Un Concilio para el siglo XXI

El tema estrella del Concilio fue la Iglesia. A ella dedicó tres de sus cuatro grandes Constituciones: Lumen Gentium (LG), sobre la naturaleza y la misión de la Iglesia, Gaudium et Spes (GS), sobre la posición de la Iglesia en nuestro mundo, y Sacrosanctum Concilium (SC), sobre la vida litúrgica. La cuarta Constitución, Dei Verbum (DV), sobre la Palabra de Dios, entra ya en el tema de la fe y la teología. El Vaticano II dedicó, además a temática eclesial 9 de los otros 13 documentos de menor rango.

SOMOS HUMANOS

Además de la temática, es muy importante señalar el clima espiritual del encuentro conciliar. La Iglesia revisó su posición respecto a la modernidad. Esta posición, básicamente negativa, había sido formulada por el papa Pío X en la Encíclica Pascendi (1907) y se había resumido de manera dura en el Syllabus (1907). La modernidad había nacido con un acento fuertemente antropocéntrico que en su formulación más radical planteaba una disyuntiva: para que el hombre pueda encontrar su libertad, es preciso la muerte de Dios; Dios es el enemigo de la libertad humana. La reacción de la Iglesia había sido fulminante. El Vaticano II afrontó su planteamiento de base: “En realidad, el misterio del hombre solo recibe su claridad en el misterio del Verbo encarnado… Cristo, el nuevo Adán, manifiesta plenamente el hombre al mismo hombre y le abre el camino de su altísima vocación” (GS 22). La fe cristiana no reniega del hombre, más bien lo contrario. El misterio de la Encarnación pone precisamente a la persona humana en el centro de la experiencia cristiana.

LA IGLESIA ES EL PUEBLO

Respecto a la Iglesia, LG formula uno de los grandes aportes conciliares: la Iglesia no se define propiamente como una institución marcada por la jerarquía sino como la comunión del Pueblo de Dios. El mensaje de la comunión eclesial fue como un aire fresco que llenó las comunidades cristianas, con el acento conciliar sobre el laicado, participante del sacerdocio de Jesucristo por el Bautismo y la Eucaristía, llamado a vivir el espíritu evangélico en todos los ámbitos de la vida secular.

El espíritu de comunión eclesial ha calado en el pensamiento teológico y en la praxis de las comunidades, pero es preciso constatar los escasos progresos en la valoración de laicos y laicas en la Iglesia. En su día se acuñó la categoría de “corresponsabilidad” para indicar el compromiso de todos en la vida de la Iglesia, pero la organización eclesial, el pensamiento teológico y moral y los órganos de decisión siguen ocupados mayormente por el estamento clerical.

COMPROMETIDOS CON LA REALIDAD

GS trata de la posición de la Iglesia en el mundo de hoy. Su acento es complementario al de LG. La Iglesia no condena a nuestro mundo ni se siente llamada a enfrentarse a él o a dirigirlo. La Iglesia, más bien, entiende los interrogantes y los sufrimientos del hombre de hoy, valora todo lo que hay de positivo en nuestra sociedad inquieta marcada por la ciencia y el progreso, y se ofrece para colaborar con todos en la realización de un mundo más justo y más humano. En su mirada, crítica desde la simpatía, el Vaticano II consagró una fórmula de Juan XXIII en Pacem in Terris (1963) y que ha tenido influencia en el pensamiento posterior: “todos los hombres y mujeres de buena voluntad”.

La realidad de nuestras comunidades cristianas responde, en general, al diseño de GS; participan en los movimientos sociales de ayuda a los más necesitados, a los emigrantes y refugiados, a los excluidos. Y sus miembros más activos forman parte de las estructuras sociales en pro de la justicia, el diálogo y la paz, colaborando con todos los de “buena voluntad”. Y es preciso constatar que, también con todos, experimentan constantemente la debilidad de sus acciones y la extrema dificultad del proyecto humano de paz y justicia. Y, además, confesemos que muchos de los miembros bautizados de nuestras comunidades engrosan las filas de los indiferentes y acríticos, incluso también las de los injustos, corruptos, grupos xenófobos o defensores a ultranza de sus privilegios. Éste es probablemente, el auténtico sufrimiento de la Iglesia.

LA FE Y LA LIBERTAD

Dos temas conciliares han de ser subrayados como muy importantes. Por una parte, la Declaración sobre la Libertad Religiosa. Fue una de las sorpresas del Concilio, aceptada después de agrias discusiones, uno de los frutos más genuinos de la revisión de la posición eclesial ante la modernidad. La Iglesia defiende que la fe cristiana es y debe ser un acto libre de la persona con el cual responde ante Dios. De ahí se deducen consecuencias importantes. Una es hacia dentro; no se puede imponer la fe a nadie, debe ser siempre fruto de una decisión libre. Otra consecuencia es hacia fuera; la libertad religiosa forma parte de la libertad fundamental de toda persona y todo grupo humano; nadie tiene derecho a limitar, negar o prohibir esta libertad. En estos 50 años, la Iglesia se ha presentado como voz viva que defiende esta libertad para ella y para todos.

