Cinco miradas  

Artículo ganador del 44 Premio El Ciervo-Enrique Ferrán: Cinco miradas


Marta Bueno Saz
Física

Podría repasar mis apuntes de Dinámica de la Atmósfera y centrar el texto en las causas de tantos fenómenos naturales extremos: lluvias torrenciales, huracanes, olas de calor… Soy física y confío en mi formación para comprender las consecuencias del abuso de energías fósiles, de la disminución en el espesor de la capa de ozono o de la pérdida de masa de hielo en los polos. Incluso sería capaz de recuperar de la memoria herramientas matemáticas para interpretar estadísticas y gráficas sobre el clima. Además, la excusa del repaso me serviría para rescatar del trastero los vinilos de música antigua que fueron la banda sonora de mis horas de estudio. En ese contexto musical vuelven con frescura y claridad conceptos como gradiente, longitud de onda, refracción o fuerza de Coriolis y con ellos voy al origen de la alarma medioambiental del planeta. Con todo ese arsenal leo investigaciones sobre el clima y soy consciente de que estas se basan en datos reales y de que las conclusiones son determinantes. El cambio en el clima es una evidencia y sus consecuencias auguran la asfixia del planeta. Este enfoque científico es conciso: la Tierra está en alerta roja.

El CiervoComo también soy pedagoga podría enfocar el desastre climático desde una perspectiva social. Existen situaciones tan impactantes como las migraciones climáticas que llenan de incertidumbre las vidas de muchas personas que paradójicamente son las que menos han contribuido al estado de emergencia climática actual. Mezclo imágenes de cantidades ingentes de basura en Ghana con las de peces rellenos de plásticos como si de pavos tóxicos se tratara y recuerdo clases con debates encendidos sobre intereses económicos obscenos de importantes empresas, arrasando especies, falseando información. Me lo contaron en Pedagogía Ambiental, obligatoria de segundo, hace ya siete años y hoy estas noticias siguen en plena actualidad. La devastación de muchas geografías a causa del cultivo de palma o de pasto para ganado vacuno, la escasez progresiva de agua potable o la pérdida de masa forestal podrían ser charlas actuales de sobremesa como lo fueron hace un tiempo en la cafetería de la facultad. Sin embargo, lo mejor de mis estudios de Grado fue darme cuenta de que estamos en posesión de la herramienta más poderosa para promover un cambio sostenible: la educación. En mi profesión como docente la he utilizado inconscientemente y es ahora cuando entiendo que educar es formar personas críticas, libres, capaces de eludir sesgos y manipulaciones, humildes para seguir aprendiendo y contribuir así a que esta sociedad sea cada vez mejor.

También podría tratar la emergencia climática desde una perspectiva de género y reivindicar la visibilidad de mujeres que no tienen voz en cumbres sobre el clima, observadoras directas de la tierra agonizante que da de comer a sus hijos. Es evidente que la falta de oportunidades de ciertos colectivos para acceder a una educación básica perpetúa su situación de pobreza. Este suelo pegajoso es más fuerte en las niñas y mujeres de países desfavorecidos, más expuestos a desastres climáticos. Las mujeres están atrapadas en una labor asistencial que se extiende al cultivo de la tierra para alimentar a su familia, a la búsqueda de agua potable, a la recolección de combustible, al cuidado de niños, ancianos, discapacitados y enfermos y a la gestión de la economía doméstica. No es fácil ponerse en su piel y menos imaginarlas en situaciones extremas. Sería deseable que fueran escuchadas en reuniones locales, en encuentros nacionales e internacionales dedicados a promover un desarrollo sostenible. Compartirían su conocimiento de la tierra, del cambio en las cosechas, de las sequías prolongadas o de la ausencia de estaciones. Tendríamos una información directa muy valiosa y la posibilidad de cooperar para optimizar soluciones. Otra vez surge la educación como derecho y herramienta para el cambio.

¿Podría haber escrito mi texto desde mi papel de madre? Habría sido un buen enfoque y me daría la oportunidad de anticipar unos cuantos futuros. Me atrevo a pronosticar uno esperanzador. Confío en la sensatez de nuestra especie. Deseo para mis hijos un planeta verde, azul, habitable, en el que todos los que vienen detrás continúen buscando soluciones. Al menos heredarán la energía con la que nosotros insistimos en paliar errores, modificar inercias y asumir compromisos.

Como además soy invidente, no sería extraño reflejar en mi escrito una perspectiva medioambiental desde la fragilidad de algunas especies. Es cierto que yo soy afortunada aún sin uno de mis sentidos porque tengo una familia, una vivienda, alimento, agua y, en definitiva, un entorno confortable y seguro. De cualquier modo, mi intuición se agudiza y mi percepción del peligro está condicionada por mi discapacidad visual. Sabemos que las especies de árboles de alta montaña más vulnerables son las que antes desaparecen a causa del calentamiento global. Me siento valiosa al compararme con estos árboles porque son cruciales para mantener el equilibrio del ecosistema. Las simulaciones en cadena de especies de estas altitudes demostraron que el sistema colapsa cuando desaparecen algunas especies clave como estos árboles que son frágiles y sensibles a los cambios en el clima. El ejemplo puede parecer pretencioso, pero no es más que otra evidencia de la gran riqueza de la biodiversidad. Todas las especies son imprescindibles. Ocurre igual en nuestra especie donde podemos cambiar la palabra biodiversidad por neurodiversidad que sugiere personas únicas y distintas, con dignidad y con derechos. Es maravilloso saber que podemos aprender durante toda nuestra vida y afrontar desafíos.

Aparece de nuevo mi vocación de educadora y se mezcla con mi curiosidad científica para dar forma a un compromiso recién estrenado: compartir lo aprendido. Me gusta escribir sobre ciencia con palabras transparentes, amenas y rigurosas que acerquen al lector estudios y conclusiones. Así, como divulgadora, una perspectiva global del estado actual de la Tierra en peligro sería la más adecuada. Confío en haber aportado mi granito de arena como física, como pedagoga, como madre y como mujer con un sentido menos pero con otras capacidades para intentar mejorar este fascinante punto azul.