Mi biblioteca de literatura rumana

Coman Lupu
Dado que los libros han sido mis más fieles amigos por más de cinco décadas, durante las cuales he atravesado una dictadura y el alba de algo que habría debido ser una democracia, experimento en este momento la aguda sensación de la más íntima confesión. Vamos a deshacer el cuello de la camisa, quitarnos la corbata y juntos intentar ver qué he leído yo, el niño de la llanura del Danubio, el alumno de escuela secundaria de la “ciudad de las acacias”, el estudiante en la Facultad de Letras de Bucarest, el joven profesor y lingüista que nunca ha olvidado su primer amor: la lectura.
Las lecturas del niño de una aldea cuyo nombre tiene resonancia de bosque empezaron cuando las letras se le juntaron en sílabas y las sílabas formaron las fabulosas palabras –vehículos hacia otros mundos tan distintos. Pues al principio fueron los cuentos de hadas o los cuentos cultos. Ellos me infundían el sentimiento del triunfo de la justicia, la sensación de evasión en un mundo de valores bien inculcados, de “la juventud sin vejez y de la vida sin muerte”. Y aún más ellos me infundían, a mí, el delgadito alumno chancón, tanto el sentimiento del triunfo sobre los malos y los estúpidos que me rodeaban, como el de la identificación con el héroe que hacía que todo fuera posible y transfiguraba mágicamente mi mundo. Es por eso que estos libros han hecho de mí –en los primeros años de mi adolescencia– un inversor en la cultura: renunciando a un pastel podía ahorrar el dinero para comprar una “confitura” que había aparecido en una edición popular… Pero ahora mis amigos eran otros…
Eran los clásicos de la literatura rumana, que no han sido para mí una obligación curricular, sino un incesante diálogo espiritual, una invitación a la risa amarga del estilo autobiográfico, realista y crítico de Amintiri din copilărie de Ion Creangă, a la reflexión moral de Ion Slavici en Mara o Moara cu noroc, al cómico absurdo y ácido en el que se ahogaba nuestra sociedad, que emula las formas occidentales, perpetuando la tradición balcánica. Pero el estudiante ya se había dejado “fascinar” por la lingüística y sus lecturas iban abriendo cada vez más nuevos caminos hacia la especialización cuya fama se debe a personas notables de ese campo, como por ejemplo Iorgu Iordan, Al. Niculescu, Al. Rosetti, Maria Manoliu, Marius Sala…
Empecé a leer para saciar mi sed de aventura y desde el principio me fijé en las lecturas de la literatura universal propias de esa edad: Dumas, con sus mosqueteros del rey; Gulliver y sus viajes; Julio Verne, demasiado positivista y científico en cuanto a mi necesidad de afecto, pero interesante en La isla misteriosa o en Un capitán de 15 años; Defoe, con Robinson y sobre todo con el buen Viernes…
Sería hipócrita si no reconociera que traduje los síntomas de mis primeros amores en los términos propios de Mihai y de Tincuţa, los personajes de la novela La vida en el campo de Duiliu Zamfirescu, gran escritor autóctono que captó el alma de la nobleza crepuscuscular en las tonalidades del modelo de novela psicológica occidental, publicada a finales del siglo xix, o que leí impacientemente los avatares adolescentes de Dănuţ, de Olguţa y de Mónica, personajes del libro La Medeleni, la mejor novela rumana de la mansión señorial. Tanto para el uso de las chicas, como para cierta dicción interior de las ideas, durante aquellos mismos tiempos remotos recitaba en voz alta los conmovedores versos de Lucian Blaga, poeta neorromántico, filósofo y metafísico o los versos blancos que llevaban a menudo un subtexto polémico valiente por su mensaje político y que pertenecían a unos poetas contemporáneos: Marin Sorescu o Nichita Stănescu.
Las lecturas de los años de facultad adquirieron un sabor completamente distinto y finalidades conscientizadas. Eran lecturas dirigidas por un lado por la bibliografía de las clases de literatura rumana o de literatura comparada y por otro lado por las revistas literarias y por el “rumor cultural”. Lecturas importantes y sistemáticas, empezando por Gilgamesh y las epopeyas antiguas y terminando por le nouveau roman français, la nueva novela francesa, que era muy actual en mis años de carrera. Sin embargo, mis grandes amigos siguen siendo los escritores rumanos modernos.
¿Por qué he leído y sigo leyendo? Si leo, vivo. Leo… Vivo… Leo…

Camil Petrescu,
El lecho de Procusto
Como problemática, esta novela traducida al español por J. Garrigós destaca por centrarse en la condición del intelectual aplastado por la enorme incongruencia entre su imagen de lo real y la realidad propiamente dicha (socio-​cultural, moral, institucional rumana) del período interbélico. Como en el momento en que experimenté el “descubrimiento” estético de la novela era yo un fiel lector de la obra de Gide, me fascinó –y lo recomiendo como ejercicio de lectura– la manera en la que el autor rumano se vale de la técnica de la mise en abîme, de la del diario así como de la del “documento acreditativo de vida” concentrado en las notas a pie de página, siendo todos estos elementos de índole gidiana, deslindándose de modo creador del modelo, en términos de la “autenticidad” y de la “anticalofilia”, que realmente promovía.

