Un concepto amoral

Norbert Bilbeny
¿Qué virtud es esa de ser famoso o famosa? ¿Qué hay de bueno en la fama? A mi juicio, nada de bueno ni de malo. Una virtud de la nada. Vanidad de vanidades y todo vanidad. Por lo menos, antes, la fama, en el Renacimiento europeo, cuando como fama empezó a ser famosa, tenía un sentido: era mucho “por algo” y poco “para algo”. Se la buscaba, pero no se le sacaba rédito. En cambio, hoy, con tanta fama, tantos famosos y famosas, y en que la fama casi no tiene fama, por hartazgo, hoy, digo, la fama es poco “por algo” y mucho “para algo”.
A la fama se le saca mucho rédito, pero casi todos y todas son famosos de la nada, famosos por nada. La fama por la fama, y para lo que no es fama, sino cuota de pantalla, dinero, poder. Valor de cambio, en fin, por ser famoso o famosa. Y estas dos cosas –nada y todo, humo y contante – , eso es lo que tiene hoy de nuevo la fama. Como concepto o presumible valor, la fama es pues tan vacía, responde a tan poco, que es un valor sin valor ni bueno ni malo, es un resto de valor. La fama fue, sin embargo, hace muchos siglos, en la horda, en el poblado humano, aquel reconocimiento que el grupo rendía al macho dominante por su trofeo sexual, de guerra o de caza. Con el tiempo, el famoso acabó gustando más de las mieles de la fama, gracias a la alabanza de los demás, que de la pieza misma que le hacía famoso.
La fama, como la honra o la respetabilidad, forma parte de una de las estrategias de acción social, en este caso de aquellas del individuo respecto del resto del grupo. En ellas se dan dos posibilidades básicas y opuestas entre sí. Una es el “ajuste” al grupo, la rectitud. Cuando el individuo se adapta al grupo y hace lo que esperan de él, el grupo lo compensa llamándole individuo “recto”, “íntegro”, persona “correcta”. El individuo debe ceder algo para que el grupo, en cambio, se quede como está. Ni pierde ni saca nada con que nos portemos bien; pero se queda igual como grupo, sin defecciones, que es lo que le importa más. La rectitud es por lo tanto una estrategia de aprendizaje social para la óptima combinación con el grupo y su continuidad.
La otra alternativa es el “desajuste” con el grupo, la estrategia del honor. Es una estrategia, en los tiempos actuales, de lo más estúpida e inútil, porque buscando alguien ser honorable, respetable o famoso, el grupo se queda igual, sin que le vaya nada si el famoso no quiere ser famoso, o sin que hubiera famoso alguno. Es una estrategia de lo más tonta, como toda aquella, en fin, de distinción social, no de aprendizaje, en que se busca mantener una diferencia de rango o de cualidad moral. ¿Qué le importa al grupo que a uno o una le obsesione tanto su afán de distinguirse? La fama vive, sin embargo, de la opinión ajena, de que al grupo ciertamente le importe la tontería de alguno de los suyos. Y en esas estamos.
Para resumir, la fama, desde el Renacimiento, es el residuo del sentimiento de gloria ante la tribu por haberse cobrado una pieza importante y escasa. ¿Qué queda hoy de eso? La fama, por nada, en general; y, siempre, por todo: por la pasta, la poltrona, el ego patológico. Gracias, claro está, a los tontos que aún creen en ella y admiran a los famosos.

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