Espontáneo

Josep M. Rovira Belloso
Cuando he leído las preguntas de El Ciervo me ha asaltado un leve desconcierto: dar el pésame era una zona que creía situada en la espontaneidad, en el juego de los sentimientos y de la sensibilidad, en el ámbito de la “inteligencia sentiente” (Zubiri). Y ahora resulta que me he de analizar sobre el modo como yo doy el pésame.
Pero me ha parecido entrever nuevamente la imagen de Lorenzo Gomis, sonriente como si nos dijera; “Sí, ya sé que las preguntas suenan a examen ignaciano, pero al menos de cuando en cuando la introspección es buena”.
Continuaré, pues, mi respuesta de una forma más ordenada. Cuando he de dar el pésame a unos familiares o amigos –también cuando, muy raramente, lo he de dar por teléfono o por carta– dejo que me afecte la pérdida anunciada. Me dejo implicar porque la muerte de un amigo o familiar no solo te conmueve sino que te resitúa, te hace ver al difunto en su perspectiva acertada y te predispone a entrar en sintonía con los familiares o amigos. Me suelo fijar en un rasgo peculiar del que nos ha dejado: quizá es un recuerdo anecdótico elevado a categoría, que me da la dimensión del fallecido. Por otra parte, sé que mis palabras han de acompañar y consolar. Entonces dejo que mi expresión –palabras y gestos– fluyan espontáneamente, como algo amistoso y gratuito.
Creo que somos muchos los que más o menos seguimos este proceso. Ejemplo: hace algunas semanas, alguien dejó este rótulo de pésame en el Bar Joan, en el que ocurrió un doble crimen horrendo. Este escrito combina la concentración mental y la espontaneidad: “De tu repartidor preferido. Os echaremos mucho de menos. Con todo cariño”.

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