¿Algún estadista libre?  

¿Algún estadista libre?

Jaume Boix

Como en la atmósfera o en los mares, en la vida política a veces se forman turbulencias que amenazan con engullirlo todo. Ahora mismo, a finales de la segunda década del siglo XXI, parece que el mundo nos arrastra hacia el embudo de uno de esos ciclones y habría que moverse ya porque, aunque con riesgos, del vórtice salir se sale. Decía en una imagen muy plástica Juan Francisco Esplá que el toreo es el arte de convertir en centrípeta la fuerza centrífuga que el toro genera en el ruedo con su movimiento circulante. Penetrar en el torbellino para reconducir o disipar esa energía requiere –el valor se da por supuesto– conocimiento, oficio y prudencia. A quien tiene esas virtudes en el mundo de la tauromaquia se le llama o llamaba maestro. En política, estadista. El primero es una especie en extinción. El segundo, se diría que extinguida.

Los estadistas, en efecto, ¿dónde están? Se necesitan con urgencia. ¿Qué estímulo más grande puede tener todo maestro, y todo aprendiz, sino el de lanzarse en cuerpo y alma a resolver los problemas, cuanto más difíciles mejor? Pues bien, tenemos a la vista problemones de enjundia, líos de todo (y tanto) género, tsunamis de varia magnitud, el tablero a punto y las piezas listas para empezar a resolver un apasionante puzzle…, pero una dirigencia política a la que, en conjunto, con benevolencia se puede llamar débil, mediocre o floja.

El CiervoTrump es un republicano bananero, un neurasténico al que incluso voces de su partido piden incapacitar. No es ni puede ser un estadista porque considera al estado su enemigo y se declara, ya ven qué cosas, antisistema. Lo peor es que tiene muchos adeptos. Digo aquí, no solo allí donde le votan. Gente que ahora ya se atreve a decir cada vez más alto que tiene como ejemplo a ese Donald mucho más peligroso que el pato, del mismo modo que antes tuvo a Berlusconi, otro ídolo de los que aman el dinero como a sí mismos o todavía más. El éxito para Moscú, Washington y Pekín en la operación de desprestigio de Europa que representa ya el Brexit ha dejado claro lo frágil que es la Unión y la preocupante escasez en reservas de materia gris que almacena. ¿Dónde están los estadistas que han de evitar que el más valioso proyecto del mundo acabe como un parque temático o una ruina arqueológica? Rusia ampliando por las bravas sus fronteras. China y Japón repartiéndose África. Sudamérica volviendo a la inestabilidad y la agitación...

Y por aquí, tres cuartos de lo mismo. Hasta no hace mucho, ¿recuerdan?, tuvimos estadistas: el rey Juan Carlos, Suárez, Felipe, Carrillo, Fraga, Roca... ¿Cuál de los actuales dirigentes, del Rey abajo, resiste una comparación con ellos? Recortemos y aparejemos sus figuras: ¿qué hicieron aquellos y qué hacen estos? ¿Qué construyeron unos y qué otros? Hay una alarmante falta de rigor histórico y una incuria intelectual y política en esa moda creciente de querer acabar con lo que llaman despectivamente el régimen del 78. Una moda a la que se apuntan partidarios de la España roja, de la España rota, de la antes roja que rota, de la una, grande y libre (libre de rojos, rotos, inmigrantes, elegetebíes, faranduleros, vicetiples y demás chusma de mal vivir).

¿Dónde están hoy los estadistas capaces de reconducir el desatino de los que abogan por finiquitar el régimen por el que España “se constituye (art. I) en un Estado social y democrático de derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”? ¿Qué es, tras 40 años de éxito, lo que molesta de este Estado? A unos que sea social, es decir que intervenga en el ámbito familiar, social, laboral y cultural y obligue a pagar impuestos para atender a la salud y la enseñanza públicas, a los parados o los pensionistas. A otros que sea de derecho, es decir que impere en él la ley, democráticamente acordada, que impide por ejemplo romper la baraja cuando uno quiera en virtud de un imaginario derecho a decidir. A algunos, que este Estado descentralice su administración en autonomías con amplias competencias y que proteja la libertad, la igualdad y los derechos civiles de minorías sociales, culturales, nacionales, sexuales o religiosas. Para unos demasiado, para otros demasiado poco. A algunos más también les molesta que la forma política que adopta sea la monarquía parlamentaria y no una república, aunque no dudan en proclamar como ejemplos a seguir al Reino Unido, Noruega, Dinamarca, Holanda o Suecia, todas ellas monarquías.

En medio de este ruidoso vendaval necesitamos estadistas que sepan vencer los malestares y reconvertirlos en energías positivas, que debatan, dirijan y actúen con razón, argumentos, perspectiva histórica, visión de futuro a largo plazo y no dejen que relatos fantasiosos o falsarios se impongan frente a los datos de una realidad que son muy favorables al injustamente denostado régimen. Pues resulta que, un año más, el Índice de Democracia Anual ( The Economist Intelligence Unit EIU, 2019 ) que analiza la calidad democrática de 167 países mantiene a España entre las únicas 20 llamadas “democracias plenas”, un privilegio del que, por desgracia, solo goza el 4,5% de la población del mundo –repitámoslo: el 4,5%, entre ella estamos– y por encima de vecinos como Francia, Portugal, Italia, Bélgica o Estados Unidos.

¿Dónde están los estadistas? Si conocen alguno, avísenlo, que tendrá mucho trabajo y bueno por hacer. O también podemos buscarlos fuera porque, como cuentan muy bien en este número los artículos del premio El Ciervo-Enrique Ferrán, vamos a necesitar cada vez a más y mejores inmigrantes. Pues que entren ya.