Cómo fortalecer la democracia  

Cómo fortalecer la democracia


Marcos López Carrero
Artículo ganador de la 45 edición del Premio El Ciervo-Enrique Ferrán


Fortalecerla porque el auge de los populismos en el mundo parece que la está debilitando. Fortalecerla porque su robustez y su buena salud es lo que impedirá el crecimiento del populismo. Cómo hacerlo es la pregunta que planteamos en el 45 Premio El Ciervo Enrique Ferrán de artículos y ha obtenido una gran respuesta, señal de que el asunto preocupa. Para abrir este Trasfondo hemos pedido la colaboración de dos reputados politólogos con libros aún calientes, Daniel Innerarity y Josep M. Colomer. Sus reflexiones se suman a las del artículo ganador y los tres finalistas de la convocatoria de 2020 del premio al que han concursado 204 artículos de 15 países.

El CiervoLa gente es feliz cuando opina. Disfruta. Y eso está bien. Lo está porque el que los ciudadanos puedan expresarse libremente constituye una de las más evidentes muestras de civilización, la quintaesencia de la democracia moderna. Pero, ¿realmente es tan inocuo como parece que todos opinen cómo y cuánto quieran?

Platón, que veía en la democracia un sistema emponzoñado al que culpaba de la muerte de su maestro, ponía en boca de Sócrates estas palabras: ‘si la ciudad necesita acometer obras públicas se manda llamar a los constructores […]. Y si algún otro al que ellos no tienen por experto intenta darles consejo, reirán y patalearán hasta que el que se propone hablar se marche abucheado’. En cambio, cuando de política se trata, ‘sobre esto les aconseja el que se levanta, da igual que sea carpintero, herrero, zapatero […], rico o pobre, noble o villano’.

Así pues, ya en la Grecia clásica se sugería abiertamente lo que filósofos recientes también han convenido en señalar. Sirvan de ejemplo las reflexiones de Richard Rorty, que allá por los noventa hablaba de cómo la democracia siempre había antepuesto la libertad a la verdad. Y es precisamente ahí donde encontramos la que pasa por ser una de sus más acuciantes amenazas: la posverdad, un fenómeno que avanza implacable ante una ciudadanía complaciente y ante unos políticos cuyas continuas y evidentes mentiras parecen no amenazar ya su poder.

Se proclama que nuestros tiempos son también los de las fake news, y con ello se pretende difundir —a mayor gloria de estas últimas— que la verdad ha perdido la batalla y caído en el olvido. Y reconozcámoslo, ya no nos importa si algo es cierto o no, solo si efectivamente lo sentimos como tal. De eso se valen los populismos, de la libertad que todos tenemos en democracia y que muchos usan para opinar una mentira y contársela orgullosos al mundo.

Se nos plantea de este modo un controvertido dilema: ¿hemos de permitir que cada cual ejerza su libertad como le plazca, que se deje engañar, que engañe incluso?, ¿o por el contrario debemos entender la verdad como un valor coactivo e incontestable que impida a populistas e ilusos negar lo evidente? En nada le afecta a uno que el prójimo decida vivir en la inopia o creer en falacias que sus emociones juzguen como más benevolentes que la realidad misma. Pero no nos equivoquemos, la libertad de hoy bien puede tornar en la tiranía del mañana. En ningún caso, nos decía la filósofa alemana Hannah Arendt, resulta admisible desdibujar ‘las líneas divisorias entre hechos, opinión e interpretación’. Porque si lo hacemos, o mejor dicho, si permitimos que otros lo hagan, asistiremos a la institucionalización de una mentira indistinguible ya de la verdad. Los hechos se destruirán entonces a la vista de todos en un espacio público cada vez más contaminado del que se expulsará al disidente condenándolo a una especie de ostracismo posmoderno. Es allí hacia donde caminamos, y lo más alarmante de todo es que pensamos que así defendemos la democracia y evitamos su censura, que el populismo y la posverdad no pasan de ser incómodos hábitos con los que hemos de convivir, algo menos que el precio de la libertad. No podríamos estar más equivocados, o quizá sí, pero eso es algo en lo que preferimos no pensar.

El destino al que una libertad mal entendida puede conducirnos no es otro que el colapso final de la democracia. Un riesgo urgente que acabará convirtiéndose en hado inevitable si permitimos que el debate público continúe polarizándose sin que hagamos otra cosa más que sonreír ante nuestra propia perdición. Así, corremos el riesgo de que verdad y libertad entren en una dinámica autodestructiva que acabe por quebrar todo espacio común. Si hoy, haciendo gala de una pretendida libertad ilimitada, permitimos que la verdad, que los hechos mismos, sean ignorados, despreciados, tildados de fútiles hasta por nuestros propios representantes, no serán pocos los valores que acabarán discurriendo por idénticos derroteros. Jamás hemos de caer en la tentación de justificar el engaño y la mentira política en la libertad, porque esa libertad, esa idea de libertad, acabará devorándose a sí misma y, con ella, también a las democracias de las que tan orgullosos nos sentimos.

De este modo, y aunque pueda parecer paradójico —probablemente lo sea—, el único modo de proteger la democracia es repensando nuestro concepto de libertad, pues los límites que ahora le impongamos servirán para preservarla en el futuro. Recortar este valor, convertirlo en militante, se antoja necesario para frenar los efectos que ya a día de hoy la posverdad, la falacia irreverente y la omisión de la verdad están provocando en la esfera y en el debate público. No podemos permitir que la sociedad renuncie libremente a la libertad de igual modo que no podemos permitir que la democracia se autodestruya democráticamente.

El contrato social en el que se encontraron los primeros hombres respondía a la necesidad de salvaguardar una libertad que creían en riesgo. Hoy, la mentira que la sociedad ha amparado y de la que el populismo es sólo uno de sus muchos ejemplos, se cierne sobre ella trémula y amenazante. La democracia es el imperio de la opinión, sí, y no podemos esperar que los ‘arqueros arrastren fuera’, como decía Platón, a quien hable sobre política y no demuestre ser lo suficientemente versado para ello. Pero el riesgo de degeneración que nuestros sistemas corren, de colapso incluso, es una realidad cierta. Y si realmente queremos protegerlos no podemos hacer más que concienciar sobre la irremediable distinción entre la verdad de las cosas y las opiniones de los ciudadanos, porque la libertad no ha de ser nunca el refugio de la mentira. Hace tiempo que salimos de la caverna, hace tiempo que dejamos atrás las sombras, y sólo una libertad militante que privilegie el conocimiento y que se halle a salvo de malos usos evitará que volvamos a ellas.