En la literatura

David Viñas Piquer
La gloria literaria es una equivocación, dijo Borges alguna vez. Es una forma de la incomodidad, dijo también. Dichas por alguien que manifestó en más de una ocasión el deseo –compartido con su padre– de ser invisible, estas palabras resultan absolutamente coherentes, pero la cuestión es: ¿quién no ha oído hablar de Jorge Luis Borges? Porque la fama –divinidad de la que ya Virgilio destacaba su rapidísimo vuelo– no la escoge nadie; es ella quien escoge.
Hay grados en esto de la fama literaria: hay escritores famosos y hay escritores famosísimos. A los primeros suele conocerlos mucha gente, además de los especialistas en temas literarios; a los segundos los conoce todo el mundo, incluso quien no lee nunca nada. Estos últimos suelen ser autores superventas, escritores que han logrado algún best-​seller más o menos feliz. Las estrategias comerciales suelen ser determinantes y pueden activarse tanto desde el principio, con best-​sellers claramente premeditados, como a posteriori, para promocionar obras que reciben una acogida favorable totalmente imprevista. Pero ni en un caso ni en el otro lo comercial resulta un factor necesariamente incompatible con la calidad literaria, cosa que a muchos les cuesta aceptar. De hecho, la presencia del best-​seller en el campo literario suele indignar a la mayoría de los apocalípticos y provoca una lógica reacción defensiva por parte de quienes se sienten atacados.
Conviene recordar que el campo literario es, fundamentalmente, un espacio conformado por posicionamientos artísticos. Pierre Bourdieu lo señaló en numerosas ocasiones, y fue él también quien mostró cómo normalmente los distintos gustos que coexisten en una sociedad se autojustifican en forma negativa, rechazando los otros gustos. No es extraño entonces que con mucha frecuencia las justificaciones estéticas en el interior del campo literario se expresen en clave dialéctica, con argumentos y contraargumentos que muestran los distintos posicionamientos en juego.
Así se hace evidente que el campo literario es un campo de luchas, donde nadie quiere mantenerse en una periferia marginal porque quien más quien menos aspira a tener el control, a ocupar el centro y conseguir así que sea su visión de la literatura la que domine. Esta dinámica queda ilustrada con las reacciones que suele provocar el best-​seller en muchos críticos, pues una y otra vez asoman maniobras de resistencia a la concepción literaria –pseudoliteraria, se dice entonces– que representa este fenómeno, pero es obvio que el mercado no está de parte de estos apocalípticos, sino de parte de los superventas –que por eso lo son– y esto genera a veces una crispación y una rabia fuera de lo común, que lleva a cuestionar continuamente la credibilidad de la lista de los libros más vendidos y, sobre todo, la calidad de esos libros.
Los enfrentamientos en este sentido tienen que ver con el gran alcance inherente al best-​seller, factor que incide negativamente en la valoración de la calidad de las lecturas pues, como han constatado muchos estudios sociológicos, cuanto más se difunde una práctica artística más disminuye su valor simbólico. De ahí que lo genuino, lo auténtico, suela quedar asociado a una cantidad más bien reducida de obras. Se evita así el riesgo de la devaluación. Frente a esto poco puede hacer la literatura que logra un consumo masivo, por mucho que quiera ser considerada de calidad. Los autores de best-​sellers –algunos nombres, entre los que no faltan auténticas marcas registradas, asoman de inmediato: Stephen King, Ken Follett, John Grisham, Tom Clancy, Michael Crichton, Noah Gordon, J. K. Rowling, Stieg Larsson, Carlos Ruiz Zafón– consiguen grandes cifras de ventas y dominan el mercado, pero saben bien que eso los sitúa en una posición incómoda en el interior del campo literario, a merced de muchos francotiradores.
Desde el punto de vista de los criterios de valoración que dominan en el interior del campo, las jerarquías suelen ir en dirección contraria al éxito comercial. O sea, que quien vende mucho gana sin duda mucho dinero, pero se arriesga a perder prestigio. Porque una cosa es el capital económico y otra, a veces bien distinta, el capital simbólico. Sólo en el segundo caso entra en juego el prestigio literario, el gran beneficio del que disfrutan los escritores consagrados, siempre asociados a la literatura de gama alta. La de los best-​sellers se asocia a la otra, a la literatura no literaria, a la literatura kleenex (de usar y tirar), a la de género veraniego.
Son obras que han quedado desvalorizadas por una excesiva divulgación y por tanto son sospechosas de basarse en una seducción fácil para satisfacer el gusto de la inmensa mayoría de lectores potenciales en una sociedad de masas. De ahí a considerarlas obras-​basura hay sólo un paso. Y por cuestiones higiénicas está claro lo que hay que hacer: impedir que entren en el campo literario o expulsarlas de allí si han logrado entrar ya. No vaya a ser que se confundan con la literatura auténtica y al final nadie distinga en medio de la mezcla las voces de los ecos. Pero mientras se libra la lucha en el campo literario para decidir quiénes se quedan con la buena fama y quiénes con la mala, una cosa está muy clara: hay unos que son famosos y otros famosísimos. Y a lo mejor es eso lo que de verdad molesta.

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad