Concepción Arenal, ayer y hoy  

Concepción Arenal, ayer y hoy


Anna Caballé
Responsable de la Unidad de Estudios Biográficos, facultad de Filología Hispánica, UB y una de las dos comisarias de la exposición Concepción Arenal, La pasión humanista, en la Biblioteca Nacional de España.

Con motivo del bicentenario de Concepción Arenal (Ferrol, 1820- Vigo, 1893) traemos a nuestras páginas la figura de tan insigne escritora y filósofa, gran defensora de los derechos humanos. Una de la comisarias de la exposición abierta en la Biblioteca Nacional de España hasta el 4 de abril, en Madrid, Anna Caballé, nos guía en este recorrido por la vida y la obra de esta pensadora gallega que padeció escaso reconocimiento en su vida, pese a que fue una gran precursora del trabajo social, la defensa de los desvalidos, los presos y las víctimas de la esclavitud de su época.

El CiervoEs probable que doscientos años después de su nacimiento, ocurrido en Ferrol, el 31 de enero de 1820, estemos en mejores condiciones de comprender la personalidad y el alcance intelectual de una escritora, pensadora y jurista cuya historia a todos debería interesarnos. Pues es la de una mujer que vive en el siglo XIX (1820-1893) cuando las oportunidades formativas para las mujeres no es que estuvieran restringidas, es que eran inexistentes. No existía un sistema de educación pública disponible para las niñas y lo cierto es que las jóvenes crecían al albur de una educación ceñida a las cuatro reglas básicas (leer, escribir, contar y rezar), la costura, la cocina y… mucha conversación intrascendente.

Lo denunciaba Carolina Coronado en una carta a Juan E. Hartzenbusch haciendo referencia a su autodidactismo. Para disculparse por buscar consejo en él le dice: “Nada estudié sino las ciencias del pespunte y el bordado del encaje extremeño que, sin duda, no es menos fatigoso que el código latino”. En otra carta ya es más crítica con su entorno: “Mi pueblo [Almendralejo] opone una vigorosa resistencia a toda innovación en las ocupaciones de las jóvenes, que, después de terminar sus labores domésticas, deben retirarse a murmurar con las amigas”. Más adelante escribiría su conocido poema “La poetisa en un pueblo” donde recogía la atmósfera social con la que solía tratarse a las llamadas despectivamente “poetisas”, mujeres que hacían versos, que no poetas: “¡Ya viene, mírala! ¿Quién?/ Esa loca que saca las coplas/ Jesús, qué mujer tan rara. / Tiene los ojos de loca.”

Podríamos ocupar todo el artículo dando cuenta, una cita tras otra, de esa ignorancia domesticada, la más larga, por cierto, de las sufridas por cualquiera de los colectivos que han visto sus derechos más elementales conculcados a lo largo de la Historia. Afortunadamente esto quedó atrás en buena parte de nuestro mundo, pero es importante recordar que era una experiencia cotidiana hasta fechas relativamente recientes.

FEMINISMO INTELECTUAL

Lo que quiero decir es que la exigencia de una educación que pudiera estar a la altura de un colectivo que se consideraba en el XIX profundamente agraviado, injustamente marginado de un derecho fundamental fue una reivindicación neta de las escritoras decimonónicas —apenas participaron otros grupos sociales, más allá de las literatas— y en mi opinión ese fenómeno caracteriza al feminismo español respecto de la emergencia del resto de feminismos europeos: en España el feminismo, y aquí entiendo por tal la conciencia de vivir una situación de marginación de importantes esferas de la vida, no tuvo en nuestro siglo XIX una base social, solo intelectual.

Porque las escritoras románticas sí clamaron, y lo hicieron por primera vez colectivamente, por el derecho a recibir una instrucción que les ofreciera alguna garantía para su desarrollo personal y profesional. Y viendo las cosas en perspectiva resulta conmovedor, pero también un tanto triste, comprender la pérdida de tiempo que les ha supuesto a las mujeres tener que defender unos derechos elementales. Se han malgastado muchísimas energías elaborando argumentos defensivos que sirvieran para contrarrestar la formidable resistencia que oponía la sociedad a su desarrollo y autorrealización. La resistencia a aceptar una mirada sobre el mundo que no fuera la masculina. Un ejemplo de esa resistencia lo tenemos en la propia recepción de la obra de Arenal. Cuando se publica su Ensayo sobre el derecho de gentes, en 1879 se hace con un extenso prólogo escrito por su amigo Gumersindo de Azcárate. No se sabe por qué para ensalzar la actitud de Arenal tiene que humillar al resto de autoras:

“Sólo la circunstancia de ser este libro obra de una señora, puede explicar que lo presente al público el autor de este prólogo a quien debía presentarle a él en todas partes y a toda clase de lectores. Doña Concepción Arenal no es una de esas novelistas ó poetisas contra las cuales está prevenida la sociedad en general y el sexo fuerte en particular; no es una de esas escritoras que ni retiradas a vivir extrañas a la vida del pensamiento, ni resueltas a seguir a los varones por este camino, se contenta con navegar entre dos aguas cultivando esos géneros de literatura fáciles y como intermedios”.

Distinguirá a Arenal del resto de autoras contra las cuales está prevenida la sociedad y especialmente el sexo fuerte. La cita no tiene desperdicio por lo que revela del subconsciente masculino al ver la creación femenina como una amenaza de la que hay que prevenirse y protegerse. Como señala Gerda Lerner, la larga exclusión femenina del mundo del conocimiento afectaría a la autopercepción de las mujeres.

