El Ratoncito Pérez contra la yihad

Marcos Eymar nos cuenta sus impresiones tras los atentados terroristas en el centro de París –donde reside desde hace diez años– y nos explica algunas ideas que ayudan a entender el conflicto que se vive en el país vecino. El discurso de la extrema derecha, las contradicciones de la sociedad francesa, el miedo a la globalización, las dificultades para la integración y las condiciones de vida en la ‘banlieu’ son algunos de los grandes rasgos de este retrato. Como contrapunto, describe la llegada del Ratoncito Pérez a su casa, signo de la inocencia y la ilusión de su hija.

El viernes, 13 de noviembre, a mi hija de seis años se le cayó el primer diente. Me lo anunció con entusiasmo a la salida de la escuela y yo le prometí que vendría el Ratoncito Pérez. Esa misma noche tuvieron lugar los peores atentados terroristas en Francia desde la Segunda Guerra Mundial. Mi mujer y yo nos quedamos despiertos hasta la madrugada, escuchando la radio con incredulidad y horror.

A lo largo de la mañana siguiente, mi hija no dejó de hablarme del Ratoncito. Así que esa tarde, haciendo caso omiso de las recomendaciones oficiales de permanecer en casa ante la posibilidad de nuevos ataques, salí en bici en busca del regalo. Las calles del distrito 18 en París, de ordinario atestadas los fines de semana, aparecían desiertas. Casi todos los comercios estaban cerrados –también la gran juguetería con la que contaba para cumplir mi misión – . El espectáculo de la ciudad vacía era insólito; sin embargo, en los escaparates a oscuras y en los cafés fantasmagóricos reconocí el apogeo de algo que, reprimido y difuso, había sentido muchas veces durante los más de diez años que llevo viviendo en Francia: el miedo.

Miedo a la globalización, a la decadencia y la pérdida de la grandeur, a los inmigrantes: el Frente Nacional, que cosechó más de seis millones de votos en las últimas elecciones regionales de diciembre, lleva décadas alimentándose de esos temores. A diferencia del 11-​M en España, los ataques terroristas de noviembre en París no fueron una sorpresa. El país los anticipaba con fatalismo y angustia desde antes incluso de los atentados que en enero de 2015 se cebaron contra el semanario satírico Charlie Hebdo. Como han señalado muchos comentaristas, las raíces del yihadismo no hay que buscarlas únicamente en los lejanos desiertos de Siria, sino en las propias contradicciones de la sociedad francesa.

La divisa de la República –“égalité, liberté, fraternité”– aparece grabada en el frontispicio de todos los edificios públicos. Y, sin embargo, a diferencia de lo que ocurre en otros países, donde la segregación social se solapa con la oposición público/​privado, en Francia es el propio Estado el que la organiza en nombre del “elitismo republicano”. Todo el mundo aquí sabe que hay colegios públicos para la burguesía, para las clases medias y para las clases populares –en su inmensa mayoría provenientes de la inmigración – . En la región parisina se da el caso de familias adineradas que venden sus casas en las afueras para comprar pequeños apartamentos cerca de alguno de los prestigiosos lycées del centro que preparan a los alumnos para ingresar en las grandes écoles donde se forman las élites. Incluso en la modesta escuela a la que va mi hija, la profesora ha dividido la clase en tres grupos: los leones (los buenos alumnos), los tigres (los mediocres) y los leopardos (los malos). Más que como un mecanismo de inclusión, la escuela republicana funciona muchas veces como un amplificador de las diferencias sociales.

Las masacres de noviembre fueron una instantánea que reveló el abismo que separa a los distintos sectores de la población francesa. Los verdugos compartían con la mayoría de las víctimas la nacionalidad, la lengua y la edad, pero no vivían en el mismo mundo. El diario Le Monde ha ido publicando semblanzas individuales de los jóvenes asesinados: cosmopolitas, curiosos, bien formados, con idiomas, símbolo del dinamismo y del alto nivel intelectual de buena parte de las clases altas y medias francesas. Frente a ellos, cargados de odio y de armas, jóvenes musulmanes con una trayectoria escolar caótica, “sin historia” en el peor sentido de la expresión: desarraigados de su cultura de origen, inadaptados al país donde deberían haber construido su futuro.

