dialogos-interreligiosos

Entre dogmas, sin conversación posible

Una quimera buenista mora en el mundo de las fes sobrenaturales: el mito del diálogo interreligioso. Manda sobre él el noble deseo de que nos entendamos los unos a los otros, de que comprendamos las buenas razones que asisten a nuestros congéneres para creer en ideas que o no compartimos o abiertamente rechazamos. Dada no sólo la sinceridad sino también la bondad de esa opinión, resulta incómodo afirmar la imposibilidad de tal diálogo o conversación.

La incomodidad, sin embargo, no ha sido nunca algo que a esta gran revista cristiana, El Ciervo, le haya impedido pronunciarse. Al contrario, aunque es más moderada y sensata de lo que algunos puedan creer, nunca desde que Lorenzo Gomis la fundara hace ya muchos decenios, ha rehuido la incomodidad. Ni que decir tiene que incomodar no es lo mismo que provocar. No hay provocación en ella, y espero que mis lectores entiendan que tampoco la hay en lo que dicen estos renglones. Me apresuro a aseverar que no dirán nada que haya dicho con pareja claridad en mi Porvenir de la Religión. Como muchos no habrán leído aquel libro, reitero aquí alguna de sus ideas.

Las religiones incluyen creencias categóricas sobre la naturaleza del cosmos, la vida, el más allá, los dioses, o Dios mismo, y sobre lo que es numinoso, lo que posee numen. Varias de ellas poseen profetas, o profecías y no pocas explican el mal, sus fuerzas y sus causas. Todas son pues, de algún modo, dogmáticas, en el sentido más riguroso de este concepto. No confundamos, como suele hacerse, dogma y dogmatismo. Este último entraña el fanatismo del dogma, su apropiación irracional y perniciosa por parte de alguien. En cambio, quienes con la debida mansedumbre aceptan dogmas y se los apropian sin querer imponerlos a los demás, a nadie dañan ni molestan. Además, abren el camino al diálogo con las demás gentes. Muchos recordarán aquellos Cuadernos para el Diálogo, impulsados por cristianos, de los que se solía llamar progresistas, cuyo consejo de redacción creía en la convivencia liberal y democrática de conversar con todos. En ese todos se incluían otros cristianos y también a quienes no lo eran.

La buena voluntad, como la que tiene El Ciervo y tenía Cuadernos, no basta. Ayuda y es necesaria. Pero la lógica tiene que hacer valer sus fueros. Y la lógica –la de Aristóteles, santo Tomás, Descartes y Spinoza– muestra y prueba que no hay conversación posible entre afirmaciones contradictorias.

O afirmaciones que no pueden cohabitar sin que la una no excluya la presencia de la otra. Huelgan los ejemplos. La conversación es sólo posible entre científicos y entre aquellos que piensan en la relatividad de sus conocimientos, la naturaleza aproximativa, probabilística de la realidad y de los datos sobre los que fundamentan sus creencias. No es esta la característica de las fes sobrenaturales o ultraterrenas. Por eso, lector amigo, me veo obligado a concluir que una genuina conversación, que por definición ponga en duda los dogmas de nuestros interlocutores, es realmente imposible. Lo que sí es deseable, es que unos y otros hablen y conversen amablemente, sobre todo como acaece en ramas distintas de una misma religión. Entre luteranos, católicos, calvinistas, y tantos otros, en el caso de los cristianos. Nada malo hay que hagan lo mismo fieles de las religiones más dispares, taoístas, budistas, musulmanes, fieles de la fe baha’i. No obstante, fuera de la conversión, fenómeno crucial al que algún día habrá que dedicar mayor atención de la que recibe, no hay conversación racional posible, a fondo y radical, entre creyentes firmes y de buena fe. A menos que supongamos que la lógica sea innecesaria cuando gentes de buena voluntad –creyentes en el Templo, o quienes no lo son, en el Patio de los Gentiles– intentan conversar entre sí.

Salvador Giner, Sociólogo. Su último libro es «El porvenir de la religión» (Herder 2017)

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