Qué es ser famoso

Margarita Rivière
Mientras mucha gente se asombra hoy ante la aparente avalancha de famosos de todo tipo, algunos, como los amigos de El Ciervo, se plantean la gran pregunta: ¿qué es ser famoso? El prototipo español de famoso es Belén Esteban, que debe su renombre a su relación con un torero; es una mujer que ha construido un personaje, del que saca pingues beneficios, con paciencia y tesón hasta convertirse en un monumento al espectáculo (freak, por cierto).
Este tipo de fama podría ser un chiste que empezara y acabara en Jesulín de Ubrique y su enorme parentela, pero también son famosos los políticos; los medios los siguen a todas partes: ellos llegan a la celebridad gracias a campañas electorales que son verdaderas competiciones por la popularidad. Como dice el diccionario de la RAE, estar en boca de todos, ser perseguido por las cámaras, eso es ser famoso en España. Todos tenemos opinión sobre quién es famoso: lo es aquel al que es imposible ignorar.
Así que junto a Julián Muñoz, Isabel Pantoja, Belén Esteban o Isabel Preysler, verdaderos reyes del famoseo rosa, hay que apuntar a José Luis Rodríguez Zapatero, Mariano Rajoy, Esperanza Aguirre, Baltasar Garzón e incluso al poco predispuesto a la exhibición José Montilla. Claro está que Barack Obama y su mujer, Michelle, equivalen en el territorio de la celebridad a Paris Hilton, Carla Bruni o Paulina Rubio. Nuestra sociedad mediática iguala, sin muchos matices, todos sus productos y territorios.
Es evidente que el famoseo hispano comenzó siendo algo propio del patio de vecinos que la televisión transformó en espectáculo/​mantra colectivo. Y ello sucedió de forma que la fama política o cultural –rostros conocidos por lo que dicen y lo que venden– entró también en este singular zoológico/​supermercado de celebridades-​producto listas para ser consumidas. En cualquier caso, todos los famosos –aún habiendo “castas” entre ellos– se parecen y ya sean famosos locales, mediopensionistas o globales, la dinámica social de la fama funciona de la misma forma: los medios de comunicación son hoy la fábrica consagrada de unos famosos que, al parecer, sintetizan el espíritu de la sociedad y una época obsesionada por la actualidad y la moda, que son compañeros inseparables de la fama.
¿Qué hay bajo esta popularidad que internet, por ejemplo, mide en entradas de Google? Hagan la prueba ustedes mismos y verán las interesantes conclusiones que sacan sobre los personajes relevantes de nuestra época. ¿Qué es un famoso? No hay mejor definición que la que hizo en su momento el gran sociólogo estadounidense Wrigth C. Mills: “Lo que define a las celebridades es que son nombres que no necesitan identificarse”, porque ya cuentan, previamente, con el (re)conocimiento del público en general. En su muy famoso libro La élite del poder, escrito nada menos que en 1956, Mills observa una tendencia social a la “singularización” y describe como la relación de la fama con los medios de comunicación produce una nueva forma de élite que llama “aristocracia del éxito social”. Esta expresión se corresponde con una élite, o puñado de privilegiados por ser conocidos por todos, que surge, junto con el inicio de los medios de comunicación masivos, en especial el cine y la prensa, en los años 20 del siglo XX en Estados Unidos.

