Después de todo

Este otoño empieza mal pero no tiene por qué acabar peor. El gobierno de la Generalitat y el Parlament de Catalunya han consumado una ruptura con el orden constitucional que llevaban meses anunciando. Se ha roto en Catalunya el pacto que desde 1978 nos ha traído cuatro décadas de democracia, libertades, autogobiernos y nos ha llevado a Europa. “Hoy se ha destituido el Régimen del 78”, dijo orgulloso desde el atril un portavoz de la mayoría tras la aprobación, en ausencia de la oposición, de las dos leyes de ruptura o desconexión de España. Tal vez sea una exageración. No sé si hay muchos ejemplos en el mundo de destitución de regímenes por la voluntad de 70 diputados autonómicos y habrá que ver si el aludido se da por destituido. Pero el roto está hecho, el Estado de derecho se defiende y el presidente del gobierno, con el apoyo de PSOE y Ciudadanos, promete que por más roturas que haya la secesión no tendrá lugar. Esperémoslo, pero el roto, y con él el daño, hecho está.

La división social, la crispación y el descontento en Cataluña que se ha ido gestando en los últimos cuatro o cinco años sin que nadie lo impidiera es un balance con el que ningún gobernante puede estar contento. Es un fracaso para el que descose y para el descosido, para los dos. Abolir o destituir el Estatuto violando leyes y reglamentos, limitando los derechos de la oposición, saltándose el obligatorio dictamen del consejo de garantías estatutarias y mediante una mayoría simple cuando para una modificación del Estatut se requieren dos tercios de la cámara no es admisible. La desobediencia, que algunos reclaman como un derecho, no da más razón a las aspiraciones independentistas. Al contrario, se la quita. Con esos modos difícilmente se puede invocar la democracia como todavía hacen muchos de buena fe. Es una conquista social la aceptación de que los fines no justifican los medios y también este principio de civilización y garantía contra la arbitrariedad de todo poder se lo ha saltado la justa mayoría parlamentaria catalana. Pero parece que la democracia no importa más que las emociones y los sentimientos: el nacionalismo, el patriotismo, el soberanismo, el llamado derecho a decidir que no tiene encaje en ningún marco legal realmente existente. O, un ismo más, el victimismo, tan inflamable. Bastan unas cuantas medias verdades aliñadas con otras tantas mentiras y unos medios de comunicación dispuestos a amplificarlas para activarlo. Emociones y sentimientos pueden hacer perder la razón a los que creen tenerla.

En un reciente editorial sobre los graves sucesos de Charlottesville en los que murió una joven antirracista, la revista neoyorquina Commonweal, buena amiga de El Ciervo, elogia la defensa de las minorías que hacen los liberales pero recuerda, citando al profesor Mark Lilla, que “al final el único camino de defenderlas realmente es ganando elecciones y ejerciendo el poder a largo plazo”. Y eso exige un trabajo que a veces, dice Lilla, los liberales descuidan: “el trabajo duro y tedioso de persuadir a quienes quizá no estén de acuerdo con ellos”. Retirar estatuas de criminales racistas, origen de la batalla campal en Charlottesville, y plantar cara en la calle a los fascistas envalentonados por Trump, “aunque esté justificado”, dice la revista, “no garantiza los derechos ni la seguridad de los negros americanos. Solo las elecciones políticas pueden hacerlo”, concluye con razón.

En el caso de Cataluña conviene aparcar o mitigar sentimientos y emociones que se retroalimentan y utilizar más y mejor la razón y el trabajo duro y tedioso de la política. El pacto del 78 se ha roto y ante ello se puede pasar la escoba, echar los restos a la basura y esperar en el vacío a ver qué ocurre, o bien recoger los pedazos y tratar de recomponerlo. Es mucho mejor para todos la segunda opción y ahí el gobierno central tiene una responsabilidad que hasta ahora parece no haber entendido o no haber querido entender. Lo ideal sería rehacer cuanto antes el pacto, mejorándolo y reforzándolo, enmendando y corrigiendo lo que haga falta –la Constitución, seguro– para asegurar varias décadas más de convivencia provechosa.

“Una nación no debería ser un martillo sino un imán”, escribía Chesterton en uno de sus amenos artículos de prensa recogidos en Alarmas y digresiones (Acantilado, 2015). Deberíamos ponernos entre todos ya, en Barcelona, en Madrid y en toda España, a limpiar la parte oxidada del imán, con otro muy diferente cepillado, para que atraiga de nuevo con fuerza a esa mitad de catalanes que ahora, parece, quiere irse. Lo lógico sería convocar elecciones empezando por las autonómicas para que quede delimitada la fuerza que los ciudadanos confían a cada cual. Después de todo son las que nos han permitido durante cuatro décadas decidir en libertad. Quizá la mejor manera de comenzar a renovar el pacto es yendo a votar por donde se ha roto en unas elecciones con garantías en las que todos, separatistas, soberanistas, autonomistas, federalistas, centralistas, procuren convencer a más electores con ofertas atractivas, factibles y serias que primen, si puede ser, la racionalidad por encima de las proclamas emocionales. Y que devuelvan la sensatez y la concordia.

Este otoño empieza mal, pero en El Ciervo, que ha visto tantos, sabemos que el ciclo de la vida sigue imperturbable y no perdemos el optimismo. Vendrán tiempos mejores. Siempre llegan, después de todo.

Jaume Boix es director de El Ciervo

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