El milagro del toubab

Unos ojos como de lechuza, que casi se salían de sus órbitas, asustaron a Dani tanto que estuvo a punto de salirse de la carretera. Su primera reacción fue la de no parar. Aquel tipo que surgía de las primeras horas de la noche africana parecía estar poseído por el diablo. Dani viajaba solo en su coche de empresa. Ese día había estado trabajando en el puerto de Kafountine y regresaba a Ziguinchor cuando lo asaltó la oscuridad. Dudó, y dudó. Pero, al final, frenó bruscamente un centenar de metros más allá de aquellos ojos despavoridos.

Llevaba unos meses por Senegal, adonde había llegado desde Barcelona expulsado por la crisis. Un buen día advirtió que llevaba demasiado tiempo en el purgatorio del paro. Pasó de ser archivero a comercial de una pequeña empresa pesquera relacionada con el comercio justo. Había renunciado a su formación, pero, al menos, estaba donde siempre soñó, en África.

Era el cuarto coche que se detenía. Los otros conductores, tan asustados como él, sin embargo, no tuvieron corazón ninguno. Dejaron a aquel ser desesperado al otro lado del cristal, con la palabra en la boca, abandonado como un perro triste en medio de la calzada de aquella carretera nacional de la profunda Casamance. Por el retrovisor, vio Dani cómo se aproximaban a la carrera esos ojos suplicantes, grandes como dos lunas llenas. Bajó la ventanilla hasta la mitad y echó el seguro del cierre centralizado. Entre la respiración entrecortada y un francés a trompicones, en un estado de excitación que rozaba el colapso, aquel hombre, que debía de tener unos 35 años, le explicó a Dani que su abuela se retorcía de dolor en casa, en su cabaña. Moriría, morirá, le repetía juntando las palmas de sus manos como gesto de súplica. Sería cuestión de horas. Necesitaba un coche que la llevara al hospital de Bignona, a 20 kilómetros de aquel pueblo sin centro sanitario, sin médicos, sin esperanza.

Dani desbloqueó el cierre, se estiró hacia el lado del copiloto y abrió la puerta. Tenía conocimientos de diola y los usó para invitarlo a que subiera a su coche. Hizo un cambio de sentido enérgico, de coche patrulla policial, y siguió las indicaciones del hombre para llegar a la casa de su abuela.

Cuando Dani entró en la casa, los rostros de la decena de vecinos que acompañaban a la abuela de Alpha, también parecieron encenderse al ver que entraba un toubab. Un blanco que, de entrada, cortó de cuajo los llantos catastrofistas y las miradas taciturnas que anunciaban, resignadas, un trágico final. La abuela de Alpha, que gemía en sordina, como si estuviera ya en el último hálito, ni se enteró de su aparición. Estaba acostada en la cama. Tenía la cara hinchada, especialmente uno de los lados, el derecho. De tanto en tanto, elevaba el tono de su desesperación y aullaba como un lobo a causa del dolor que la martirizaba desde hacía unos días. La anciana estaba muy delgada y la hinchazón saltaba a la vista desde lejos.

Alpha le aclaró a Dani que llevaba una semana sin comer nada. Ni triturados. En el centro médico, un edificio semiderruido por un temporal, y sin el control de personal sanitario, no habían encontrado medicamentos fiables. En el único mueble que ocupaba la estancia de paredes verdes, apenas había cuatro cajas vacías y, seguramente, caducadas. El toubab se acercó a la enferma, estirada en un camastro. Tras sus pasos, los vecinos, como vigilándolo. Tras una inspección superficial, Dani lanzó un dictamen rápido:

—¡Vaaa, tranquilos! —les dijo de forma muy campechana — . ¡Lo que tiene es un phlegmon!

Dijo flemón en francés porque no sabía traducirlo al diola y, saliendo de la casa, añadió:

—¡Voy al coche! ¡Creo que me queda una tableta de ibuprofeno!

Ibuprofeno les sonó a hechicería de blancos, a remedio de otro planeta, quizá. Alguno de los asistentes pareció preocuparse aún más por la anciana al oír aquella extraña palabra. Costó que la abuela de Alpha abriera la boca para que se tomara la pastilla, también blanca como el toubab que, así, tan fácil, con un chasquido de dedos, como el de un mago haciendo que aparezca la paloma del sombrero de copa, la salvó de una muerte segura por desigualdad.

Antonio Salido es licenciado en Comunicación Audiovisual.

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