Las grandes virtudes

Una de mis frases favoritas sobre la educación la escribió Natalia Ginzburg en un ensayo precioso titulado Las pequeñas virtudes. Ginzburg dice que a nuestros hijos, a nuestros estudiantes, «no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo de éxito, sino el deseo de ser y de saber».

Como profesor de ciencias, de una disciplina potente y dinámica como es la biología celular, intento recordar esas palabras cuando doy clase a mis estudiantes universitarios. No queremos formar solo técnicos y tampoco tiene sentido una educación basada únicamente en la ingestión y regurgitación de conocimientos. Es ridículo que exámenes y oposiciones se sigan basando en buena medida en la capacidad memorística. Lo importante no es enseñarles la última proteína, sino que aprendan a dudar; lo necesario no es que sepan datos, medidas y terminología sobre mitocondrias y actinas sino que entiendan los mecanismos básicos de la naturaleza y que desarrollen un buen esquema mental. Y voy más allá: que sepan hablar en público, que aprendan a trabajar en equipo, que sean honestos, buenas personas, cultos. Les damos miles de horas de clase de los temas más diversos. Todo lo doy por bien empleado si al acabar una carrera universitaria hubieran aprendido dos cosas: a leer y a escribir. ¡Ya veo a más de un lector arquear las cejas! Sí, a leer, extrayendo las ideas, valorando críticamente los argumentos y disfrutando la lectura. A escribir, con gracia, con calidad, con profundidad, con originalidad. Apenas leen y escriben, fuera del teléfono móvil.

No creo en las dos culturas, hay una sola y va desde las ondas gravitacionales a los poemas de Horacio. Reniego igual del universitario que no ha leído a Shakespeare que del que no sabe explicar lo que es un gen. Me educaron para ser alguien que no existía todavía, hago cosas ahora que hace diez años no conocíamos y, junto a eso, el mundo sigue igual al de Vesalio o al de Cajal. No me imagino sin museos, poesía, mapas, o sin teatro, Haydn y política. Tengo que formar a unos biólogos que deberán manejar aparatos que aún no se han inventado, pero sé que se enfrentarán a dilemas éticos y tendrán que decidir quiénes son, cuáles son sus raíces y sus principios, en qué mundo quieren vivir y qué necesitan para ser felices. Al final, en todas las disciplinas educativas, el tema es construir al hombre y a la sociedad del futuro. Y para todo eso necesitamos a las humanidades.

Pero ojo, que nadie cometa tampoco el error de convertir a los estudiantes de humanidades en analfabetos científicos. Será malo para ellos pero también para todos. Como decía Sagan, mi ejemplo favorito de científico humanista, «vivimos en una sociedad profundamente dependiente de la ciencia y la tecnología en la que nadie sabe nada de estos temas. Esto constituye una fórmula segura para el desastre». Así que enseñemos a nuestros alumnos y a nuestros hijos a pensar, a mirar el mundo y hacerse preguntas, a sumar ciencia y humanidades sin sentirse ajenos a ninguna de las dos, que son una, porque ambas se enriquecen, fortalecen y complementan.

José Ramón Alonso es catedrático en la universidad de Salamanca. www​.jralonso​.es

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