Solidaridad y consuelo

Iñaki Esteban
A mi modo de ver la cuestión que está en juego es: cómo dar el pésame sin molestar, sin agitar el dolor ajeno y sin que se convierta en una mera convención social, muchas veces de dudoso gusto y oportunidad. Como es sabido, Wittgenstein decía en las Investigaciones lógicas que nadie puede sentir mi dolor, o que decir “tú sientes mi dolor” sería una imposibilidad y un sinsentido, ya que el dolor es incomunicable o intransferible: cada uno tiene los suyos y no queda más remedio que aguantarse. En términos estrictos, seguro que tiene razón. Pero si nos quedamos aquí nos perdemos buena parte del problema. Porque es obvio que uno puede sentir compasión por el sufrimiento de los otros, lo que entre otras cosas cimenta la justicia o los actos de solidaridad.
Entonces ¿podemos ser solidarios con lo que supone para un amigo o conocido la muerte de una persona muy querida? En términos generales, sí, aunque como nos avisa Wittgenstein lo que no podemos hacer es ponernos en su lugar, o suplantarle: sería una impostación, un teatro, una performance cercana a la de las plañideras profesionales.
La experiencia nos dice que, a la mayoría, esas muestras de afecto en los peores momentos se agradecen. Reconfortan, a ellos y a nosotros mismos. Hace unos meses murió en un accidente el hijo de un buen amigo y compañero de trabajo. A la salida del funeral, muchos de los que asistimos dudábamos en si ir a saludarle o no, ya que la cola de los que querían hacerlo era enorme y en cierto modo social. Al final fui con otros compañeros y hoy todavía siento el abrazo y en los dos besos que me di con Ignacio. Era imposible ponerme en su lugar y sentir lo que aún debe de sentir. Pero ¿cómo no acercarse a su dolor y mostrar que en cierto modo yo también estaba dolorido por su circunstancia?

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