La propia Concepción Arenal se muestra confusa en relación consigo misma: en su poesía se presenta como un joven imberbe y ajeno al sexo, pero vestido con pantalones y leyendo libros. En su prosa doctrinal escribe apropiándose de una voz masculina, como lo hicieron otras mujeres de su tiempo por entender que el masculino era el sujeto universal —nuestra Real Academia sigue en ello en sus trece—, y dándose en el caso de Arenal cuando utiliza el nosotros la paradoja de una escritura cuyos temas y planteamientos no concuerdan con la voz empleada. También su primer trabajo importante lo firmaría, en 1861, utilizando el nombre de su hijo mayor, Fernando, que tenía 10 años.

En definitiva, la confusión de las escritoras románticas, nacidas entre 1800 y 1820, en relación a su propia identidad fue máxima: ¿Acaso el hecho de escribir versos, ensayos, teatro las hacía poseedoras de una mente varonil? ¿Hasta qué punto aquellas mujeres podían considerarse mujeres si ejercían sus mentes como un hombre?

¿Sería verdad, como dijo Zorrilla, que era la mente de un hombre encerrado en el cuerpo de una mujer? Allí donde había inteligencia necesariamente había un componente masculino activo y la polarización de sexos que había en la época no permitía más opciones. De más está decir que la mente varonil de Concepción Arenal será un tópico cada vez que la prensa debe referirse a ella o a su obra. Ella por su parte nunca diría una palabra acerca de la opinión que le merecía el aserto.

En segundo lugar, sigo con Lerner, la falta de una educación adecuada coartó en las mujeres su capacidad para conceptualizar su propia situación. En general, carecieron de un marco cognitivo que les permitiera comprenderla adecuadamente. No es el caso de Arenal: ella sí disponía del marco cognitivo, y quedaría bien claro que lo poseía en sus dos ensayos teóricos sobre la mujer.

Todo esto para decir que Arenal es una mujer completamente atípica en relación a lo que la sociedad de su tiempo esperaba de ella. Un ser dotado de un talento excepcional para el esclarecimiento de las ideas. De joven se identificó con la rebelde filósofa griega Hiparquia, hasta el punto de nombrar así a la protagonista de una de sus novelas o de nombrarse a sí misma con este nombre en sus poemas. Su trayectoria recuerda en cierto modo a la de Hegel. Wilhelm Dilthey escribía en 1905 La historia del joven Hegel donde quebraba la maciza imagen del filósofo en dos: el Hegel del siglo XVIII, apasionado, sensible, rebelde, genuinamente teutón y el Hegel del siglo XIX, el autor de la Fenomenología del Espíritu, de pasiones domesticadas, cerebral, dominado por la idea de construir un sistema filosófico.

Algo parecido ocurre con Arenal. La lectura de su poesía de juventud, de su teatro a cuya escritura era muy aficionada, los dos borradores de novelas en las que se plantea el conflicto de jóvenes dotadas de una gran conciencia moral pero que viven solitarias, aisladas, rebeldes a la norma, contrarias al matrimonio y poseídas de una conciencia de superioridad ante las mujeres de su tiempo. Todo ello permanece inédito (excepto parte de su teatro, publicado recientemente por el Centro Dramático Nacional). Como escritora de imaginación su obra ofrece muchas limitaciones. Le pesan demasiado las ideas. pero el mundo que bulle en su interior queda muy bien perfilado. La muerte de su marido Fernando García Carrasco en 1857, sin embargo, supondría el cierre definitivo a esta bulliciosa etapa de su vida de la que nada se sabía hasta ahora. Viene a ser el punto de inflexión en su trayectoria vital. Tiene 37 años, dos hijos pequeños (murió su primogénita de hidrocefalia) y la necesidad de hacerse con un mundo propio que legarles. “No quiero ser un árbol más en una arboleda” escribirá a su amiga Pilar Matamoros, citando a Larra, ante su difícil situación: es una mujer de talento, con una inteligencia extraordinariamente lúcida y un deseo claro de salir del anonimato. Empezó por presentarse a un concurso convocado por la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas sobre la necesidad de deslindar conceptos afines. ¿Significaban lo mismo filantropía, beneficencia y caridad? Arenal responderá a la pregunta de un modo que deja a los académicos boquiabiertos. La Academia le dio el primer premio, convencida de que su autor era un varón porque el texto venía firmado por un tal Fernando García Arenal (su hijo de diez años). ¿Pero quién era Fernando García Arenal? Una vez deshecho el entuerto la Academia decidió seguir adelante con su decisión y este sería el punto de arranque (1861) de su trayectoria como pensadora.

Con sus primeros tres libros, escritos uno a continuación del otro, y presentándose a cuantos concursos y premios le son afines germina la voz doctrinal y la aspiración a un pensamiento sistemático que ya no la abandonarán hasta su muerte. De modo que frente a una idea esclerotizada de la autora de los Ensayos penitenciarios como la mujer de gesto napoleónico y de muchas calles con su nombre en toda España, que asistió a clases de Derecho en la Universidad de Madrid ahora estamos en condiciones de comprender la tensión dramática de una mujer con una personalidad sensible y orgullosa que será testigo de una etapa histórica de máxima dificultad y luchará hasta el agotamiento por un mundo humano capaz de ir avanzando con los progresos que se llevan a cabo en él sin reprimirlos y sin romperse. Murió pensando que no se la entendió. La Exposición abierta en Madrid muestra que sí se la entiende, hoy.