Adiós a Salvador Giner  

Adiós a Salvador Giner. Un puntal decisivo de la sociología

Victoria Camps
Filósofa, Catedrática Emérita de Universidad Autónoma de Barcelona

Pese a que Salvador Giner hizo la mayor parte de su carrera académica fuera de España, aquí siempre se le consideró uno de los sociólogos indispensables de nuestro tiempo. Muy joven, se fue a Estados Unidos para realizar el doctorado. Allí conoció y estudió con Hanna Arendt, Friedrich von Hayeck y Edward Shils, en la Universidad de Chicago. Poco después se trasladó a Inglaterra, donde enseñó en las Universidades de Reading, Lancaster y Brunel. Nunca perdió el contacto con la intelectualidad y la academia españolas. Venía con frecuencia, escribía en los periódicos artículos de opinión, dirigía colecciones editoriales, entre otras la colección de Ciencias Sociales de Península, donde, junto a Josep M. Castellet y J.F. Yvars, alumbró una colección de obras de pensadores de primera línea, poco conocidos o desconocidos del todo en los años oscuros del franquismo: Max Weber, George Simmel, Isaiah Berlin, Agnes Heller y una larga lista.

El Ciervo Le conocí personalmente a mediados de los años ochenta del siglo pasado. Le invité a participar en un curso que dirigía yo misma en la Universidad Menéndez Pelayo de Santander. Congeniamos en seguida. Nos unían intereses e inquietudes intelectuales muy cercanas. Las que me habían llevado a leer con fruición toda la obra ya publicada de Salvador sobre la sociedad masa, la sociedad civil, el corporativismo, la estructura de la democracia, por no hablar de su libro más conocido y difundido, Historia del pensamiento social, con múltiples ediciones y manual obligado para los estudiantes de ciencias sociales. Recuerdo con especial cariño un librito titulado El progreso de la conciencia social, que fue para mí una ayuda impagable en la oposición a la adjuntía de Ética y Sociología que tuve que preparar en aquellos años.

En 1989 se instaló en Barcelona tras haber ganado la cátedra de Sociología. Fue a partir de entonces cuando pudo intensificarse la colaboración entre nosotros. Salvador Giner ha sido uno de los últimos sociólogos teóricos, en la línea de los grandes padres de la sociología, como Weber, Durkheim o Talcott Parsons. Aunque no dejó de hacer importantes trabajos empíricos, a instancias de la cada vez mayor demanda de datos y estadísticas, nunca se apeó de la preocupación más reflexiva. Es lo que le acercó a la filosofía y, especialmente, a la filosofía de la moral y de la política que por entonces se estaba desarrollando con energía en nuestro país bajo la batuta de Javier Muguerza, también recientemente fallecido. Por mi parte, tuve la brillante idea de encargarle a Salvador Giner un capítulo de la Historia de la ética que estaba coordinando para la editorial Crítica, sobre las relaciones entre ética y sociología. Digo que fue una idea brillante porque Salvador la acogió con entusiasmo y no sólo escribió un capítulo memorable, sino que el estudio que allí realizó fue el germen de una serie de escritos posteriores que culminaron con la publicación de uno de sus últimos libros: El origen de la moral.

Esta colaboración fructífera entre el saber ético y el sociológico nos llevó a ambos a escribir en 1998 un Manual de civismo. Lo escribimos a lo largo del verano, repartiéndonos los capítulos, con la intención de profundizar en esa actitud tan esencial para la convivencia y la democracia que es el civismo, lo que hoy viene a ser el compendio de las virtudes que la ciudadanía de una democracia que se precie de serlo debería cultivar y practicar. El libro ha tenido varias ediciones. Otro texto conjunto, que tuvo una primera edición en catalán y la segunda en castellano, fue el titulado El interés común. Desarrollaba la convicción que los dos compartíamos de que la búsqueda y construcción de un interés que unifique y cohesione a la sociedad es parte imprescindible de la tarea democrática de sociedades que viven en un perpetuo conflicto de intereses y pasiones.

Trabajar con Salvador Giner siempre fue fácil y era, al mismo tiempo, una diversión. Al atractivo de su saber y buen criterio se añadía un talante cordial, amable, irónico y entusiasta. Fue un puntal decisivo de la sociología y de la intelectualidad para nuestro país y para nuestro tiempo. Le debemos ahora mantener su impronta y su memoria.