Mateiu I. Caragiale,
Los depravados príncipes de la Vieja Corte
Una traducción reciente al español de Ioana Zlotescu, con un título en castellano poco acertado. Una novela que fascina por el juego entre la apariencia de fresco social (en muchos aspectos naturalista, remitiendo a la atmósfera típica de los Balcanes) y el sustrato esotérico de las iniciaciones en el pecado purificador para la conciencia de los tres intelectuales. Identificamos aquí el modernismo refinado de un gran estilista, autor de réplica tanto de cara al balcanismo cultivado por su padre, Ion Luca Caragiale, como al proustianismo y gidianismo tan de moda en los años 30.

Hortensia Papadat-​Bengescu,
Concierto de la música de Bach
Autora de un ciclo de novelas centradas en el tema de la familia, Hortensia Papadat-​Bengescu se me hizo entrañable por su Concert din muzică de Bach, una obra maestra de la literatura rumana que todavía aguarda a su traductor al castellano. Impacta el antifeminismo de una escritura fuerte, con toques naturalistas, que sujetiviza la narrativa. Mediante personajes-​reflejadores, la autora anula su presencia en el texto por el recurso de la técnica proustiana del flujo de la memoria involuntaria y de la introspección, en el contexto de un ácido fresco social de la vida mundanal de la Bucarest interbélica. Tampoco pasa desapercibida en la obra de esta contemporánea de Virginia Woolf la estructura musical de dicha novela, que recuerda a la Sonata Kreutzer de Tolstoi o, dentro del conjunto del ciclo mencionado, la polifonía del “roman-​fleuve” de Romain Rolland (Jean Cristophe).

Mircea Eliade,
En la calle Mântuleasa
Acerca de Mircea Eliade como escritor tuve un conocimiento fragmentario que me facilitó una única recopilación de novelas cortas, “que se le había escapado” milagrosamente a la censura comunista. Como histórico de las religiones y sobre todo como novelista, lo descubrí, como casi todos los rumanos, después del 89. Su micronovela Pe strada Mântuleasa, leída en el contexto de la perspectiva que Mircea Eliade tiene del mito, proporciona la posibilidad de comprender la relación subyacente entre la realidad agresiva para la colectividad (representada por el laberinto de la investigación llevada a cabo por la policía política comunista, la Securitate) y el mito (en tanto que realidad agredida para la lógica del intelectual); pero el mito es a la vez creador de un mundo que sirve de escapatoria para el iniciado y de factor absorbente de la historicidad.

Marin Preda,
Los Moromete
Es la novela posbélica total más conocida, de tipo fresco: una novela construida en torno a la familia, a la sociedad, a la formación, una novela erótica y política. Es la expresión de la viabilidad del realismo tradicional, centrado en el mensaje, con aperturas modern(ist)as hacia la estructura del subtexto propio a la novela de debate sobre la condición de la clase social más consistente, el campesinado.

I. L. Caragiale,
Momentos y bocetos
Una obra que cronológicamente pertenece al siglo XIX, pero que, por su enfoque, es de una abrumadora modernidad. Integrado por prosas cortas, interesantísimo por la sátira despiadada a la esencia del hombre moderno, el funcionario humilde, con la vocación cekhoviana de la sumisión y del chismorreo, ese burgués adinerado, que aplica de forma mimética el modelo occidental de moda, en flagrante discrepancia con el fondo, las reacciones y un lenguaje vulgar, periférico, lo cual traiciona una falta de elemental civilidad o tal vez su origen social verdadero.

Ion Creangă,
Recuerdos de mi infancia
Pertenece al mismo siglo xix, realista-​crítico. Una fabulosa imagen de la infancia atemporal, en la que el lector vuelve a experimentar, a la manera de Proust, sus propias hazañas de la “edad de oro” de la inocencia. Una obra con un vívido lenguaje popular, que evoca de modo humorístico las instituciones y las realidades autóctonas rurales.

Lucian Blaga,
La barca de Caronte
Novela autobiográfica póstuma, que no se pudo publicar con anterioridad al año 1993 a causa de las presiones de la censura. Un diario en el que la ficción y la interpretación simbólica se entrelazan en una vibrante evocación de la fuerza del amor, de la solidaridad y de la fé en el apoyo que se ha de dar a los valores verdaderos, a través de los que el joven intelectual consigue enfrentarse a una hostil historia que lo desquicia y lo ahuyenta del propio sentido de su destino de rumano transilvano, de catedrático y de escritor.

Mircea Horia Simionescu,
El ingenioso de buen genio. Diccionario onomástico
Publicado en plena época de gloria de la nueva novela francesa y de afirmación del realismo socialista en Rumanía. Proporciona una sabrosa réplica a todo lo que se puede codificar en novelas (especie, problemática, personaje, acción y conflictualidad, temática de tipo coherente), bajo la máscara docta de la estructura propia de los diccionarios, que al final resulta ser un mero pretexto para que el autor enfoque la ridiculización de lo banal. Un libro viable por el subtexto de rechazo del lugar común, como síntoma de la afiliación, como mensaje (político) o como estética.

Mircea Nedelciu,
Enmienda al instinto de la propiedad
Un autor postmodernista y una obra fronteriza fechada en 1985, que combina la anticalofilía de Camil Petrescu con la ironía desacralizante de la ficción desprovista de finalidad extraestética. La asociación del texto tipo anuncio turístico con el horóscopo y los estudios sociológicos ficticios sugieren la idea de azar y de aleatoriedad a la vez trágica y cómica propia de la fuerza destructiva de lo épico, nuestra única forma asequible de resistencia.

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