El espejismo del ocio  

El espejismo del ocio

Benito Enrique García Guerrero
Doctor en filosofía y licenciado en Estudios Eclesiásticos

Una atenta escucha al estilo de vida que danza al compás endiablado que, en Occidente, ha marcado la mentalidad industrial y la racionalidad técnica, descubre la exigencia de emplear y consagrar el tiempo breve de nuestra existencia a la realización de dos tareas principales. De un lado, la jornada de trabajo, el tiempo dedicado a hacer sacrificios al proceso productivo impuesto por el sistema o circuito económico capitalista, basado en el cálculo o maquinación. De otro, el tiempo de descanso, el tiempo dedicado a rendir culto a uno mismo, en un proceso de consumo y gasto de energía que corresponde al sistema o circuito económico libidinal y hedonista, basado en el principio utilitarista que consiste en la búsqueda de placer y en la huida del dolor.

Y ello como consecuencia de haber sido implicados –inmemorialmente– en dos pactos con dos sistemas –emocional y económico– que operan bajo la consigna tiránica del “progreso”. Dos pactos que se han fundido en una deuda histórica contraida con una infraestructura capitalista que debemos sostener, si queremos no solo sobrevivir sino aspirar a disponer de tiempo suficiente para disfrutar de cotas cada vez más frecuentes de estados placenteros.

El CiervoSi ahora nos centramos en este tiempo de ocio, y buscamos extraer su estructura básica, el resultado será un proceso o cadena constituida por cuatro eslabones, semejante a la doctrina budista denominada en pali pratītyasamutpāda.

Durante el tiempo de descanso, los estados emocionantes de disfrute temporal de los alimentos que ofrece la vida se han mostrado como los principales polos de atracción. En consecuencia, el aburrimiento solitario, falto de experiencias excitantes, se ha mostrado como el horroroso enemigo a batir. El hecho mínimo de estar sin alicientes, el hecho bruto de ser sin atributos, es lo más parecido al desierto que anticipa la muerte.

Así, para lograr expulsar de nuestra vida a todo aguafiestas que trate de infiltrarse, debemos entretenernos, es decir, tenernos-entre-experiencias que aportan algún tipo de bienestar o sensación agradable. Y para alcanzar estos estados efímeros de satisfacción, solemos iniciar, en un segundo momento, un proceso de estimulación y simulación donde intervienen factores bioquímicos, afectivos e imaginarios.

Una vez que alcanzamos el momento extático de gratificación, sobreviene en último momento un periodo de descanso relativo, antes de reiterar indefinidamente, como en un eterno retorno de lo mismo, el proceso económico libidinal que rige nuestro tiempo libre. En el fondo, se trata de proyectar, entre las paredes de nuestra caverna imaginaria, una nube en forma de mundo feliz que calme momentáneamente el dolor punzante del aguijón en la carne que constituye nuestro miedo a morir para siempre, la experiencia –no imaginaria– del paso irreversible del tiempo, que nos va como llevando –casi sin que se note– al cementerio, es decir, al reposo definitivo en nuestro último dormitorio.

Si este esquema parece describir el funcionamiento cotidiano general de la naturaleza humana, en mi opinión el aspecto más característico de nuestra época histórica es que este circuito humano natural está plantado hoy en medio de una tormenta perfecta. Un maremoto que no sabemos si nos agitará hasta tal punto que nos volverá literalmente locos y locas, es decir, que logrará (des)localizarnos totalmente. Este movimiento sísmico silencioso tiene como epicentro fundamental Silicon Valley en los EE UU, en el Extremo Occidente, aunque está deslocalizado en sus otras dos sedes principales, situadas en Israel y en Japón. Sin olvidar, claro está, la réplica tecnológica que viene de otros países, de Extremo Oriente como China, o Rusia.

Esta auténtica sacudida o temblor silencioso de tierra o de mar, que amenaza con el exterminio masivo de las tradiciones históricas y culturales europeas, incluso con modificar la naturaleza humana, es el auténtico emblema de nuestra época y se llama Revolución Tecnológica. Su expedición principal es comandada por las cuatro “bestias tecnológicas” que se ocultan detrás del acróstico GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon). Y su primer proyecto –la “silicolonización” de la cotidianidad de nuestras vidas– ya está conseguido.

Si bien es verdad que este proyecto de conquista y metamorfosis social, que ha comenzado suavemente –¿como una auténtica estrategia militar?– implantando en el espacio y en el tiempo de nuestra vida unos “cacharritos” de entretenimento –¿o más bien auténticas armas de destrucción masiva?– llamados “smartphones” o móviles, se radicalizará cada vez más con la convergencia de cuatro tecnociencias que se esconden detrás de las letras de otro acróstico denominado NBIC (nanotecnología, biotecnología, internet de las cosas y cognitivismo o inteligencia artificial). De esta manera, el proyecto colectivo mundial –que engloba nuestros cuerpos y cerebros individuales– parece depender de la voluntad, de las mentes y de las manos de los gurús o hechiceros que dominan el arte de la ingeniería.

