Un viaje al continente que camina y sueña

Lluís Foix
El hambre es el arma de destrucción masiva más poderosa que recorre los países más pobres de la tierra. Así lo proclamó el presidente de Brasil, Lula da Silva, en la conferencia de la FAO celebrada en Roma en noviembre. El secretario general de la ONU, Ban Ki-​moon, inauguró el encuentro afirmando que “hoy morirán 17.000 niños en el mundo”, uno cada seis segundos. El director general de la organización, el senegalés Jacques Diouf, cuantificó en sólo 44.000 millones de dólares al año la cantidad para evitar la hambruna que amenaza a más de una cuarta parte de la humanidad.
Una pequeña porción de los recursos empleados en armas o en rescatar a instituciones financieras en bancarrota sería suficiente para mitigar o incluso eliminar la hambruna en el mundo. Mientras debatimos de la pandemia de la gripe A que afecta a personas de los países ricos con todo tipo de detalles sobre los peligros que comporta y de los políticos y académicos que muestran su preocupación, nos resbala lo que está poniendo fin a la vida de miles de niños y adultos que mueren famélicos. No les faltan vacunas sino que no tienen alimentos, no acceden a la educación básica y no pueden disfrutar de un sistema sanitario imprescindible.
La situación es particularmente lacerante en el continente africano que a pesar del sida, de la alta mortalidad infantil y de la pobreza va a aumentar su población en un cuarenta por ciento de aquí a un cuarto de siglo.
He transitado por caminos y carreteras de Kenia a lo largo de tres semanas el pasado verano. He visto como el amanecer saluda a millones de africanos andando. La puesta de sol vuelve a acompañarles hacia sus casas diseminadas en tierras prestadas o bien ocupadas en espera de que un propietario lejano les desaloje y se construyan otra choza de troncos, barro y hojas de palmeras como tejado en otra parte. El africano es un personaje que camina. Puede morir de malaria, de sida, de hambre o de tifus. Pero las enfermedades cardiacas no le afectan. El africano camina y camina como el más primitivo medio de movilidad personal. Goza de una extraordinaria salud arterial.
En la carretera que recorre la costa paralela al Océano Índico circulan muchos camiones viejos, matatus abarrotados de kenianos que pueden permitirse pagar dos céntimos de euro para viajar unos kilómetros. El matatu es una furgoneta estándar que transporta a las gentes por todo el país. No tiene paradas fijas ni un número concreto de viajeros. Marchan por esas carreteras precarias de los tiempos coloniales poniendo en riesgo la vida de sus ocupantes y la del resto de usuarios de las vías. Inmensas e inacabables filas de hombres, mujeres y niños andando para ir al trabajo, a la escuela o al hospital más cercano. O andando hacia ninguna parte.
Pregunté a varios andariegos matutinos por qué andan tanto recorriendo tantos kilómetros en senderos que se pierden en la frondosidad de los matorrales. Lo hacen porque no tienen otra opción y no disponen de dinero para trasladarse. El calzado es precario y con frecuencia marchan descalzos. Ropa ligera y con la cabeza descubierta a pesar del sol tropical que tuesta los sesos.
Las mujeres suelen llevar grandes fardos sobre sus cabezas que contienen alimentos, comida o piñas de maíz. Se ven muchas jóvenes con un niño envuelto en un gran pañuelo que cuelga a la espalda. Son muchos los que caminan cuatro horas diarias para ir y volver del trabajo cuya remuneración media equivale a dos o tres euros diarios.
El africano anda y piensa. También sueña en el día en que podrá salir del circuito de la miseria y tener una bicicleta o un coche, en que tendrá agua corriente y electricidad en su casa y en que la poca tierra de sus antepasados le sea devuelta con los papeles notariales correspondientes.
El africano está pegado a la tierra, una tierra que fue de sus antepasados y que ahora es propiedad de terratenientes europeos o de las elites gubernamentales que han sustituido a los colonizadores. Mientras en Europa nos hemos instalado en una crisis que pone en riesgo el Estado del bienestar, los africanos la llevan puesta desde hace generaciones.
Paseando por el interior de Kenya se observan mujeres cavando con azadas rudimentarias, siempre agachadas, mientras varios de sus hijos juegan vigilan un par de cabras bajo la sombra de las ufanas acacias o los larguiruchos eucaliptos.
Visité varias viviendas de kenianos. Uno de ellos, Charles Riko, tiene 35 años y trabaja en una agencia de seguridad de la zona. Cuatro hijas, estudios secundarios y pasa las noches con una porra de madera en forma de fusil paseando en la oscuridad de los caminos. Le pregunto qué es ser pobre. Y me contesta sin pensarlo que es no tener alimentos, no disponer de un cobijo seguro y que su familia no pueda ser atendida en un hospital.
Andamos tres cuartos de hora hasta llegar a un poblado en el que se encuentran un millar de chozas diseminadas por una tierra que es del gobierno pero que puede ser vendida en cualquier momento. En su choza no hay electricidad ni agua. En un rincón del cobertizo están las cenizas de un fuego mortecino con una olla encima de unos troncos. No veo alimentos. No los hay. Sólo una bolsa de alubias y otra de arroz encima de una mesa vieja. La carne es un lujo y el pescado es más frecuente si se tiene tiempo para salir a pescar al borde de los arrecifes de coral. La mayoría vive de una agricultura pedestre, sin tractores, sin azadas mecánicas y sin fertilizantes.
En el horizonte del Océano Índico se vislumbran petroleros que transportan carburantes y que están sorteando los peligros de la piratería que actúa impunemente a unos centenares de millas al norte, en las costas de Somalia. En el contexto de tanta precariedad encontré un gran sentido de generosidad, de compartir lo poco que se tiene, de recibir en su casa a parientes lejanos que pueden pasar varios días con ellos.