Otro tema importante fue el fomento del diálogo ecuménico. El espíritu ecuménico impregnó todos los trabajos conciliares. Pasados los años, es preciso constatar resultados positivos, especialmente en el acercamiento de las Iglesias y también en el diálogo sobre cuestiones doctrinales. Pero da la impresión de que el tema ha llegado ya a su techo. El desafío actual consiste en saber dibujar el horizonte de la unidad posible entre las confesiones cristianas. Las diversas tradiciones están llamadas a subrayar lo que les une y a sumar sus riquezas de experiencia cristiana.

CREYENTES Y NO CREYENTES

Hemos dejado para el final la problemática en torno a la fe y la religión. El Concilio se plantea con fuerza el tema del ateísmo, agnosticismo e indiferencia religiosa, pero ignora algunas cuestiones hoy vivas que han aparecido los últimos decenios: el pluralismo religioso y el acento sobre una espiritualidad personal e interior, al margen de estructuras religiosas y eclesiásticas. Respecto al ateísmo y agnosticismo, el Concilio, por supuesto, no podía aceptar sus principios pero también en este ámbito manifestó una actitud positiva y valorativa. “Lo que hay en ellos de bien y de verdad, la Iglesia lo estima como preparación evangélica, dado por Aquel que ilumina todo hombre para que tenga finalmente la vida” (LG 16); “La Iglesia, aunque rechaza de manera absoluta el ateísmo, reconoce sinceramente que todos los hombres, creyentes y no creyentes, han de contribuir a la edificación de este mundo, donde viven en común; y esto no se puede conseguir sin un diálogo sincero y prudente” (GS 21).

Respecto a los no cristianos, el Vaticano II habla de la misión evangelizadora de la Iglesia, especialmente Ad Gentes, pero ignora la necesidad y las condiciones del diálogo interreligioso, igual como la valoración de las nuevas espiritualidades. Se puede decir que respecto a estos desafíos, el Concilio dejó dos improntas que han marcado la actitud de la Iglesia. Por una parte, la reafirmación de la fe cristiana en Jesucristo, el único Salvador dado por Dios a la humanidad entera; y por otra, la valoración teológica de todo lo que hay en los no creyentes de bien y de verdad. La afirmación de la unicidad salvífica de Jesucristo puede llevar a posiciones radicales y excluyentes, actitud que parece acentuar la Congregación para la Doctrina de la Fe en un documento importante, Dominus Jesus (2000). Pero el mismo Concilio no llevó la afirmación de la fe cristiana hacia estas posiciones más duras sino que esta misma fe le llevó a una valoración cristológica y pascual de toda la realidad humana: ”Ya que Cristo murió por todos y, en realidad, la vocación suprema del hombre es una sola, es decir, divina, hemos de creer que el Espíritu Santo ofrece a todos los hombres la posibilidad de asociarse, de una manera que Dios sabe, a este misterio pascual” (GS 22)

APERTURA, DIÁLOGO, RESPETO: FRANCISCO

La fe cristiana vive hoy un doble desafío. Por una parte, su actitud ante el mundo secularizado, agnóstico, indiferente a los valores religiosos, que ya el Concilio planteó; por otra, la actitud ante la pluralidad religiosa y las condiciones del diálogo interreligioso que se ha manifestado con fuerza los últimos años. La herencia del Concilio subraya más bien una actitud acogedora y dialogante, inclinada a valorar teológicamente las realidades humanas como manifestación del Espíritu. Hay otra actitud que entiende la fe y la Iglesia más bien enfrentadas a nuestro mundo, acusado de secularizado y relativista, actitud que puede encontrarse en algunas formulaciones más vivas y agresivas de la misión evangelizadora de la Iglesia. El estilo del papa Francisco y su acento sobre la actitud misericordiosa de la Iglesia evoca una comunidad cristiana abierta, dialogante, respetuosa con la realidad humana en la cual actúa el Espíritu de Dios. Incluso las posiciones del Sínodo 20142015 sobre la familia subrayan la valoración de todo lo que hay de positivo en las parejas reales y en su amor vivido, sea cual sea su situación. Son manifestaciones de un espíritu eclesial que impulsa al diálogo, a la acogida, a la colaboración, a la paz.

Gaspar Mora es sacerdote, doctor en Teología y profesor emérito de la facultad de Teología de Cataluña.

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