Si nos adentramos únicamente en las claves del éxito de este primer programa en la hoja de ruta, debemos decir que estas tecnologías o útiles a la mano, que permiten el acceso a la inaudita orgía de posibilidades llamada Internet, se han adaptado como anillo al dedo a las demandas del circuito libidinal antes descrito. El uso de ellas y el acceso táctil y visual a sus contenidos genera deliciosos estados emocionales de disfrute, para aquellas personas que han experimentado con náusea el reposo “desértico” que hemos llamado el hecho de estar a secas, el hecho de ser a solas.

Pero esta incorporación o implantación –en nuestro habitar cotidiano la tierra y la gran ciudad– de una prótesis auxiliar –que ya prolonga nuestro cuerpo emocional–, para “re-suscitarnos” o reanimar nuestra tensión cuando ésta decae, nos ha fusionado de paso a un sistema de mucho peso, es decir, al circuito de mercado libre de la economía global capitalista. Una fusión que sigue redundando en pingües beneficios para GAFA, los amos tecnocapitalistas del mundo.

Esta primera fase de la revolución tecnológica recuerda vagamente el fenómeno de la explotación petrolífera. En primer lugar, se busca una tierra o lugar natural donde existe una materia transformable en fuente de energía y de riqueza que alimente el sistema capitalista –y así también el sistema libidinal– estudiando, en segundo lugar, la manera más eficiente de acceso y extracción del mismo. En tercer lugar, se construyen plataformas de perforación que sirven para explotar los yacimientos petrolíferos. En último momento, la materia se transporta en barcos a través de las rutas marítimas y oceánicas más idóneas.

De una manera análoga, los gurús de la informática han encontrado “una nueva tierra” –la naturaleza humana– donde existe “una materia” –nuestros deseos habituales– que, sometidos discretamente a los sistemas de tratamiento de la formalización e interpretación informática, se convierten en datos, la nueva fuente de riqueza que alimenta el circuito capitalista de mercado. Para alcanzar su extracción, se han construido móviles y plataformas informáticas conectadas a una infraestructura o red tecnológica, y ya superestructura ideológica o matriz cultural, llamada Internet. Un ciberespacio donde existe una red de rutas virtuales por donde viaja tan preciado botín. ¿Tendrá también algo que ver Internet con la previsión del inminente agotamiento de las fuentes naturales de abastecimiento de combustibles fósiles?

Que nuestros trabajos hayan sido desdoblados y redoblados con las redes sociales e Internet, muestra a todas luces que nuestra época ha llegado al colmo de la inteligencia y de la estupidez, según el punto de vista que se adopte. Nos han transformado el tiempo de descanso en tiempo de trabajo, sin que se viva como tal. Trabajamos en nuestro tiempo libre para GAFA y no solo no nos pagan por ello sino que les pagamos por trabajar para ellos, moviendo nuestros dedos y nuestra atención con una rapidez vertiginosa; como si el mundo se hubiera convertido en un gigantesco laboratorio y los humanos en cobayas o ratones, o quizá sea mejor decir insectos –por el parecido que ofrece la estampa–, que rivalizan entre sí por la obtención de una dosis cada vez mayor de soma, como escribía Huxley en su célebre distopía. Sin olvidar que los electrodos se han colocado solo momentáneamente en las manos…

Dicho bíblicamente, nosotros hemos sido plantados hoy en un paraíso genesíaco y entre dos árboles – libidinal y capitalista– a los que se une hoy el árbol cibernético. Y nosotros hemos sido colocados aquí y ahora no en seis días de la creación, como relata el primer libro bíblico, sino por un despliegue de la naturaleza que, remontándose al Big Bang, ha seguido un proceso evolutivo en seis eras, según defiende Ray Kurzweil, el ingeniero- profeta de Google y presidente de la Universidad de la Singularidad. Según él, estamos en el cuarto día de la evolución y ya hemos comido de manera inmemorial de sus frutos y productos…

Esta inyección de dopamina, esta excitación de la sustancia química de nuestro cerebro causante de la liberación de endorfinas, se torna una droga, quizá el nuevo opio del pueblo, cuyos instantes de satisfacción nos hacen olvidar por momentos nuestra verdadera situación. Como si nosotros no fuéramos otra cosa sino esclavos que ignoran que sus muñecas han sido encadenadas sin cadenas –y sin precedentes ni antecendentes– pero con ordeñadores móviles dentro de un campo de (des)concentración mundial.

La cuestión decisiva será saber si nuestra vida histórica se reduce exclusivamente a girar sin descanso en la noria o montaña rusa de las emociones dentro de esta jaula invisible, sugestionados a través de pequeñas pantallas negras, es decir, por medio de espejismos continuados de reentrada en una ficticia tierra prometida, donde se simula respirar el oxígeno incomparable de unos estados unidos de gratificación que se tornan adictivos.

Me conformaría por el momento con haber tomado auténtica conciencia de nuestra situación verdadera. Resistiéndonos todavía a arrodillarnos del todo ante el asno de la opinión pública, guiada hoy por el führer de la sociedad del espectáculo que fomentan las tecnologías de la (des)información y de la (in)comunicación, este sencillo desvelo o destello de claridad constituiría un pequeño paso para el ser humano concreto pero seguro también un gran salto histórico para –la liberación de– la humanidad...

No se me ocurre nada más idóneo para conmemorar la efeméride del primer alunizaje, que espero no se convierta –dentro de otros 50 años– en una profecía del último y efímero alucinógeno que, convirtiéndonos en lunáticos, clausuró definitivamente nuestra Historia.