Edith Stein y el «homo empaticus»

Carlos Eymar
Confieso que, con El sueño europeo, Rifkin se ganó mis simpatías y que incluso llegué a albergar ciertas esperanzas sobre el hidrógeno como fuente gratuita e inagotable de energía, que él propugnaba. Este economista americano, asesor de Sarkozy, Merkel y Zapatero, tiene, sin duda, una especial habilidad para encontrar atractivas fórmulas de marketing político. La última ha sido la de la civilización empática y reconozco que con ella ya he empezado a aproximarme a quienes ven a Rifkin, con su bigote, su calva y sus trajes, como a uno de esos vendedores de linimentos de las caravanas del Far West.
Es difícil no estar de acuerdo en el hecho de la escasez de la energía y en la necesidad de buscar nuevas fuentes, en la amenaza del cambio climático y, por supuesto, en la expansión de internet. Esos son los datos, pero ¿puede extraerse de ellos la conclusión de la inminencia de una tercera revolución industrial de la empatía? Las energías renovables e internet, ¿cambiarán la ética mundial en un sentido cooperativo y cosmopolita? ¿Vamos, en virtud de la empatía, hacia un nuevo capitalismo distributivo o hacia un socialismo colaborativo?
Para responder afirmativamente a esas cuestiones se aduce que los neurólogos han descubierto unas neuronas de la empatía llamadas neuronas espejo. También se recuerda que algunos soldados ingleses y alemanes, durante la Primera Guerra Mundial, celebraron juntos la Navidad en las trincheras de Flandes. Definitivamente somos empáticos y, si por casualidad no lo somos, el cableado global nos llevará en volandas hacia la empatía.
El inteligente uso que de internet hizo Obama en su campaña y el hecho de que, al parecer, ha declarado que su filosofía social se basa en la empatía, sirven para eliminar la última resistencia de los críticos.

Puro cálculo egoísta
Todo ese conglomerado de datos y argumentos que ofrece Rifkin suenan a extraña mezcla de materialismo histórico con el más puro liberalismo. Se piensa que los modos de producción, cuando no la biología, llevan inevitablemente a un comportamiento moral más elevado. Se dice que los mercados fomentan el antagonismo y la competencia, mientras las redes son interdependientes y cooperativas. Pero al mismo tiempo se subraya la necesidad de cooperar, de meterse en la red, por puro cálculo egoísta: quien no lo haga quedará aislado y arrojado a las tinieblas exteriores.
Casi es una necesidad de higiene mental contrastar las opiniones de Rifkin con el libro clásico de Edith Stein, El problema de la empatía, publicado en 1917. Con él entramos en una atmósfera muy diferente: en la gran universidad alemana de la vieja Europa, donde están presentes muchos de los grandes maestros como Husserl, Scheler, Dilthey o Lipps. Ahí, sin perjuicio de consideraciones psicológicas sobre los modos de acceder al interior del hombre físico, encontramos una apertura al espíritu, a la realidad personal. Vivenciarse a sí mismo y a los demás como persona es meterse en un entramado de valores y de estructuras de sentido.
Para ello, para aprehender la conciencia o la personalidad de otros, hay muchas vías de acceso, muchos procedimientos como la analogía con nuestra propia percepción, la elaboración de una tipología de personas, los lenguajes expresivos. Pero sobre todo están el semblante y las acciones conforme a unos valores. Acceder a los más profundos estratos de otra persona, empatizar con ella supone, en definitiva, la percepción de un valor que se comparte o que se descubre. ¿Sucede esto con internet?
Rifkin confunde el medio con el mensaje y hace de la red un valor en sí mismo. ¿Puedo realmente empatizar con alguien a quien no veo el rostro? ¿Hasta qué nivel de profundidad?
Internet puede ser el comienzo de idilios e incluso de matrimonios, pero entonces ha de concluir en el momento de la verdad, es decir, en el encuentro real. De otra forma puede ser el perfecto escondite, el lugar de la simulación de rostros y de valores. Internet es el ámbito perfecto para construir imágenes y personajes que dan lugar a falsas empatías; empatías con rostros virtuales y con eslóganes, no con personas.

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