Canadiana, sí que es pot  

Canadiana, sí que es pot

Jaume Boix

Durante años en Cataluña se hablaba de Quebec más que de Ítaca. Ahora se habla mucho más de Canadá y parece que Quebec solo atrae a nostálgicos de las viejas ciudades amuralladas. Puede que el hundimiento electoral de los separatistas quebequeses tenga algo que ver con el silencio presente de antiguos propagandistas. El caso es que por un motivo u otro Canadá siempre está de moda y los canadienses suelen caer bien a casi todo el mundo, quizá porque se les reconoce el mérito de haber sabido construir un país próspero en medio de una naturaleza tan grandiosamente bella como hostil. Otras razones explican el atractivo de Canadá, la simpatía y aun envidia que despierta. Las expone con gracia, vivacidad y lucidez Juan Claudio de Ramón en su obra Canadiana (Debate 2018), libro indicadísimo para conocer la principal razón de aquel gran país, su digamos razón de ser.

Canadiana no es una guía de viajes, aunque también lo es porque el autor se mueve de costa a costa y sabe comunicar la esencia de los inmensos territorios que va cruzando, desde la placidez oceánica de Vancouver hasta los témpanos de Terranova y Labrador. Es en parte un libro de aventuras, el canto épico que sugiere el título a la conquista de tierras, de aguas y de hielos, las hazañas y naufragios de navegantes árticos en busca del paso del Noroeste, el comercio de pieles, la caza de castores (y de indios, que en toda historia hay claroscuros), la guerra colonial con los vecinos republicanos del Sur y los católicos francos del Este, el tendido del ferrocarril hacia el Oeste a través de praderas inmensas donde reinan los bisontes (y el petróleo) o los avatares de la tardía independencia y la constitución federal.

El CiervoEl libro es también el relato de un viaje íntimo, el dietario de un descubridor que aprovecha su estancia de cuatro años como joven diplomático para completar su formación. Esta parte ensayística del texto el autor la incorpora a su narración de una manera fluida y natural. Sus reflexiones no interrumpen, sino que enriquecen la crónica de su vivencia del Canadá –la nieve, blanda, callada pero peligrosa y sucia, el rojo del arce otoñal, la pasión por el hockey, los laberintos subterráneos de Montreal o Toronto, el urbanismo disperso en casas unifamiliares y el concentrado junto a los rascacielos de Mies en Toronto, ciudad con la mitad de sus habitantes nacida fuera del país y hoy la más dinámica, llena de jóvenes de todos los colores y acentos, que De Ramón ve como esperanzado anuncio de un mundo mejor.

A la buena convivencia de los canadienses dedica un interesante capítulo, “El país de las segundas oportunidades”, que da a la vez subtítulo al libro y explica por qué funciona con éxito el experimento que supera las teorías sobre multiculturalidad e integración: porque apuesta por el estado del bienestar al entender que “es la desigualdad social la que abona las diferencias y no al revés; y que hay que ser estrictos en lo fundamental y tolerantes en lo accesorio”. ¿Qué es lo accesorio? “Canadá –asegura– es el primer país que ha comprendido que una sociedad inclusiva no es la que acepta acríticamente cualquier tradición cultural que un inmigrante trae en su maleta sino la que pone alto el listón de lo que se propone excluir, porque sabe que al excluirlo elimina un incentivo para que el inmigrante se sienta un miembro más de la comunidad política de llegada. En verano de 2016, mientras Europa se desquiciaba por la presencia de unas pocas mujeres que tapaban pudorosamente su cuerpo en las playas (con el burquini), Canadá decidía que una musulmana podía ejercer de Policía Montada tocada por un velo y se enorgullecía de que su ministro de Defensa luciera su vistoso turbante sij”. De este modo, espera Juan Claudio de Ramón, “los 15.000 refugiados sirios que Justin Trudeau ha recibido sin oposición parlamentaria ni contestación de la calle, estos sirios salidos del infierno serán mañana orgullosos canadienses”.

Y mucho interés tiene también el epílogo, “Canadá como modelo para España”, escrito ya en Roma, actual destino del autor. De Ramón desmonta la falacia, el tópico –casi consigna hoy, basada en la ignorancia– de la supuesta e injustificada bondad de los referéndums para arreglar asuntos serios y defiende el modelo de nación cívica del ex primer ministro Pierre Elliot Trudeau. Trudeau padre, dice, “creía que no habrá paz en el mundo hasta que la nación deje de ser la base del Estado”, y de ello deriva el autor que “el Estado del futuro debe abandonar cualquier resabio etnocéntrico y cumplir la promesa de que los seres humanos somos capaces de articularnos en sociedades fundadas en los valores y las leyes que los plasman y no en rasgos étnicos que compartimos, incluida la lengua. Eso en España se traduce en que tenemos una lengua común (a la que sería una locura renunciar) pero no una lengua nacional, sino cuatro lenguas nacionales que el Estado debe promover y cuidar”. Propone hacerlo mediante una ley de Lenguas Oficiales que ordene las obligaciones lingüísticas de todas las administraciones y los derechos de todos los ciudadanos. Y es así como hablando de Canadá salta de nuevo para España una idea seria, la más positiva e inteligente que hemos visto aquí en los últimos años. Va siendo hora de hacer caso a sus promotores, entre ellos el autor de Canadiana.

¿Podemos hacer algo parecido a lo que ha hecho Canadá? ¿Podemos dejar de maltratar las lenguas como la maldición de Babel y usarlas, por favor, para entendernos, el catalán para dar a conocer, acercar, amar, apropiarse y disfrutar de España, y el castellano para dar a conocer, acercar, amar, apropiarse y disfrutar de Cataluña? Canadá ha podido. Sí que es pot.