El viaje ha sido muy rico porque hemos recibido casi un centenar de cartas de apoyo. Cartas de rectores de universidades, catedráticos y profesores, poetas, filólogos, hispanistas, periodistas, escritores galardonados con premios de alto prestigio: el Cervantes, el Príncipe de Asturias, el Reina Sofía de poesía o los premios Nacionales de literatura, narrativa, fotografía, música, poesía, traducción, diseño y periodismo; exministros, exalcaldes, diplomáticos, editores, revistas culturales, médicos, investigadores, científicos, un medallista olímpico, un muy admirado bailarín y hasta dos obispos. De otros países han llegado apoyos desde Roma, Salerno, Nápoles, Milán, Turín, Berna, Chicago, Atlanta, Washington, Vilnius, Lisboa, Bogotá y Montgermont (Francia).

A todos agradecemos mucho su aliento y sus palabras, esas sí, combustible nuclear de nuestro motor. La que sigue es una muestra (solo una parte: no damos nombres porque el agradecimiento es para todos) de las cosas bellas que nos han escrito. Si se lee con música de gaita suena como el premio.
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Si hoy podemos sentirnos hijos de un país culto, libre y civilizado, es porque otros nos entregaron generosamente el espíritu de la cultura española y su legado humanista. Y, en esa labor honesta, hemos visto trabajar a todos aquellos que hicieron y hacen posible la revista El Ciervo.
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El Ciervo fue desde el principio una ventana abierta al mundo de la tolerancia religiosa, vinculándose al universo cultural de su tiempo en su más amplia realización (filosofía, moral, antropología, literatura, estética,…) y por tanto luchando por evitar el cisma entre razón y fe, religión y cultura, ciencia y creencias, catolicismo y modernidad.
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Ha sido una práctica insoslayable de El Ciervo la aportación de razones, el beneficio de la duda y el intercambio civilizado de opiniones siempre respetadas y respetables.
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El Ciervo es un referente para los periodistas españoles porque comenzó su andadura durante el franquismo defendiendo valores democráticos, cristianos y de sensibilidad hacia la lengua catalana a pesar de ser publicada en español, y fue capaz de mantener ese posicionamiento incuestionable durante más de medio siglo.
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Exhibe asimismo, como otra seña de identidad no menos sustancial, una apuesta por un cristianismo abierto a la realidad histórica que nos envuelve. El Ciervo podría definirse como valioso ejemplo de un humanismo en su sentido más noble, atento siempre en alentar la dignidad social de los ciudadanos.
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Es un ejemplo de periodismo poco frecuente en nuestro país: fomento de los valores humanos, calidad intelectual, apertura a la creatividad, espíritu crítico sin sectarismo, sentido del humor sin acritud.
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Un referente de la mejor tradición catalana y española de pensamiento y ensayo.
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Expresa la convicción de que en España todos cabemos desde nuestras ideas e identificaciones. De que la construcción de la democracia, el Estado de Derecho y Europa deben constituir guía de nuestro pensamiento y nuestra acción.
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Quiero resaltar que El Ciervo se movía y se mueve, creaba y crea, favorecía y favorece un clima de diálogo, de consenso, de entendimiento social, siempre constructivo, de unidad, nunca de fragmentación ni división.

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70 años defendiendo los valores cívicos, solidarios y humanitarios que son hoy la base de la Europa actual. Desde hace tantos años mantiene el amor a la poesía, que es el honor de la lengua y la defensa de los valores espirituales.
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El Ciervo representa todo eso: el amor a Barcelona, el empeño, la lealtad a las letras y a las humanidades, y en el gesto la humanidad y la discreción (en el sentido cervantino de la palabra). Ya no se hacen revistas de papel. Pero aún viven. Merecen todo nuestro reconocimiento en vida.
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Los autores y lectores de El Ciervo conforman un modo de pensar abierto y amable. (…) es una voz en peligro de extinción. Hoy se ha impuesto un lenguaje que, en cuanto a los contenidos sólo apuesta por lo inmediato, y en cuanto a la forma se abona al ruido. La hondura serena de sus artículos y el tono mesurado de sus argumentaciones convierten a esta revista en un género singular sin apenas comparaciones.
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Es un valor su lealtad a los principios que la inspiraron y la capacidad para fomentar el interés de un público amplio que cubre varias generaciones.

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No quedan muchas plataformas así en la prensa cultural española, y aun diría que en la prensa general. La fidelidad a sus principios y la capacidad de supervivencia durante tantos años indican el tesón de sus fundadores y redactores, pero también la existencia de un público, minoritario pero muy selecto, que espera y confía en un foro de pensamiento como este.
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El Ciervo ha sido fundamental para el encuentro y el diálogo entre las diversas culturas, regiones y nacionalidades que formamos España: pensada en Cataluña, inspirada en Europa y escrita en castellano. Es un símbolo de lo que España necesita hoy.
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No solo es la revista cultural más antigua de España. Es que lleva muchas décadas trabajando por una fértil convivencia española, por ese ideal, tan europeo además, de que vivan juntos los distintos. El premio sería también un emocionante reconocimiento al periodismo veraz, humilde, sostenido, influyente como la gota en la roca, al margen del fogonazo y la (in)cultura del share.
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De manera muy escueta diré que no hay publicación en España que se merezca más el premio.
Muchas gracias, amigos. Sois nuestro premio.

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