunca se me había ocurrido pensar en esas líneas en semejantes circunstancias, pero él las puso en su sitio, descubrió su significado profundo y me hizo ver a quién pertenecían y a dónde. Le pertenecían a él. Eran suyas. Me conmovió porque nunca había entendido esas líneas de esa manera, dentro del drama en el que se encontraba. Él volvió a casa pero a otro lo mataron y a dos de ellos los rescataron. Es como un pájaro sobre el agua, uno no sabe hacia dónde va a ir con la marea. Me conmovió que recitara aquellas líneas en esas circunstancias.

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