Frankenstein participa de los rasgos de la novela epistolar, lo que supuso un gran acierto de Mary Shelley porque le permitió innovar en la literatura sobre monstruos. En la novela encontramos el cruce de cartas entre distintos corresponsales, pero incluso cuando deja de haber cartas sigue existiendo una clara polifonía porque vemos a un personaje contando su historia a otro. El capitán Robert Walton escribe a su hermana para contarle lo que el científico Victor Frankenstein le ha contado, una historia que él mismo puede completar gracias a las cartas que recibe de su padre y de su prima (y luego esposa) Elisabeth Lavenza. La criatura supuestamente monstruosa tiene también la oportunidad de contar su versión de los hechos. Es un momento clave en la novela. Mary Shelley se mete en la cabeza del monstruo y le pregunta cómo se siente uno siendo un monstruo. Cuando el lector conoce esta versión de la historia, empiezan las dudas: ¿quién es el monstruo aquí? La criatura podría haber sido considerada un hijo, o un amigo, pero nadie es capaz de ver más allá de su desagradable aspecto físico y la convierten en un monstruo. El gesto puede se interpretado como una invitación a que reflexionemos sobre nuestra manera de relacionarnos con los demás, con el otro, con el que es distinto a nosotros. No hace falta decir hasta dónde podríamos llegar tirando del hilo de esta reflexión.frankensteinAdemás de la vinculación con el género epistolar, hay que destacar la relación de Frankenstein con otros géneros literarios. De hecho, la novela demuestra que se pueden producir cambios en la clasificación genérica de una obra a lo largo del tiempo. Al principio pudo ser vista como un ejemplo de lo que acabaría siendo la ciencia ficción, pero hoy ya solo podemos verla como literatura fantástica, pues la creación de un ser humano a partir de los postulados científicos dominantes a finales del siglo XVIII, época en la que se sitúa la acción de la novela, nos parece inconcebible. Si tenemos en cuenta los avances que entonces logró el galvanismo, pudo resultar verosímil imaginar que, en poco tiempo, la ciencia lograría descubrir el principio de la vida. De hecho, lo normal fue suponer que la criatura de Victor Frankenstein había surgido a partir de algún experimento parecido a los que realizó Luigi Galvani para lograr la estimulación muscular a través de la aplicación de corrientes eléctricas, pero lo cierto es que el galvanismo no aparece citado en la obra en ningún momento.


Ya en el prólogo de la novela queda claro que, aunque algunos científicos de la época consideraran que el hecho central de la historia no era “del todo imposible”, la autora no creía en “semejantes fantasías” y no les confería ni siquiera “un mínimo de credibilidad”. De modo que, para ella, la obra no encajaba tanto en el ámbito de la ciencia ficción como en el de lo fantástico. No podemos olvidar que la propuesta hecha en Villa Diodati (de donde nació también El vampiro, de Polidori), había sido provocada por la lectura de cuentos de fantasmas, y Mary Shelley confiesa en el prólogo de su novela: “Aquellas narraciones despertaron en nosotros un deseo juguetón de emularlas”. Así que la intención del grupo era imitar aquellas historias de fantasmas que los ayudaron a sobrellevar un verano inhóspito. Cuando se imita un género, lo lógico es que el resultado sea una obra con vocación de reproducir los rasgos genéricos que entran en juego. Que Mary Shelley escogiera un tema de base científica solo demuestra que las conexiones entre la ciencia ficción y el género fantástico han sido siempre muy estrechas, pues los autores de literatura fantástica han estado muy atentos a los avances científicos para incorporar nuevos temas en sus obras y revitalizar así el género. Lo fantástico en su versión gótica entró pronto en una fase de agotamiento por culpa de la reiteración de unos mismos tópicos y Mary Shelley buscó su propia solución literaria. Mezcló ingredientes góticos con ingredientes científicos y otorgó a la mezcla un tratamiento verdaderamente original. Hizo de Victor Frankenstein un científico bastante peculiar, con una formación ecléctica basada no solo en investigaciones modernas de química, anatomía fisiológica y filosofía natural, sino también en los trabajos de Cornelio Agrippa, Alberto Magno o Paracelso, autores que quedaban muy lejos de los principios racionales de la Ilustración. El género fantástico nos ha ofrecido otros científicos con este mismo perfil extravagante (como el Dr. Jekyll o el invisible Dr. Jack Griffin), y ninguno es considerado representante de la ciencia oficial de su época, de ahí que sus experimentos tengan un resultado fantástico que escandaliza a todo el mundo. El escándalo ante lo imposible, ante lo que se considera monstruoso o sobrenatural, indica que los autores se han acercado a la ciencia ficción, pero han trasladado lo científico a otro ámbito literario, donde desempeña una función distinta. En el caso de Victor Frankenstein, él mismo cuenta cuál fue su reacción al ver por primera vez lo que había conseguido con sus investigaciones: “¡Ay!, ningún mortal podría soportar el horror que inspiraba aquel rostro. Ni una momia reanimada podría ser tan espantosa como aquel engendro”. Aquí lo científico actúa solo como telón de fondo para otorgar verosimilitud a lo fantástico. Su función no es la de racionalizar unos hechos aparentemente misteriosos, como ocurre en la ciencia ficción, sino lograr que el horror o la inquietud aumenten.


El optimismo científico de la época, que alimentó la esperanza de descubrir a corto plazo el origen de la vida, contribuyó a que la historia de la creación de un ser humano resultara creíble; sin embargo, no podemos olvidar que, con la excusa de evitar las implicaciones morales de fondo, en la obra no se ofrecen detalles sobre el experimento, de modo que al lector se le escamotean los ingredientes verdaderamente científicos. Cuando Victor Frankenstein adivina en los ojos de su amigo Robert Walton el deseo de conocer su secreto, le advierte: “no puede ser: escuche con paciencia mi historia hasta el final y comprenderá entonces mi discreción al respecto”. Sin pruebas científicas, lo único que queda es el cruce de una frontera imposible: la que separa la vida de la muerte. La criatura se crea a partir de material inerte encontrado en cementerios, salas de disección y mataderos, de modo que la idea de una resurrección de lo muerto queda latente en el texto. En otras palabras: Mary Shelley acudió a la ciencia para crear su propio fantasma. De eso iba la propuesta de Villa Diodati.

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