La élite del poder
En los años 50 Mills explica que “en Estados Unidos, todo aquel que triunfa –cualesquiera que sean su origen social y su esfera de acción– es muy probable que ingrese en el mundo de la fama”. Esta afirmación me recuerda aquella famosa sentencia del gran dibujante Jaume Perich: “Si vestimos una mona de seda es muy probable que entre en el Liceo en una noche de gala”. Lo que importa, igual que el vestido, es lo que la fama otorga socialmente a quien la alcanza más que el cómo y el porqué se consigue y el quién lo hace. La fama, hoy por hoy, otorga visibilidad social, es decir, visibilidad mediática.
Las listas de ricos de la revista Forbes plasman este tipo de valoración social que, ahora mismo, especialmente a la luz de la crisis económica y su incertidumbre, muestra esplendorosamente como el dinero es uno de los baremos clásicos para medir el triunfo social. La fama, pues, marca jerarquías sociales y hasta clases.
El “éxito” es el ropaje característico de esta nueva aristocracia que configura el último –recién llegado– eslabón de una cadena histórica de poder y de riqueza. En la época en que Mills escribió su ensayo –que es el que mejor describe el fenómeno de la fama tal como hoy la entendemos– esta aristocracia del éxito incluía a los grandes ricos, los grandes políticos y gentes de la buena sociedad, pero ya se comenzaba a palpar un nuevo baremo para medir la “famosidad”: la visualización y aparición constante en los medios de comunicación, lo cual incluye a una nueva casta compuesta por artistas de cine, periodistas y comunicadores varios.
Todos ellos eran adoradores del dinero a través de diversos sistemas: “En el mundo de la fama –escribe Mills– la jerarquía de la publicidad ha reemplazado a la jerarquía del abolengo y aún de la riqueza”. Pronto se podría añadir que la nueva jerarquía de celebridad la otorgaría la presencia mediática. “Necesitados de publicidad –añade el sociólogo– se aproximan a los cronistas y periodistas, convertidos en contertulios profesionales que han moldeado el mundo de la fama como los demás lo conocen. La celebridad profesional, hombre o mujer, es el resultado que corona el ‘sistema de estrellato’ de una sociedad que ha hecho de la competencia un fetiche”.
El modelo ya estaba, pues, claro: para alcanzar la fama y el “éxito social”, no se necesita hacer cosas de importancia o tener algún mérito, sino que bastan, en opinión de Mills, ciertas excentricidades: “Un charlatán de radio –describe– se convierte en compañero de cacería de grandes directivos industriales… No parece importar en qué actividad se distinga un individuo: se le celebra el hecho de haber triunfado en la competencia con todos los demás”. Y Dios los cría y ellos se juntan: “Son gentes que se ayudan en sus pretensiones de adquirir renombre”, y ello sucede porque “ese mundo (de la fama) es al mismo tiempo el pináculo de un sistema de prestigio y un negocio a gran escala”.
He aquí dos precisos elementos definitorios de la fama ahora mismo: “prestigio” y “negocio”, ambos son producidos por la celebridad, por la exhibición y la presencia continuada en el escaparate mediático. Mills ya había observado en los años cincuenta que “también las figuras públicas más serias tienen que competir ahora por atraer la atención y el aplauso (…) y todo lo que hacen tiene valor como publicidad”, o como propaganda, podríamos añadir. Todo ello considerando que “la función más importante del prestigio es reforzar el poder convirtiéndolo en autoridad y protegiéndolo contra todo reto social”.
La celebridad, por tanto, hace ya más de medio siglo –y por ello he querido dar a Mills su importante valor al describir la idea contemporánea de la fama– no sólo es concebida como una profesión bien remunerada sino que introduce al famoso en un gotha exclusivo y admirado que administran los medios de comunicación. Desde tal plataforma, por medio de los famosos, se promueven modelos de conducta, se introducen ideas y modos de vida. Casi nada.

Dos nuevas clases sociales
De la observación de la evolución de la fama –que algunos entienden, equivocadamente, como sinónimo de excelencia social– se desprende, sobre todo, el papel de árbitros sociales de todos los medios de comunicación –desde el cine a la prensa más seria– cuyos contenidos –desde los personajes de ficción a los protagonistas de la actualidad– fijan en las conciencias sistemas de ideas y explicaciones de la realidad real.
Los medios, por medio del culto a la fama, han creado dos nuevas “clases” sociales: los privilegiados que aparecen en la plataforma mediática y todos los demás, los mirones, presuntamente deseosos de ser visualizados en la escena mediática. La fama se transforma, así, en un premio, mientras el anonimato se llega a vivir, en nuestra sociedad mediática como un castigo. Son interesantes aspectos morales del fenómeno que, al menos, quedan apuntados.
Hay otras muchas consideraciones que no caben en este artículo. Está lo que Weber llamó carisma que otorga un plus a ciertos individuos y que Salvador Giner ha mostrado en su Manufactura del carisma como es algo que puede ser construido por los individuos. Y está el camino, ya antiguo, del mérito –y sus duros esfuerzos– para alcanzar la celebridad. La fama, desde luego, puede incluir al carisma y al mérito, pero hoy la otorgan los medios de comunicación. Y nunca es gratis.

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