Vida de Josep Benet

No exactamente ante el hogar donde El Ciervo descansa, pero casi. Durante sesenta años Josep Benet y su esposa vivieron en un piso en el tramo central de la calle Calvet de Barcelona. Como la redacción de esta revista. Desde aquella casa, pronto, Benet escribió a los chavales que habían puesto en marcha esta publicación –la que tú, lector, tienes en tus manos– para suscribirse. Situémonos. Estamos en el pleistoceno franquista. Concretemos. La carta está fechada el 7 de marzo de 1952. Nuestro ayer. Y ya entonces, desde ese mundo de ayer prehistórico, sería altísima la sinergia moral entre el larguirucho Benet y este proyecto de periodismo de pensamiento. Pero no fue solo eso.

El resultado de la acción de uno y otro, de largo recorrido, también acabaría siendo comparable. Si la maduración de una cultura democrática en la España del franquismo no puede explicarse sin la elaboración de una idea crítica sobre la realidad forjada desde estas páginas (páginas de El Ciervo, gracias, de nuevo, por acogerme), el antifranquista Benet fue una infatigable eminencia gris del catalanismo de posguerra: su activismo estuvo dirigido, primero, a la reconstrucción de una sociedad partida y, luego, a dotar a dicha sociedad de una cultura política. Democrática, sí; nacionalista, también. En uno y otro caso, en el de Benet y en el de El Ciervo, dicha intervención partía de un mismo núcleo: una toma de conciencia civil que estaba nutrida en un catolicismo vivido en tensión con el nacionalcatolicismo oficial.

Esta tesis es mi punto de llegada. Confesiones sobre cómo fue tomando cuerpo una hipótesis de comprensión de este personaje y su tiempo. En la redacción de esta revista he pasado horas contadas, pocas. En la casa donde vivió Benet algunos años. Pocos meses después de su fallecimiento (el 24 de marzo de 2008, tenía 89 años) recibí el encargo de escribir la biografía que me parece mentira haber logrado terminar. Si es que una biografía puede tener fin…

Por entonces se acababa de publicar el primer volumen de sus memorias (De l’esperança a la desfeta), pero en aquel libro Benet sólo tuvo tiempo de contar los primeros 18 años de su historia. La vida de un niño solo, de un joven católico. Una vida sin apenas relieve. Una historia triste. Muy triste, eso sí. Devastadora en lo personal –las bases de su arquitectura emocional serían fragilísimas– y frustrante en lo colectivo –su relato lo cerraba el día que las tropas franquistas ocupaban Barcelona – . ¿Cómo contar lo que vino después? ¿Cómo documentar una vida de resistencia y oposición vista por él mismo y por sus contemporáneos casi como la historia de un mito?

Una posibilidad hubiese sido ahondar en el proceso de mitificación: hacer mía la versión que aquel hombre –el rostro de la Assemblea de Catalunya, el senador más votado de España en las primeras elecciones democráticas encuadrado en la candidatura de las izquierdas catalanistas– fue desarrollando sobre sí mismo. Porque Benet ligó desde muy pronto, hasta hacerlas perfectamente solubles, su biografía a la de su patria. Era su misión y, al mismo tiempo, era su salvación. No lo explicitaba, pero era obvio. Hablando del abad Escarré de Montserrat está hablando de sí mismo. Hablando de la Transición, también. Había fundido el país a su individualidad. Y lo más fascinante es que, por mucho que estuviese automitificándose, con aquel relato sobre su vida no estaba construyendo una operación de impostura. Ni mucho menos. Para nada. Tenía argumentos sólidos para mezclar su peripecia con la reconstrucción del catalanismo de posguerra. Él más que nadie. Ese, en realidad, era el capital político digno y esencial que acumuló a lo largo de décadas de actividad en último término patriótica. El capital que puso en valor en la lucha por el liderazgo que durante la Transición lo enfrentó hasta el odio a Josep Tarradellas y hasta la discrepancia profunda y soterrada con Jordi Pujol.

¿Cómo contarlo? ¿Cómo transformar un mito en biografía? Ocupando, antes que nada, el piso de la calle Calvet. Llegaba a primera hora de la mañana, andaba medio pasillo, giraba a la derecha, encendía la luz de una habitación sin vistas, conectaba el ordenador y empezaba a abrir archivadores. Decenas de archivadores. Durante meses y meses acumulé información: leía revistas clandestinas de los 40, rebusqué correspondencia de los 50 –donde di con la carta de suscripción a esta revista, pongamos por caso – , analicé los informes de tantas acciones frustradas de los 60 y transcribí fragmentos de recortes de prensa de los 70. Ese material me permitiría contrastar sin impugnar un mito que, a lo largo de los años de documentación, iría humanizándose para mostrar –para mostrarme– dolorosas heridas interiores, demasiadas frustraciones públicas y un compromiso indestructible con causas dignas. Todo a la vez, todo mezclado, porque el sujeto o es complejidad y contradicción o solo es un holograma plano o un encefalograma gris.

Pero acumular papeles no equivale a comprender. Comprender la complejidad de un hombre exige empatía, tiempo y pensar. Y el tiempo para pensar a fondo cómo empatizar con ese hombre singular me llevó a montar El llarg procés, un ensayo sobre la refundación del catalanismo durante la posguerra interminable. Luego, con ese marco interpretativo del proceso general, por fin, podría desencallar el bloqueo biográfico en el que estuve durante años.

En El llarg proponía un relato para explicar cómo se hizo hegemónica una determinada cultura política del antifranquismo en Cataluña. Una tesis fuerte de mi ensayo era que la resistencia política estricta, derrotada, a partir del año 1947 entraba en una fase nueva. Con el mundo de ayer en bancarrota, debía repensar sus planteamientos y sus estrategias. Aquel trabajo ocultado sólo podría empezar a desplegarse de una manera interrumpida a partir de la década de los 60, cuando una serie de discursos que iban a la contra del sistema empezaron a tener una cierta visibilidad pública. Pero la fundamentación de esos discursos críticos se había producido, en realidad, años antes. Ese período digamos que en la sombra era, en el caso de Benet, tal vez el más desconocido. Fue entonces, rearmando su propuesta de oposición, cuando fue más fecunda la sinergia con El Ciervo.

Concretemos, otra vez y para terminar. Benet en la década de los 50. Tiene 30 años, está casado y es un abogado que se gana (mal) la vida trabajando en una administración de fincas. No es un intelectual, como será reconocido desde la publicación de Maragall y la Setmana Tràgica en 1963, y tampoco es el abogado que empecerá a ser en 1957 cuando defienda a la mujer del dirigente comunista Joan Comorera ante un consejo de guerra. ¿Quién es en realidad? ¿Qué electricidad activa su interior? ¿Cómo da un nuevo impulso a su proyecto de vida? Militando en Unió Democràtica, sí, pero sobre todo interpelando por carta a figuras del catolicismo español. Hablando con ellas de católico a católico. Es allí, defendiendo un catolicismo en el que identidad nacional y preocupación nacional están ensambladas, donde Benet logra dotarse de una ideología que le acompañará siempre. Es así, creo, como él o esta revista o algunos otros empezaron a desangrar el corazón de la bestia.

Jordi Amat es escritor y doctor en filología hispánica.

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