Conversaciones con Javier Gomá

Javier Gomá (Bilbao, 1965) es un intelectual de indudable influencia. Dirige desde 2003 la Fundación Juan March. Su libro Imitación y experiencia obtuvo el Premio Nacional de Ensayo en 2004. Luego vinieron Aquiles en el gineceo (2007), Ejemplaridad pública (2009) y Necesario pero imposible (2013), cuatro libros que él integra en Tetralogía de la ejemplaridad. No es un filósofo convencional: letrado del Consejo de Estado, licenciado en Clásicas, autodidacta y ajeno a las intrigas de la filosofía académica, reivindica una llamada filosofía mundana que alumbre todos los ámbitos sociales. Su obra tiene una notable difusión, si bien, a mi juicio, no logre escapar de ciertas trampas de la mundanidad. Sobre Gomá también he escuchado muchos tópicos y juicios apresurados que denotan una incomprensión, cuando no una crasa ignorancia de sus escritos. Trato de conjurar esos prejuicios y acudo a mi cita con él, en la Fundación Juan March, pertrechado con muchas horas de lectura de su célebre Tetralogía y no sin antes dar una vuelta por la última exposición de la Fundación sobre Art Déco 19101935 en París.

Javier Gomá me recibe en su amplio y luminoso despacho, decorado con magníficos cuadros de arte abs­tracto. A sus 50 años, apolíneo, en mangas de camisa y corbata, parece encontrarse en el cénit del poder y del prestigio, como un Aquiles insustitui­ble de la polis hispánica. No se muestra, sin embargo, distante o inasequible. Él, que defiende la oralidad de la filosofía hasta el punto de haberla impartido en un programa de Radio Nacional, está muy acostumbrado a que lo entrevis­ten. Su palabra fluye con agilidad como si ya tuviera pensada la respuesta a las más imprevistas cuestiones. ¿Quedará alguna pregunta nueva por hacerle? Trato de soslayar esa cuestión para entregarme, con naturalidad, al placer de una amena conversación.

La nuestra se inicia con una ani­mada polémica sobre la naturaleza y pervivencia del romanticismo. Gomá piensa que el romanticismo, como momento de liberación del sujeto, que ha desprestigiado cualquier límite y que exalta como valores la sinceri­dad y la autenticidad, pervive hoy, al menos en su forma escolástica o catequética, imponiendo como criterio absoluto la arbitrariedad del corazón. Ahora mismo –dice– si bajamos a la calle, cualquier ciudadano que nos encontremos se declarará libertario y romántico. Yo, por el contrario, pienso que el romanticismo, en sus pretensio­nes de absoluto, de interioridad y de amor eterno, brilla por su ausencia. A mi juicio, el ciudadano medio no es romántico y creo que el romanticismo tendría que ser reintroducido, inyec­tado a una sociedad excesivamente tecnificada, utilitarista o hedonista. Gomá, por el contrario, aboga por una domesticación del romanticismo, que a veces identifica con la adolescencia, y afirma que su obra puede interpretarse como un intento de superar su propia inclinación romántica. La polémica nos introduce en los márgenes de lo religioso.

Carlos Eymar

La entrevista completa está disponible en la versión en papel de El Ciervo

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