Contra el pesimismo  

Contra el pesimismo


Jaume Boix, Director de El Ciervo

Los años veinte del siglo pasado fueron llamados felices y terminaron fatal, mientras que los del nuestro parece no podían empezar más infelices. Pues igual terminan bien, piensa el optimista aplicando una simetría especular basada en que peor no puede irnos. ¿No? Peor es solo el comparativo de malo, responde el pesimista. En la recámara aguarda el superlativo pésimo.

Un poco acomplejado por el prestigio cejijunto del pesimismo, el optimista piensa y calla. Piensa, por ejemplo, que la terrorífica gripe española duró en su periodo más devastador un par de años y pasó. Y que, dados los avances de la medicina, no ve muy razonable temer que la plaga de covid-19 vaya a durar mucho más y no acabe pasando. Pero calla porque no se atreve a incumplir el luto ni a refutar el desastre vaticinado por los agoreros.

El CiervoEl Ciervo está cumpliendo 70 años y no ha sido el pesimismo su compañía en este viaje –excepcional, porque marca en España un hito, permítanme repetirlo una vez más–. Y eso que motivos no le han faltado al pesimismo para imponerse en muchos momentos, en casa, en el país y en el mundo. Pues no. Llámese fe, esperanza, convicción, tozudez o como se quiera: sería romper con nuestro talante apuntarnos a esa ola de malhumor, de mal tono, malos modos y mal perder. Las olas van y vienen y esta pasará igual que tiempos más grises hemos visto pasar, y luego volver y pasar de nuevo. Si algo puede atestiguar El Ciervo es que no hay mal que 70 años dure.

Ahora bien: no ver las cosas con pesimismo no significa no verlas. Y hay algo que nos pide estar atentos: es el auge de los populismos, esas formas ineducadas que aprovechan las ventajas de la democracia para pervertirla y llevarla hacia diversos tipos de autoritarismo. Es un problema serio: indica que la democracia tiene pérdidas que no satisfacen a una parte de la población, al parecer creciente y joven.

Para frenar el auge de estos populismos lo mejor es reforzar el sistema. Hay que corregir y no turbarse, trabajar más, lamentarse menos. ¿Tiene el poder judicial el prestigio que requiere el desempeño de su fundamental labor? Ni de lejos. El legislativo, representado en el anfiteatro del Congreso, da funciones que en otros escenarios serían objeto de abucheos. Ser diputado está casi tan desacreditado como ser periodista, se hace política y periodismo de campanario y vuelo gallinaceo, hay clientelismo en las administraciones públicas, opacidad y cerrazón en los partidos, corrupciones chirriantes, desigualdad dolorosa, grupos que, a cuenta del presupuesto nacional, se dicen antisistema y dispuestos a acabar con lo que llaman el Régimen del 78, que les ampara y da sustento. El ejecutivo gasta más energías en no perder pie que en avanzar hacia la orilla y dejar en tierra la huella profunda de una acción reformadora que le pidieron las urnas. La jefatura del Estado siembra dudas. Felipe VI tiene que ganarse la corona sin perder la cabeza como su padre. El momento le brinda una ocasión: la necesidad de un gran pacto social pide que alguien con discreción, neutralidad y destreza actúe de árbitro moderador de los poderes y movilizador de voluntades. ¿Puede hacerlo el Rey?

La reforma sin ruptura, que ya supimos hacer para ejemplo y asombro de todos ¿incluye tocar la Constitución? Pues tóquese. Otras veces, en momentos menos delicados, hemos pedido aquí introducir enmiendas. No se hace y el resultado es que cada vez son más los que quieren cancelarla. Sería positivo desacralizar palabras: constitución y monarquía, sí, pero también república. Seamos razonables con la historia y la memoria. Esta constitución vale, sirve y tendrá larga vida si se cumple y aplica, se remoza y actualiza. Hay que tapar las grietas que populismos de ambos lados no paran de ensanchar, porque lo que puede quebrar, y eso desean, es el edificio entero, el sistema democrático, el invento que garantiza más libertad y más calidad de vida a más personas. No hay ni hubo otro mejor y toca defenderlo. Esta es la razón que nos ha llevado a convocar el premio El Ciervo-Enrique Ferrán de este año pidiendo ideas para fortalecer la democracia. Para que no decaiga en manos de pesimistas, inmovilistas o ruptureros. Para seguir avanzando. Contra el pesimismo, reformas.