La brecha no es solo económica (el envidiable estado social francés permite atenuar la pobreza más que en otros países) sino también simbólica e identitaria. No es casual que la mayoría de los ataques tuvieran lugar en el centro de París y fueran cometidos por banlieusards –término peyorativo con el que se moteja a los habitantes de los suburbios – . El urbanismo de la región parisina materializa de manera ejemplar las divisiones del país. Por un lado, París intra muros –nótese las connotaciones paranoicas de la expresión – , donde cada calle, cada café aparece cargado de reminiscencias literarias y artísticas; por otro, la banlieue donde abundan los anónimos bloques de pisos, los barrios grises y deshumanizados sin otros entretenimientos que los centros comerciales y los locales de comida rápida. Es en ese vacío estético donde se desarrolla la ideología mortífera del yihadismo. El ISIS, a través de internet, se interesa por cada uno de sus prosélitos, codicia sus mentes y sus cuerpos para cumplir su estrategia de violencia indiscriminada; la sociedad francesa, en cambio, da muchas veces la sensación de no necesitar para nada a los cientos de miles de jóvenes que viven en las cités, eufemismo de “guetos urbanos”.

El problema no es nuevo –en 2005 hubo unas violentas revueltas en esos barrios que llevaron a proclamar el estado de emergencia – , pero siempre existió la esperanza de que el tiempo iría solucionando las principales dificultades de integración. Desde este fatídico 2015, la duda, planteada por Michel Houellebecq en su perturbadora novela Sumisión, empieza a corroer a la sociedad francesa: ¿y si el futuro no fuera el laicismo a la occidental sino la sharia? En el suburbio en que trabaja mi mujer los padres hacen cola para pedirle a la directora de la escuela que sus hijos no coman ningún tipo de carne que no sea hallal; en la universidad donde doy clases, cada vez se ven a más chicas con velo; el fenómeno de las conversiones ha dejado de ser anecdótico: el joven que montó la cocina de nuestro nuevo piso; el profesor de percusión del conservatorio: dos ejemplos de franceses “de souche” –de pura cepa, como se dice aquí– que han decidido abrazar la fe islámica.

Todo ello alimenta el discurso paranoico de la extrema derecha acerca de la invasión musulmana. Los actos islamófobos se multiplican, como recientemente en Córcega. A la retórica de la yihad, responde desde las filas del FN la lógica de la cruzada. Las tensiones se ven agravadas por los ecos de un pasado colonial mal asimilado. Poco a poco se va instalando un clima que, por inverosímil que parezca en el corazón de Europa, contiene los gérmenes de un conflicto civil a gran escala. ¿Cómo escapar al mecanismo infernal del odio? ¿Cómo evitar la oposición letal entre el nosotros y el ellos?

Ayudaría (¡qué difícil resulta a veces!) abrir los ojos a todos los matices de lo real; olvidar por un momento ideologías y religiones y ver sencillamente a las personas. En mi barrio conocemos a muchos musulmanes: una actriz y directora de cine, feminista y liberal; un directivo de una empresa publicitaria al que le encanta el champán; un senegalés de dos metros, casado con una comunista atea, que trabaja de cocinero y prepara un delicioso foie-​gras a la naranja… ¿Excepciones? Todos los individuos lo son si los observamos de cerca, sin las anteojeras de los prejuicios.

Muchas de estas reflexiones me las hice mientras pedaleaba por un París de luto en busca de una juguetería abierta. Después de muchas vueltas, la encontré. Sentí alivio. Dentro de unos años mi hija sabrá que el Ratoncito Pérez no existe; detrás de esa ficción, descubrirá el cariño de sus padres –lo contrario de la fe de los terroristas, una creencia ciega construida sobre el odio – . Mientras me alejaba con el regalo, no pude evitar el orgullo de una ínfima victoria: los asesinos habían querido imponer el miedo y la violencia; al día siguiente, cuando mi hija despertara, triunfarían por un instante la inocencia y la ilusión.

Marcos Eymar es escritor y profesor de la universidad de Orleans.

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