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(Durante) la revolución

El vacío que dejan las revoluciones –la rusa se llevó por delante nada menos que un imperio – , lo inundan ellas mismas con un lleno completo de sangre y muerte, pero también de ilusión, imágenes fijas o en movimiento, discursos, gestas, mitos y ese general entusiasmo que Kant describió a propósito de la revolución francesa. El constructivismo o el cine de Eisenstein, Lenin en el Smolny, el mito Trotsky o la heroica conquista de la tierra virgen, la ampliación del mapa de la URSS –¡la sexta parte de la tierra firme del planeta! – : he ahí huellas, jalones y a la vez ladrillos de la construcción. Se inaugura un tiempo nuevo en un paisaje nuevo que vendrá a habitar un hombre nuevo. Todo es novedad, inflamación, afilados verbo y bayoneta. La revolución, en tanto fenómeno que todo lo abarca, retuerce y devora, es obesa y está dopada. Y su crónica tiene que ser inflamada, estremecedora.

A la revolución se la cuenta después. Y a veces enseguida. La rusa la contó inmediatamente después John Reed en Diez días que estremecieron al mundo, por donde se pasean los discursos encendidos y las masas enardecidas: los líderes, el pueblo, el hundimiento de un mundo, el nacimiento de otro. Los dolores del parto, el crujir de los fórceps, el recorrido del escalpelo con que se practica la cesárea.

Pero incluso en Reed, y en el día primero, se advierte que la revolución transcurre sobre otro paisaje también, que la vida la rebasa, que hay un territorio que permanece imperturbable a su avanzar en tromba, al Godzilla que desbancará a todos los dioses con sus manitas nerviosas. Momentos, como este, de una extraña paz: «El 18 de noviembre nevó. Al despertarnos por la mañana vimos las cornisas de las ventanas completamente blancas.

(…) La ciudad sombría adquirió de pronto deslumbrante blancura (…) A pesar de la revolución, que conducía a Rusia con pasmosa velocidad hacia un futuro terrible y desconocido, la ciudad acogió la primera nieve con general alegría. Todos sonreían, la gente salía a la calle y atrapaba riendo los blandos copos que revoloteaban en el aire. Desaparecieron todos los tonos grises…» ¡Ah, esa paz donde la gente sonreía y participaba de una «general alegría»!

Pero hay aún otra manera de contar la revolución. Desde la ventana. En la penumbra. Con repugnancia. Con pesar. Y, sobre todo, con miedo. Si la revolución transcurre en la calle, si ese es su paisaje natural y la escenografía que acoge su puesta en escena, hay que vindicar también la narración que se hizo desde la celda, la buhardilla, la habitación de hotel, los espacios donde se la narró en tonos sombríos, donde se vivió en su reverso.

Esa escritura, el relato del envés de la revolución, lo debemos a algunos escritores rusos que llevaron diarios durante esos primeros años. Diarios terribles, maravillosamente contrarrevolucionarios. Y vale la pena releerlos y vindicarlos cuando se cumple su centenario, que es también el de la revolución que los dictó. Escritores a los que los diez días que estremecieron al mundo los estremecieron tanto que ya no se recuperaron jamás de ese estremecimiento.

Zinaida Hippius, por ejemplo, también vio nevar unos días antes de Reed. Poeta simbolista y animadora junto a su marido Dmitri Merezhkovski del salón literario por excelencia en el San Petersburgo prerrevolucionario, escribe en la entrada del miércoles 8 de noviembre de 1917: «Es mi día de cumpleaños. Cayó mucha nieve. Dimos un paseo en trineo. Nada nuevo. La misma pesadilla continúa». Sus diarios, de los que no tengo constancia que se hayan traducido al castellano, muestran el ánimo menguante de quien se sintió horrorizada por la revolución desde el primer instante y escapó al exilio el 24 de diciembre de 1919. «Rusia nunca tuvo historia. Y esto que le está sucediendo ahora tampoco forma parte de su historia. Se olvidará, como salvajadas ignotas perpetradas en una isla deshabitada por tribus desconocidas», escribió.

Iván Bunin nos dejó un diario extraordinario en los meses anteriores a su fuga de Rusia a finales de enero de 1920: Días malditos. Un diario de la Revolución (tr. de Jorge Ferrer, Acantilado, 2007). A Bunin la revolución le roe el cuerpo, le mina la salud: en las páginas del diario que escribe desde la atalaya de la cultura del imperio asaltado por los bárbaros todo son pesadillas y desvanecimientos. Sale a la calle a buscar las voces de la gente, apostado bajo marquesinas, aguzando el oído en portales, aceras, colas… Su diario es una compilación de la decadencia progresiva de Moscú, primero, y Odesa después. «Ayer, a última hora de la noche, vinieron a tomar medidas del largo, ancho y alto de cada una de nuestras habitaciones “con el propósito de compactar la ocupación proletaria de las viviendas». ¡Estos malditos simios están midiendo todas las habitaciones de la ciudad, como si jugaran a hacer rodar frenéticamente un tocón».

Marina Tsvietáieva, cuyo destino fatal aparece prefigurado en las páginas del diario que llevó en los primeros meses de la revolución (Diarios de la Revolución de 1917, tr. de Selma Ancira, Acantilado, 2015), acabó sus días en una remota ciudad de Tartaria, donde se ahorcó. Las notas que dejó entonces, a su hijo y a sus compañeros de infortunio, muestran a la misma mujer meticulosa y apasionada que veía pasar, como alelada, el carro de la revolución bolchevique: «No, con la mano en el corazón, de los comunistas yo, personalmente, hasta el día de hoy, no he visto maldad (¡tal vez no he visto malos!). Y no los odio a ellos, sino al comunismo. (Hace ya dos años que por todos lados oigo: “¡El comunismo es maravilloso, los comunistas, nefastos!». ¡Me retumba en las orejas!)» Un día viaja en un tren atestado de gente y anota, retratando a la sociedad que ya intuía: «Una sola cosa me consuela: sacar de esta masa espesa a una persona es lo mismo que sacar de una botella el corcho sin sacacorchos: es impensable».

Por último, Vasili Rózanov, epítome del escritor reaccionario y una de las mentes más extraordinarias que dio la Rusia del cambio de siglo, escribió, retirado a una ciudad de provincias, El Apocalipsis de nuestro tiempo (tr. de Jorge Ferrer, Acantilado, 2017), un sofisticado artefacto donde lee el fin del Imperio ruso en clave apocalíptica. No se trata de un diario en sentido estricto, sino de un libro que Rózanov, que morirá en febrero de 1919, va escribiendo y vendiendo por fascículos a medida que caen las columnas que sostienen el techo del imperio. Es su particular relato de la revolución, donde escribe: «La antigua Rusia se destiñó en apenas un par de días. En tres jornadas, cuando más. (…) Es sorprendente cómo se hizo añicos toda de golpe, hasta en sus detalles más mínimos. (…) Ha sido cosa de tres días y puede que hasta de dos. Desapareció el imperio, desapareció la iglesia, desaparecieron el ejército y la clase trabajadora. ¿Y qué ha quedado, entonces? Por extraño que parezca, no ha quedado prácticamente nada».

Cien años después, fenecido ya el imperio soviético y con Rusia envuelta en los vapores de su restauración, la lectura de los diarios contrarrevolucionarios escritos en los primeros años de la Revolución de octubre resulta una experiencia deliciosamente revolucionaria.

Jorge Ferrer, Escritor, periodista y traductor literario.

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