Desde niña

Maria Eugenia Ibáñez
De diferentes formas y con variadas motivaciones, toda mi vida ha estado vinculada al deporte. Empecé de niña, en una época en la que eran mínimas las posibilidades de gozar de cierta libertad al margen de la escuela y la familia. Seguí de adolescente, con el gusanillo de la competición metido en la médula. La tenacidad, también el ansia de superación, me llevó, ya de adulta, a aumentar el ritmo de entrenamientos y partidos, y cuando el cuerpo y el DNI me aconsejaban una salida discreta de la cancha de juego me convencí de que debía seguir en la sombra para ayudar a otras niñas a iniciar su periplo.
Analizado todo lo anterior, llego a la conclusión de que mis procesos deportivo y vital han tenido idénticos estímulos: ansias de libertad, constancia, exceso de responsabilidad y un querer alargar las cosas, quizá arrastrada por la errónea convicción de la trascendencia de la tarea iniciada. ¿Si sigo haciendo deporte hoy, cumplidos los 64 abriles? Pues sí, y con mayor convicción que nunca, porque por fin me siento libre –lleve chándal o no– y porque estoy convencida de que ya nadie espera nada de mis flácidos abdominales. ¿Algún motivo más? Uno muy importante: mi médico me ha dicho, con delicadeza, eso sí, que a mi edad es conveniente mover el esqueleto. Y en eso estoy.

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