Una de las sorpresas que deparan estas gentes es su esperanza de salir del hoyo de pobreza en el que malviven. Ven la televisión en la tienda del poblado y observan con envidia lo que aparece en la pantalla. Se entregan también a las pasiones del fútbol y siguen con entusiasmo los equipos ingleses, españoles y alemanes en sus respectivas competiciones ligueras.
Te cuentan historias y leyendas de un país que fue dominado y explotado por los colonizadores y ahora son víctimas de la autoridad desmesurada de los nuevos dirigentes nacionales que se han repartido el poder, las tierras y el dinero.
Antes de lanzar un grito de angustia para que el mundo rico dedique más recursos materiales y humanos a combatir la pobreza y la miseria hay que señalar también que las autocracias y tiranías del Tercer Mundo son hoy los responsables más directos de que su gente muera de hambre y no pueda salir del pozo de la ignorancia.
¿Qué hacía un dictador impresentable como Robert Mugabe en la conferencia de la FAO en Roma encabezando una delegación de 60 personas mientras en Zimbabwe se haya perdido la esperanza de una vida digna? ¿O cómo se puede aceptar que el dirigente libio, Muamar al-​Gaddafi, terrorista confeso y después perdonado por Occidente porque dispone de tantos recursos de gas, organice una fiesta con doscientas azafatas europeas contratadas por una agencia? Los requisitos para la fiesta eran tener una edad entre 18 y 35 años, ser guapas y vestir a la moda, eso sí, sin escotes ni faldas cortas. Cada una de ellas fue obsequiada por un ejemplar del Corán y 50 euros.
El presidente Obama, sensible a esta situación porque su padre era keniano y su madrina abuela todavía vive a las orillas del lago Victoria, lo dijo en un discurso pronunciado en Ghana a comienzos de este año, su primer pronunciamiento en el continente africano. Dijo muchas cosas Obama para reducir la pobreza en el continente negro, pero nada será eficaz si las autoridades locales no permiten que la ayuda internacional llegue a sus destinatarios sin que se pierdan por el camino buena parte de los alimentos y los dólares que llegan del mundo desarrollado.
Pero Europa no puede desentenderse de estos graves problemas que afectan a sus ex colonias con el pretexto de que sus actuales dirigentes sean corruptos o autoritarios. Europa ha sido el centro del mundo durante siglos, por sus ideas, su industrialización, sus talentos, su fuerza y su dominio.
Inglaterra, Francia, Alemania, Portugal, Bélgica, Italia y también España colonizaron África como el que compra una finca y saca tantos beneficios como puede. El rey Leopoldo de los belgas convirtió al Congo en una finca particular. La historia cuenta que en los primeros años de colonización en el Congo murieron varios millones de congoleños explotados por los belgas. Portugal proclamaba hasta 1974 que no era un país pequeño exhibiendo las posesiones en Mozambique y Angola. Francia ocupaba buena parte de África occidental mientras que Inglaterra dominaba el sur y el este del continente. Hace poco más de un siglo quien tenía más colonias era más fuerte en Europa.
De esas colonias se extraían recursos, se explotaba a sus gentes incluso cuando la esclavitud había sido abolida, se pretendía exportar los valores y la forma de vida europea, sin tener el detalle de facilitarles la libertad a sus habitantes.
Los nuevos estados independientes tienen una fuerza demográfica creciente, poseen grandes recursos naturales, pero no tienen ni conocimiento, ni infraestructuras, ni sanidad, ni educación. Durante más de dos siglos se iba a dominarlos, a hacerles partícipes de los valores occidentales y a enseñarles las creencias europeas. Había y hay, es cierto, miles de personas y cientos de organizaciones cristianas que siempre han ayudado a todos cuantos han podido para que alcanzaran una vida más digna y más humana. Lo hicieron y lo siguen haciendo por altruismo y por coherencia.
Pero ni los gobiernos europeos ni los nuevos dirigentes de los estados independientes se han preocupado de una humanización generosa y eficaz de tantos millones de personas. Causa angustia, por no decir hastío, ver cómo los mejores y más valientes de muchos de esos países se atreven a arriesgar sus vidas para llegar a Europa o a Estados Unidos para entrar simplemente en el circuito del bienestar material y, desde el mundo desarrollado, enviar a sus familias unos centenares de euros o dólares para ayudarles a salir del pozo de la miseria.
A su llegada, se les deporta o bien se les ingresa en campos de inmigrantes en espera de clarificar su situación legal y enviarlos a su país de procedencia si se consigue averiguarla ya que muchos llegan expresamente sin documentación. A los que no tienen papeles se les interroga por la calle y más de un político tiene la desfachatez de decir que la población penitenciaria está formada mayoritariamente de presos extranjeros.
Es evidente que no se pueden abrir las puertas para que llegue el que quiera. Pero sí que se puede tomar más en serio y con más inteligencia la ayuda al Tercer Mundo. África pide alimentos que lleguen a su destino final aunque, una vez más, lo que puede expulsar el hambre y la miseria de aquellos pueblos es llevarles educación de calidad para que ellos mismos se puedan administrar y vivir una existencia más humana y más digna.
Se convirtió a África en una aventura de exploradores, empresarios, misioneros y gobiernos europeos que se permitieron en la Conferencia de Berlín de 1884 bajo la batuta del canciller Bismarck y trazar fronteras tan artificiales como interesadas, y ahora simplemente les echamos porque no nos interesan o porque son un lastre que puede romper el equilibrio social de nuestras sociedades ricas materialmente pero decadentes moralmente.

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